tucumán, una etimología (VI)

Sin título, carbónico color sobre papel, 35×50 cm. 2020. Malcon D’Stefano.

En Etimología de la palabra Tucumán, Domingo Bravo dice que «el lingüista Samuel A. Lafone Quevedo, considerado el fundador de la lingüística argentina, justiciera opinión a la que adherimos la nuestra, es el primer lingüista que acomete el tema de explicar lingüísticamente la etimología del topónimo Tucumán». Lafone Quevedo llevó a cabo esa tarea en Tesoro de catamarqueñismos, obra publicada en 1898 en cuya presentación, cuenta Bravo, el autor, «con una sobriedad científica que nos complace en destacar, nos dice»:

A mi solo deseo I. 2019. Malcon D’Stefano

Los años pasaban y se afirmaba mi convicción de que el Cacán no era Quichua, y esta duda me obligaba a dejar dormir mi Tesoro, porque estaba claro que preferible era presentarme ante el curioso lector con un no sé seco, que endosarle un cúmulo de etimologías de esas que traen descrédito a esta ciencia […]

La mejor noticia que al respecto tenemos, la da Lozano en su historia de la conquista, y en estas palabras: el nombre de Tucumán se tomó de un cacique muy poderoso del Valle de Calchaquí, llamado Tucma, en cuyo pueblo, que se decía Tucmanahaho (nombre compuesto de dicho cacique, y el de ahaho, que en lengua cacana propia de los calchaquíes quiere decir pueblo) […] 

La pena. 2020. Malcon D’Stefano

Tucmán… Etim.: una parte de la etimología la da Lozano en párrafo ya reproducido, a saber: El pueblo (ao) de Tucumán, cacique así llamado. Ahora los apellidos en man son araucano, como Naculman, “diestro o de suerte en el correr”; así Tucman sería “diestro o de suerte en Tuc”. No faltan las variantes: Tacuimán o Tacuymán, así que Tucmán puede referirse a Tucumán o a Tucuymán; en aquel caso sería: diestro o de suerte para acabar; en éste: diestro o de suerte en todo. La terminación man es cacana, pues la hallamos en Bilismá, nombre de lugar, al oeste de Frías

La derivación quichua Tucumán (hacia donde se acaba), tiene el inconveniente de que “acabarse” es Tucucu. Desinencias cacanas con raíces quichuas son comunes.   

lecturas

Nueva entrada a nuestra Breve antología de poesía tucumana; en esta ocasión, con poemas de Hugo Foguet.

Serie Caballos. Tinta y acrílico sobre papel. Joaquín E. Linares.

Por Gustav Urch

Lecturas (1973) es el título del primer libro de poesía de Hugo Foguet (San Miguel de Tucumán, 1923-1985); tal como dice Guillermo Siles en su prólogo a Obra poética —libro publicado conjuntamente por Ediciones del Dock y la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT en el que aparece reunida la totalidad de los textos poéticos de Foguet—, no es un título azaroso. En efecto, en el proyecto literario del autor de Pretérito perfecto, dentro del cual la poesía, comparada con la estatura de su producción narrativa, ocupa un lugar menor, la preocupación por exhibir lecturas es de suma relevancia. Foguet lee y reflexiona, cita, parafrasea y glosa lo que lee, desde obras historiográficas y filosóficas hasta piezas pictóricas; pasa por todo lo legible, pero no sin dejar constancia de ello, de usarlo como blasón: se rodea de nombres, de fantasmas con los que dialogar, a los que reverenciar, a los que parodiar; se arma un lugar de resguardo, un árbol genealógico-intelectual en el que se instala orgulloso. La presente selección de poemas, todos tomados del libro de Ediciones del Dock (Buenos Aires, 2010), quiere dar cuenta de esa práctica.

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Leyendo a Axelos

Memoria
inmemoria frecuente
laberinto de espejos.
Ciegos marchamos
recordando sin recordar
otros nacimientos del mundo
—horizontes en llamas—
De muchas maneras te nombramos
Pensamiento Total
nostalgia engañosa
sed más vieja que el agua.

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A un caballo para una estatua ecuestre
Óleo de Joaquín E. Linares

Caballo sin jinete que aguardas
los muslos fatigados de subir las gradas de los capitolios
y trajinar los pasillos de los ministerios;
el sexo oprimido por el raso del pantalón
en innumerables paradas y te deums;
las nalgas curtidas por la prolongada permanencia
en los duros sillones de las gerencias y los directorios;
la mano encallecida de empuñar la estilográfica
firmar despachos, decretos leyes y actas protocolares;
las pupilas quemadas por el resplandor de las arañas
en las vastas mesas de los acuerdos económicos,
los espejos de las embajadas y el fogonazo de los flashes.

Pero un día, noble corcel de guerra sin jinete,
sentirás el dulce peso de la gloria
—el olor del cuero y del metal,
de la pólvora de los 21 cañonazos de la salva—
y bajo tus cascos, no solamente crecerá la hierba
sino que florecerá el trébol
y la codorniz pondrá sus huevos azules y translúcidos.

Los ojos de los muertos te estarán mirando.

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A una joven reclusa
Bicêtre, 1775
Lectura de M. Foucault

En los mejores tiempos se veían llegar
por lo menos
dos mil personas diarias
a Bicêtre
Por unos centavos
los guardianes mostraban al cura irlandés,
que dormía sobre la paja,
al capitán de navío,
loco furioso que se cubría de espuma,
a la mujer
desnuda y altiva encerrada en una jaula,
a la dulce
Annette Tavernier inmóvil frente al muro del patio.

Los médicos enseñan
que su locura es fría y húmeda como el crepúsculo en
Southend-on-sea,
que las gotitas heladas que penetran las fibras de
los órganos
hacen el humor melancólico.

Con los ojos pegados al muro
Annette deja que la lluvia,
las sombras de la tarde,
el vuelo de los pájaros,
rocen sus clavículas filosas,
sus vértebras,
sus nudos de objeto vegetal cubierto de líquenes.

Los burgueses dicen:
otro cielo,
un desorden funesto para la razón ¡oh Dios misericordioso!
que consientes que tu criatura se extravíe.

Qué hacer con sus manos inútiles, frágiles, solamente
amables,
con las puntas mojadas de su pelo,
con los ojos verdes como el agua sobre las piedras
del fondo,
si no sabe leer ni una letra de cambio,
descifrar la Virtud en el Código,
reconocer
que el Amor levantó las prisiones,
las estacas,
las anillas del tormento.

Caballo negro (1970). Serie del Circo. Acrílico sobre tela. Joaquín E. Linares.

Meditación de Martín Lutero en el W.C.
Lectura de N. O. Brown

Martín Lutero
sentado en la letrina de la torre del monasterio de Wittemberg
tiene a su costado la noche helada
el aullido del viento
el torvo dolor de sus tripas.
Termina de aplastar una cucaracha en el tabique de madera
donde una mano escribió:
el teléfono de Dios
da siempre ocupado.
Amanece con estrellas.
La escarcha
crujirá bajo las suelas de una compañía de marines
y las orugas de los tanques.
Martín contempla absorto las larvas gordas que se mueven en sus sandalias.
Es tan sólo un momento de distracción.
Dobla The New York Times y continúa la lectura.
La Dow Chemical Company produce lavandina para blanquear la ropa
y napalm para rociar el alma de los niños
mientras sus tecnólogos asisten de pie
sobre el césped recién cortado de Massachusetts
al oficio del domingo confiando en el éxito de la próxima surprise-party.
Los chicos están vacunados contra la polio aclara el comentarista
habrá cheese-hamburguer, smooth orange,
Schrapnell balls, silent button bomblets,
smaart bombs, spider mine y dragon tooth mine
.
Los dragones alados son arrastrados por el viento como si fueran semillas
y los Schrapnells estallan a un metro y medio de la tierra
arrojando ciento cuatro bolitas de acero
detalles que relajan el esfínter de Lutero.
Desocupa su vientre mientras recita una jaculatoria.
La rana que entra y sale del cubo de agua
tiene un trasero gordo como una idea de economista.
Te conozco por el trasero
dice Martín
el ano de Satán es el lugar del mundo
donde la materia se trasmuta
la olla a presión
el ojo de la tormenta que hace subir la tasa de interés
y donde el becerro de oro
se transforma en becerro de oro.
Los banqueros
dice Martín
manipulan el oro
con la misma alegría de los chicos cuando juegan con sus
excrementos.
Te adoramos
Te bendecimos
Te damos gracias Abbadón
que colmas de alegría las ciudades
de automóviles las carreteras
de mercaderes las naves de los templos.
¿Quién guardó el oro en sus entrañas para hacernos felices?
Es absurdo oponerle el pobre hombre coronado de espinas
sacamuelas que agita el tónico que hace crecer el pelo de la buena
vida cristiana.
(Por supuesto querido Jesús
yo creo en ese otro mundo de la gente sin cuerpo
de las almas sin sexo
de las alegrías eternas y los eternos días felices
pero sucede que mi casa está debajo del elevado
en un callejón donde los borrachos blasfeman y vomitan en la
madrugada)
Martín se asoma a la ventanita.
Hay un bosque de pinos que desciende hasta la playa
donde los gatos lucen muertos lustrosos y bellos
con los ojos abiertos y las finas lenguas asomando entre los dientes.
La arena está sucia de petróleo.
El bosque ha sido talado
pero el afiche de Pan-Am tiene luna llena
las agujas de los pinos calientan los hornos de fundición
y Musidora es una berlina que corre a trescientos kilómetros por
hora
mientras los galápagos de los atolones nadan ciegos en la arena.
The New York Times confirma la noticia de la paz inminente.
Martín comienza a sospechar que la felicidad es un estado
del que el hombre no tiene culpa
—por el camino
avanza un desertor de la Guerra de Treinta Años
que sueña con una lata de sopa de tortuga
pero que debe conformarse con el muslo de un ajusticiado.
Te has comido a Dios
le grita Martín
pero no escarbes demasiado;
es mejor sentir hambre que deseos de inmortalidad—
Martín cierra el diario con la convicción de preferir
el scotch al bourbon
el Caribe a Hawai
la margarina a la manteca
el diablo a Dios.
La rana ha elegido la rodilla de Lutero.
Tiene los ojos como duros y fragorosos cristales
y el trasero como un anillo de hierro colado.
El ano de Satán es el ojo del mundo
un círculo de fuego
inviolable como la aureola de un santo
secreto como un jardín árabe
y donde la razón de estado convive con la ciencia y la tecnología.
I love you
dice la muchacha parada debajo del manzano.
I love you
dice el hombre parado debajo del manzano.
En la pantalla del televisor
un automóvil se desliza por la carretera
con un tarro de mostaza sobre el capó.

CRECED Y MULTIPLICAOS
Para abril
la producción de mostaza habrá alcanzado
el millón de frascos.
Martín vuelca el agua del cubo y piensa que el agua es perfecta
como el padre que está en los cielos.
El día de pronto ha estallado dentro de la torre con un aroma a café nuevo
con un brillo de monedas recién acuñadas
con un ruido de trépanos trafiladoras y gusanos electrónicos.
Afuera el cielo es todavía un campo de batalla poblado con los
restos de viejos aviones de combate
carros asirios y melancólicas armaduras que guardan el olor de los
cuerpos.
Ha llegado para Lutero el instante de ofrecer la jornada
junta sus duras manos de campesino
Señor
dice
acepta esta nueva derrota de tu Arcángel
humildemente te lo pedimos
no consientas que sea tentado
líbralo de todo mal
y restitúyele su corcel de guerra
Amén

la siesta

Una carta de Ernesto Dumit que se añade a nuestra serie de textos en primera persona Unx por unx. Cuenta Pablo Dumit que su padre le respondió estas líneas a un estudiante de arte alemán que le había escrito a través de su web personal, en busca de lo que el artista opinaba de su propia obra. Al dibujo original, dice Pablo, seguramente Dumit lo vendió, pero después hizo una réplica, del mismo tamaño y con la misma técnica. La pieza lleva el título de la muestra itinerante que reúne la última obra del artista y algunos rescates de los 70: «La siesta».

Mujer caja.

Estimado amigo:

Me complace que le haya interesado mi pintura, me dedico a pintar desde que me acuerdo en ésta mi ciudad –Tucumán– caliente, nada ordenada, yo diría algo rea, con muchas contradicciones y, por todo esto, apasionante. Sus calles se perfuman de azares en la primavera, los que se convierten en naranjas agrias en el invierno. También hay lapachos, los hay rosas, blancos y amarillos, son un verdadero espectáculo. Aquí está mi vida y mi pintura. Aquí está clavado mi caballete y ha sacado raíces que son mis raíces. Éste es mi lugar en el mundo. Un mundo que como el de cualquier otro artista se nutre de las cosas próximas y propias para llegar a lo que es de todos; mi pintura es diferencialmente personal, íntima en ocasiones, pero rebasa la anécdota local y sentimental para ser simplemente universal. Siempre he evitado la dispersión que puede matar al arte y que traen los viajes –el andar de un lado a otro– como buscando lo que, creo, está cerca o no está en ningún lado. En lugar de ello me he saciado con la luz que por las mañanas entra desde la calle en mi taller y se escapa por mi patio al caer el día, luz elemental del subtrópico.

Máscaras.

Si me pregunta cómo ubico lo que hago en el contexto del arte, le puedo decir que no estoy lejano al expresionismo, tengo un impulso indomable hacia el surrealismo, aunque híbrido, puesto que se arma con cierto automatismo pero con enormes dosis de magia latinoamericana, extrañamente embebida en la música de Beethoven. Esto me ha dado cierta libertad de vuelo donde mis ancestros árabes e italianos han expresado un dramatismo de medio tono, de semipenumbra. El amor y la muerte, la vida y el tiempo, los encuentros y los desencuentros carentes de tragedia pero no de dramatismo se pueden descubrir en mi obra. 

Entre mis férreas convicciones cuento con una que me ha permitido pintar desde siempre: la de que antes de hacer una pincelada, por mínima que sea, es preciso pensar en la vida. 

Le adjunto un dibujo hecho a mano alzada. Es una siesta, una siesta del pintor. Este dibujo es para ser leído, no solo porque he escrito palabras en él sino porque cuenta cosas. Léalo y comprenderá más de mí que lo que yo pueda decirle. Reciba mis saludos afectuosos.

Ernesto Dumit
Octubre 2002

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La siesta.