lecturas

Nueva entrada a nuestra Breve antología de poesía tucumana; en esta ocasión, con poemas de Hugo Foguet.

Serie Caballos. Tinta y acrílico sobre papel. Joaquín E. Linares.

Por Uzumaki

Lecturas (1973) es el título del primer libro de poesía de Hugo Foguet (San Miguel de Tucumán, 1923-1985); tal como dice Guillermo Siles en su prólogo a Obra poética —libro publicado conjuntamente por Ediciones del Dock y la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT en el que aparece reunida la totalidad de los textos poéticos de Foguet—, no es un título azaroso. En efecto, en el proyecto literario del autor de Pretérito perfecto, dentro del cual la poesía, comparada con la estatura de su producción narrativa, ocupa un lugar menor, la preocupación por exhibir lecturas es de suma relevancia. Foguet lee y reflexiona, cita, parafrasea y glosa lo que lee, desde obras historiográficas y filosóficas hasta piezas pictóricas; pasa por todo lo legible, pero no sin dejar constancia de ello, de usarlo como blasón: se rodea de nombres, de fantasmas con los que dialogar, a los que reverenciar, a los que parodiar; se arma un lugar de resguardo, un árbol genealógico-intelectual en el que se instala orgulloso. La presente selección de poemas, todos tomados del libro de Ediciones del Dock (Buenos Aires, 2010), quiere dar cuenta de esa práctica.

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Leyendo a Axelos

Memoria
inmemoria frecuente
laberinto de espejos.
Ciegos marchamos
recordando sin recordar
otros nacimientos del mundo
—horizontes en llamas—
De muchas maneras te nombramos
Pensamiento Total
nostalgia engañosa
sed más vieja que el agua.

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A un caballo para una estatua ecuestre
Óleo de Joaquín E. Linares

Caballo sin jinete que aguardas
los muslos fatigados de subir las gradas de los capitolios
y trajinar los pasillos de los ministerios;
el sexo oprimido por el raso del pantalón
en innumerables paradas y te deums;
las nalgas curtidas por la prolongada permanencia
en los duros sillones de las gerencias y los directorios;
la mano encallecida de empuñar la estilográfica
firmar despachos, decretos leyes y actas protocolares;
las pupilas quemadas por el resplandor de las arañas
en las vastas mesas de los acuerdos económicos,
los espejos de las embajadas y el fogonazo de los flashes.

Pero un día, noble corcel de guerra sin jinete,
sentirás el dulce peso de la gloria
—el olor del cuero y del metal,
de la pólvora de los 21 cañonazos de la salva—
y bajo tus cascos, no solamente crecerá la hierba
sino que florecerá el trébol
y la codorniz pondrá sus huevos azules y translúcidos.

Los ojos de los muertos te estarán mirando.

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A una joven reclusa
Bicêtre, 1775
Lectura de M. Foucault

En los mejores tiempos se veían llegar
por lo menos
dos mil personas diarias
a Bicêtre
Por unos centavos
los guardianes mostraban al cura irlandés,
que dormía sobre la paja,
al capitán de navío,
loco furioso que se cubría de espuma,
a la mujer
desnuda y altiva encerrada en una jaula,
a la dulce
Annette Tavernier inmóvil frente al muro del patio.

Los médicos enseñan
que su locura es fría y húmeda como el crepúsculo en
Southend-on-sea,
que las gotitas heladas que penetran las fibras de
los órganos
hacen el humor melancólico.

Con los ojos pegados al muro
Annette deja que la lluvia,
las sombras de la tarde,
el vuelo de los pájaros,
rocen sus clavículas filosas,
sus vértebras,
sus nudos de objeto vegetal cubierto de líquenes.

Los burgueses dicen:
otro cielo,
un desorden funesto para la razón ¡oh Dios misericordioso!
que consientes que tu criatura se extravíe.

Qué hacer con sus manos inútiles, frágiles, solamente
amables,
con las puntas mojadas de su pelo,
con los ojos verdes como el agua sobre las piedras
del fondo,
si no sabe leer ni una letra de cambio,
descifrar la Virtud en el Código,
reconocer
que el Amor levantó las prisiones,
las estacas,
las anillas del tormento.

Caballo negro (1970). Serie del Circo. Acrílico sobre tela. Joaquín E. Linares.

Meditación de Martín Lutero en el W.C.
Lectura de N. O. Brown

Martín Lutero
sentado en la letrina de la torre del monasterio de Wittemberg
tiene a su costado la noche helada
el aullido del viento
el torvo dolor de sus tripas.
Termina de aplastar una cucaracha en el tabique de madera
donde una mano escribió:
el teléfono de Dios
da siempre ocupado.
Amanece con estrellas.
La escarcha
crujirá bajo las suelas de una compañía de marines
y las orugas de los tanques.
Martín contempla absorto las larvas gordas que se mueven en sus sandalias.
Es tan sólo un momento de distracción.
Dobla The New York Times y continúa la lectura.
La Dow Chemical Company produce lavandina para blanquear la ropa
y napalm para rociar el alma de los niños
mientras sus tecnólogos asisten de pie
sobre el césped recién cortado de Massachusetts
al oficio del domingo confiando en el éxito de la próxima surprise-party.
Los chicos están vacunados contra la polio aclara el comentarista
habrá cheese-hamburguer, smooth orange,
Schrapnell balls, silent button bomblets,
smaart bombs, spider mine y dragon tooth mine
.
Los dragones alados son arrastrados por el viento como si fueran semillas
y los Schrapnells estallan a un metro y medio de la tierra
arrojando ciento cuatro bolitas de acero
detalles que relajan el esfínter de Lutero.
Desocupa su vientre mientras recita una jaculatoria.
La rana que entra y sale del cubo de agua
tiene un trasero gordo como una idea de economista.
Te conozco por el trasero
dice Martín
el ano de Satán es el lugar del mundo
donde la materia se trasmuta
la olla a presión
el ojo de la tormenta que hace subir la tasa de interés
y donde el becerro de oro
se transforma en becerro de oro.
Los banqueros
dice Martín
manipulan el oro
con la misma alegría de los chicos cuando juegan con sus
excrementos.
Te adoramos
Te bendecimos
Te damos gracias Abbadón
que colmas de alegría las ciudades
de automóviles las carreteras
de mercaderes las naves de los templos.
¿Quién guardó el oro en sus entrañas para hacernos felices?
Es absurdo oponerle el pobre hombre coronado de espinas
sacamuelas que agita el tónico que hace crecer el pelo de la buena
vida cristiana.
(Por supuesto querido Jesús
yo creo en ese otro mundo de la gente sin cuerpo
de las almas sin sexo
de las alegrías eternas y los eternos días felices
pero sucede que mi casa está debajo del elevado
en un callejón donde los borrachos blasfeman y vomitan en la
madrugada)
Martín se asoma a la ventanita.
Hay un bosque de pinos que desciende hasta la playa
donde los gatos lucen muertos lustrosos y bellos
con los ojos abiertos y las finas lenguas asomando entre los dientes.
La arena está sucia de petróleo.
El bosque ha sido talado
pero el afiche de Pan-Am tiene luna llena
las agujas de los pinos calientan los hornos de fundición
y Musidora es una berlina que corre a trescientos kilómetros por
hora
mientras los galápagos de los atolones nadan ciegos en la arena.
The New York Times confirma la noticia de la paz inminente.
Martín comienza a sospechar que la felicidad es un estado
del que el hombre no tiene culpa
—por el camino
avanza un desertor de la Guerra de Treinta Años
que sueña con una lata de sopa de tortuga
pero que debe conformarse con el muslo de un ajusticiado.
Te has comido a Dios
le grita Martín
pero no escarbes demasiado;
es mejor sentir hambre que deseos de inmortalidad—
Martín cierra el diario con la convicción de preferir
el scotch al bourbon
el Caribe a Hawai
la margarina a la manteca
el diablo a Dios.
La rana ha elegido la rodilla de Lutero.
Tiene los ojos como duros y fragorosos cristales
y el trasero como un anillo de hierro colado.
El ano de Satán es el ojo del mundo
un círculo de fuego
inviolable como la aureola de un santo
secreto como un jardín árabe
y donde la razón de estado convive con la ciencia y la tecnología.
I love you
dice la muchacha parada debajo del manzano.
I love you
dice el hombre parado debajo del manzano.
En la pantalla del televisor
un automóvil se desliza por la carretera
con un tarro de mostaza sobre el capó.

CRECED Y MULTIPLICAOS
Para abril
la producción de mostaza habrá alcanzado
el millón de frascos.
Martín vuelca el agua del cubo y piensa que el agua es perfecta
como el padre que está en los cielos.
El día de pronto ha estallado dentro de la torre con un aroma a café nuevo
con un brillo de monedas recién acuñadas
con un ruido de trépanos trafiladoras y gusanos electrónicos.
Afuera el cielo es todavía un campo de batalla poblado con los
restos de viejos aviones de combate
carros asirios y melancólicas armaduras que guardan el olor de los
cuerpos.
Ha llegado para Lutero el instante de ofrecer la jornada
junta sus duras manos de campesino
Señor
dice
acepta esta nueva derrota de tu Arcángel
humildemente te lo pedimos
no consientas que sea tentado
líbralo de todo mal
y restitúyele su corcel de guerra
Amén

las voces

Una semblanza de la escritora Elvira Orphée.

Por Uzumaki*

Elvira Orphée nació en San Miguel de Tucumán el 29 de mayo de 1922. «El día que me fui de Tucumán fue el más feliz de mi vida», dijo en una entrevista con Leopoldo Brizuela en 2005. En efecto, detestaba la provincia, de la que pudo irse a fines de la década del 40, tras una infancia signada por la enfermedad y una adolescencia henchida de rebeldía.

Había tenido, decía, todas las enfermedades del calor: malaria, paludismo, etcétera. Recordaba que, en una de esas fiebres, veía pasar ángeles por encima de su cama, inventaba dinosaurios y conversaba con las plantas. Contaba que una tarde había levantado apenas la cabeza y, mirando por la puerta del patio, había dicho: «de esas azucenas van a salir las hadas». «No digas tonterías, de las plantas no salen más que flores» fue la respuesta de su padre, al que en ese momento no le dijo nada, pero a quien desde aquel instante odió para siempre.

Da la impresión de haber un mínimo paralelismo entre la pequeña Elvira y Félix Gauna, personaje de Aire tan dulce; en las primeras páginas de la novela, Félix decide que, ya que no puede ser el mejor, será el peor. «Cómo me habré vuelto de mala», dijo Orphée en la entrevista ya citada, «que mi madre, aunque era la mujer más atormentada por miedo del infierno, se atrevió a alterar la partida de nacimiento para que pudiera entrar en un colegio en el que me tuvieran quieta». Así ingresó a los 11 años al colegio Nuestra Señora del Huerto. Sus compañeras tenían 14. El primer día de clases conoció a Leda Valladares, quien, al verla de menor tamaño que las demás, le dijo: «¿y qué sos vos?, ¿ah?, ¿sietemesina?». Elvira creyó que le estaba preguntando si tenía siete hermanos mellizos.

El dúo con Leda Valladares fue inseparable. «Dos espíritus totalmente endemoniados», en palabras de Orphée. El tiempo se les iba en imaginaciones malignas, en planear las perradas que le harían al mundo. De manera que del Huerto salió tan poco religiosa como había entrado.   

Con buen tino Brizuela comenta que «Aire tan dulce es la novela de la rebeldía adolescente». Pero luego agrega que, «en el fondo, es la novela del desarraigo y la nostalgia que Orphée nunca admitiría». Un tanto caprichosamente, Brizuela le adjudica a la escritora tucumana cierta debilidad por la provincia en la que había nacido. Quizá lo que haya querido ver en ella y que, como quien exprime una piedra, se ha esforzado por sacarle, sea lo mismo que varios de los personajes masculinos de Pretérito perfecto, la novela de Hugo Foguet, le reclaman a la Negra Fortabat, famosamente inspirada en Orphée: piedad. Ninguno de los dos la entiende del todo: Brizuela parece creer que detrás de sus palabras amargas se esconde una nostalgia, que su odio es en realidad el fruto de una especie de amor no correspondido, un resentimiento parido por el desengaño; y Foguet parecía considerar que la brutalidad de sus personajes y la sordidez de sus escenarios eran un miserabilísmo de Orphée como escritora, que así aprovechaba los lugares comunes de lo provinciano para hacer carrera literaria. Ninguno de los dos ve en ella el odio que la movilizaba, o en todo caso desconfían de su autenticidad. En Orphée había una sola deferencia hacia Tucumán. «No es el paraíso terrenal», dijo en una entrevista con Karina Wroblewski para la Audiovideoteca de Escritores. «Quizá en septiembre sea su máximo esplendor; porque en las calles hay naranjos, y entonces están los azahares: es para artistas del perfume». Y decía: «yo a Tucumán creía habérmelo sacado de encima salvo por dos cosas: los odios y los olores».

Su madre enfermó sorpresivamente cuando ella tenía 15 años. Tan inexplicable le resultó, que llegó a pensar en un mal de ojo. Cuando, a los pocos días, su padre enviudó, le dijo: «bueno, m’hija, ahora va a tener que pensar en ir buscando un hogar». «Tenía esa pasión por desprenderse de mí», decía Orphée sobre aquel hombre con el que jamás tuvo afinidad alguna. Primero se fue a vivir con su abuela y pronto, por fin, dejó Tucumán para ir al departamento de una pariente lejana en Buenos Aires. Estudió Letras.** En la facultad conoció al pintor Mihánovich, quien le pidió que posara para él. Así conoció a otro pintor: Miguel Ocampo, primo hermano de Silvina y Victoria. «¡Qué suerte, un novio rico!», le decían todos. Sin embargo ella, decía, a los hombres no les pedía nada; solo que la desconcertaran. Se casó con Ocampo.

Gracias a un puesto de diplomático que le fue otorgado al pintor, vivió en Roma, donde trabó amistad con Elsa Morante, Alberto Moravia e Ítalo Calvino, quien, según dichos de Orphée, se enamoró de ella. Como favorita de Morante, ocupó un lugar central en su círculo intelectual y llegó a trabajar, bajo la supervisión de Dionys Mascolo, en aquella época amante de Marguerite Duras, como lectora en la editorial Gallimard, donde recomendó a Juan Rulfo, Clarice Lispector y Felisberto Hernández. Decía que lo que más le importaba a la hora de leer desde su lugar de escritora era que un libro alcanzara la poesía. «No me interesan las tramas ingeniosas, ni los frisos sociales, ni los pensamientos profundos», decía. «Yo lo que les pido es poesía». ¿Qué habrá pensado de Pretérito perfecto, dejando de lado el trato que recibe en la novela su doble fantasmal, donde se lo enjuicia severamente? ¿La habría recomendado en Gallimard? La pregunta es inútil y no hay respuesta posible, solo un chisme: no le tembló el pulso a la hora de restarle méritos a Rayuela, con la que PP guarda alguna familiaridad, en su informe de lectura, de lo cual se enteró el propio Cortázar, para siempre ofendido desde entonces.

Era austera y aristocrática, dueña de una belleza que a los italianos y a los franceses les resultaba exótica. Nunca perdió el acento tucumano, acaso porque de la manera de hablar tucumana y de todo lo que va atado a ella hizo su principal material de trabajo. «Cómo me volvían esas voces», decía.

Sobre sus hábitos de escritura decía que nunca había sido metódica. «Escribía cuando me venía en gana. Pero me venía en gana todo el tiempo. En papelitos, en cuadernos, en boletas, en lo que fuera y donde fuera». Luego corregía con paciencia, pero no las ideas sino cómo estaban expresadas. «Porque hay mucha diferencia», decía, «entre decir: “ay, yo quisiera creer en algo” y escribir, como escribió Renan en uno de sus libros: “empecé arrodillándome ante nada para ver si me arrodillaba ante algo”. Eso es la literatura: decir las cosas en una forma que le hable más al espíritu». En su escritura se percibe que disfrutaba sin empecinamientos de la artesanía de la frase.

Con Ocampo tuvo tres hijas: Laura, Paula y Flaminia. Publicó las novelas Dos veranos (1956), Uno (1961), Aire tan dulce (1966), En el fondo (1969), Su demonio preferido (1973), La penúltima conquista del Ángel (1977), La muerte y los desencuentros (1989) y Basura y luna (1996), y las colecciones de cuentos Las viejas fantasiosas (1981) y Ciego del cielo (1991). «Si me hubiese quedado en Tucumán, no habría escrito ni una palabra», decía. Murió el 26 de abril de 2018 en Buenos Aires.

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*Nació en San Miguel de Tucumán. Es testigo de hechos artísticos y sucesos en general.

**Primero en la UBA, luego en la Universidad de Roma y por último en La Sorbona.

***Los dibujos pertenecen a la serie «Partir del reposo» (anilina, lavandina y pastel sobre papel, 20 x 30 cm), de Carla Grunauer, 2018.

monstruo

Segundo texto de Notas huérfanas, serie en la que diversos lectores de Pretérito perfecto, la novela de Hugo Foguet, dan testimonio de su lectura.

Por Uzumaki*

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Pertenezco a un grupo de seis personas que durante 2019 se reunió en torno a un libro. Puesto que el texto incluía tantas referencias a referentes ya perdidos, juntarse a buscar respuestas no parecía mala idea. Incluso, pensamos, ya que nos tomábamos el trabajo de seguir esos rastros, podíamos aventurar una edición anotada de la novela en cuestión. Fue demasiado para nuestras voluntades más bien enclenques; además, con cada encuentro, con cada capítulo del libro, nuestras fuerzas menguaban, como vampirizadas por el autor, así espectralmente redivivo. En las últimas reuniones quedamos en que achicaríamos la tarea al mínimo: cada uno escribiría una única nota, testimonio de su experiencia. Hace algunas semanas, el coordinador del grupo nos mandó a todos el link al prólogo de la serie, una manera de meternos presión; la semana pasada, insistente, nos envió el de la nota de Claudia Pantoja. Confieso que yo no había terminado de leer el libro aún. Lo hice recién ayer. A veces sucede que, al salir de una muestra de arte o de ver una película o al concluir un libro, lo que nos convoca es el silencio, en ocasiones a causa del aturdimiento sufrido durante la exposición a la obra. Este es el caso: querría callar. Pero, a la vez, no quisiera incumplir. Tal vez mi experiencia quede bien resumida en lo siguiente.

Aburridos de juntarnos en la sede de la institución que nos nucleaba, con los integrantes del grupo de lectura de cierta novela emblemática de la literatura tucumana comenzamos a reunirnos en un bar tradicional, donde, en medio del bullicio, bebíamos y comíamos y hablábamos a los gritos. Ese día éramos tres: H, O y yo. O necesitaba que le señaláramos virtudes de la novela, pues ya estaba casi decidida a dejarla y, después de tanto esfuerzo, lamentaba hacerlo. H apuntó que, cada 20 o 30 páginas aproximadamente, aparecía un párrafo que era un alivio. Se trataba de los pocos momentos en que el autor —para el que quizá narrar simplemente era una servidumbre en la que, como aristócrata del arte de la época, se negaba a caer— narraba, en efecto, de la manera más simple. La mayor parte del tiempo las historias, una detrás de otra, todas cargadas de posibilidades, sólo eran mencionadas al pasar: nada le interesaba a la voz narradora más que oírse a sí misma antologar autores e ideas en un nebuloso viaje por su propia erudición. No era que aquella danza del Narciso careciera de atractivo; era que en los fragmentos meramente narrativos el lector se volvía consciente de lo que se le había negado: sentía alivio, pero también cierto ardor. Los tres estábamos de acuerdo. Y todo el asunto me recordó un chiste infantil al que desde entonces quedó ligada la novela que leíamos.

(La novela, el chiste, ese día en el bar tradicional y Frankenstein forman ahora, en mi mente, un clúster, por decir así: cuando, por el motivo que sea, pienso en alguno de ellos, los demás acuden de inmediato).

En la infancia, escuché el chiste decenas de veces y siempre reí de buena gana, aunque la risa no estuviera motivada por su gracia, por otro lado dudosa. Creo que soltar la carcajada formaba parte de un ritual de pertenencia, algo que me marcaba como un iniciado, no sólo en las claves del humor sino también en la relación de éste con el sexo, el gran misterio. Pero yo ni siquiera sabía quién era Frankenstein la primera vez que lo oí ni conocía, ay, la masturbación.

“La masturbación de Frankenstein”, tal el potencial título del chiste. Nadie usaba la palabra masturbación, a decir verdad. Y esa era una de las claves humorísticas: la palabra empleada, causa de reprimendas tanto en el ámbito familiar como en el escolar, detonaba las risotadas al instante. Frankenstein, sabía, era alguna clase de monstruo; quedaba claro por lo que hacía, pero también por el hecho de que vivía en una casa denominada “la casa de los monstruos”, con cuyo surgimiento en el negro de la imaginación del oyente comenzaba el chiste.   

Debo decir que nunca hasta esa noche en el bar tradicional yo había contado el chiste. No confiaba en mi capacidad, pues muy pocas veces a lo largo de mi vida incurrí en el género, pero igual me aventuré, ya que había mencionado esa súbita relación en mi interior. Caía el ocaso —dije, repitiendo la fórmula utilizada por el narrador oral de mi infancia, que era otro niño, quizá un poco más grande que yo, sin rasgos definidos, anónimo, pero que hablaba, al menos al principio, con la cadencia de Vincent Price en Thriller—, caía el ocaso y en la casa de los monstruos se escuchaba un ruido atronador y repetitivo que no dejaba descansar a nadie.

Los monstruos, se sabe, tienen el horario cambiado. Salen de noche, pero no por capricho: es que la oscuridad favorece sus propósitos. No obstante, los domingos descansan, como cualquiera, y ese día era domingo. Así, todos se hallaban desparramados en distintos espacios del salón principal, tratando de relajarse, unos leyendo en cómodos sillones, otros escuchando música tirados en la alfombra. Todos menos Drácula, para quien la noche era naturalmente su momento de mayor actividad. Como acababa de anochecer, Drácula se encontraba desayunando, aún presa de esa sensación de entumecimiento, de llevar en cada articulación una telaraña, que se tiene cuando uno está recién salido del ataúd. Ya que, de cualquier modo, para cumplir con sus tareas de siempre, debía ponerse en movimiento, decidió hacer él el esfuerzo de ir a ver qué pasaba y se lo comunicó al resto con un movimiento de la mano.

De pantuflas y bata de terciopelo rojo, café en mano, encaró la abertura que conducía al sótano, de donde provenía el ruido, en realidad una combinación de varios estallidos, con una ligera variación cada tanto: dos pesados objetos de metal, tras chocar, la mayoría de las veces, contra una suerte de tendón de dinosaurio, golpeaban entre sí, luego de lo cual, lo que parecía ser la garganta del diablo se tragaba un grito de suplicio o, muy salteado, dejaba escapar un grave gemido de alivio. Bajó las escaleras y contempló la puerta casi a punto de sentir lástima por la criatura laboriosamente atormentada del otro lado. No juzgó necesario golpear antes de entrar; de modo que debió albergar en su pecho un sentimiento similar al que ataca a la madre de un adolescente cuando encuentra a su hijo en quehaceres privados.

El sobresalto de Frankenstein fue simultáneo. No esperaba visitas. Pero apenas interrumpió la actividad. Tenía el pudor asordinado. Drácula se apiadó de la bestia desparejada: era, en el fondo, un niño, y permanecería solitario por siempre, ¿qué más podía hacer? Se acercó a su compañero y, fingiendo no ver la porción de sí que éste dejaba a la vista, sobre el yunque, le preguntó qué hacía.

Es evidente, respondió Frankenstein. Drácula aceptó que eso era relativamente cierto, pero objetó la técnica, que le resultaba desconcertante. Frankenstein, a modo de respuesta, amagó dar un ejemplo. No, no, dijo Drácula, que se apresuró a detenerlo: sí entendía cómo lo hacía, dijo, no era necesario que lo repitiera en su presencia; el motivo de su indagación era otro. ¿Tanto gozo le daba el dolor, su propio dolor?, preguntó. La respuesta de Frankenstein no se hizo esperar: no, en absoluto; el placer surgía cuando fallaba el golpe.

Al terminar el chiste, esa noche en el bar tradicional, ni O ni H rieron. O forzó una sonrisa y asintió. H dijo: claro, claro. Y pedimos otra cerveza. 

*Nació en San Miguel de Tucumán, ciudad en la que todavía vive. Es testigo de hechos artísticos y sucesos en general.

**El dibujo que acompaña la nota fue hecho por Luciano Mónaco (birome negra sobre hoja de cuaderno) a pedido del autor.