las voces

Una semblanza de la escritora Elvira Orphée.

Por Uzumaki*

Elvira Orphée nació en San Miguel de Tucumán el 29 de mayo de 1922. «El día que me fui de Tucumán fue el más feliz de mi vida», dijo en una entrevista con Leopoldo Brizuela en 2005. En efecto, detestaba la provincia, de la que pudo irse a fines de la década del 40, tras una infancia signada por la enfermedad y una adolescencia henchida de rebeldía.

Había tenido, decía, todas las enfermedades del calor: malaria, paludismo, etcétera. Recordaba que, en una de esas fiebres, veía pasar ángeles por encima de su cama, inventaba dinosaurios y conversaba con las plantas. Contaba que una tarde había levantado apenas la cabeza y, mirando por la puerta del patio, había dicho: «de esas azucenas van a salir las hadas». «No digas tonterías, de las plantas no salen más que flores» fue la respuesta de su padre, al que en ese momento no le dijo nada, pero a quien desde aquel instante odió para siempre.

Da la impresión de haber un mínimo paralelismo entre la pequeña Elvira y Félix Gauna, personaje de Aire tan dulce; en las primeras páginas de la novela, Félix decide que, ya que no puede ser el mejor, será el peor. «Cómo me habré vuelto de mala», dijo Orphée en la entrevista ya citada, «que mi madre, aunque era la mujer más atormentada por miedo del infierno, se atrevió a alterar la partida de nacimiento para que pudiera entrar en un colegio en el que me tuvieran quieta». Así ingresó a los 11 años al colegio Nuestra Señora del Huerto. Sus compañeras tenían 14. El primer día de clases conoció a Leda Valladares, quien, al verla de menor tamaño que las demás, le dijo: «¿y qué sos vos?, ¿ah?, ¿sietemesina?». Elvira creyó que le estaba preguntando si tenía siete hermanos mellizos.

El dúo con Leda Valladares fue inseparable. «Dos espíritus totalmente endemoniados», en palabras de Orphée. El tiempo se les iba en imaginaciones malignas, en planear las perradas que le harían al mundo. De manera que del Huerto salió tan poco religiosa como había entrado.   

Con buen tino Brizuela comenta que «Aire tan dulce es la novela de la rebeldía adolescente». Pero luego agrega que, «en el fondo, es la novela del desarraigo y la nostalgia que Orphée nunca admitiría». Un tanto caprichosamente, Brizuela le adjudica a la escritora tucumana cierta debilidad por la provincia en la que había nacido. Quizá lo que haya querido ver en ella y que, como quien exprime una piedra, se ha esforzado por sacarle, sea lo mismo que varios de los personajes masculinos de Pretérito perfecto, la novela de Hugo Foguet, le reclaman a la Negra Fortabat, famosamente inspirada en Orphée: piedad. Ninguno de los dos la entiende del todo: Brizuela parece creer que detrás de sus palabras amargas se esconde una nostalgia, que su odio es en realidad el fruto de una especie de amor no correspondido, un resentimiento parido por el desengaño; y Foguet parecía considerar que la brutalidad de sus personajes y la sordidez de sus escenarios eran un miserabilísmo de Orphée como escritora, que así aprovechaba los lugares comunes de lo provinciano para hacer carrera literaria. Ninguno de los dos ve en ella el odio que la movilizaba, o en todo caso desconfían de su autenticidad. En Orphée había una sola deferencia hacia Tucumán. «No es el paraíso terrenal», dijo en una entrevista con Karina Wroblewski para la Audiovideoteca de Escritores. «Quizá en septiembre sea su máximo esplendor; porque en las calles hay naranjos, y entonces están los azahares: es para artistas del perfume». Y decía: «yo a Tucumán creía habérmelo sacado de encima salvo por dos cosas: los odios y los olores».

Su madre enfermó sorpresivamente cuando ella tenía 15 años. Tan inexplicable le resultó, que llegó a pensar en un mal de ojo. Cuando, a los pocos días, su padre enviudó, le dijo: «bueno, m’hija, ahora va a tener que pensar en ir buscando un hogar». «Tenía esa pasión por desprenderse de mí», decía Orphée sobre aquel hombre con el que jamás tuvo afinidad alguna. Primero se fue a vivir con su abuela y pronto, por fin, dejó Tucumán para ir al departamento de una pariente lejana en Buenos Aires. Estudió Letras.** En la facultad conoció al pintor Mihánovich, quien le pidió que posara para él. Así conoció a otro pintor: Miguel Ocampo, primo hermano de Silvina y Victoria. «¡Qué suerte, un novio rico!», le decían todos. Sin embargo ella, decía, a los hombres no les pedía nada; solo que la desconcertaran. Se casó con Ocampo.

Gracias a un puesto de diplomático que le fue otorgado al pintor, vivió en Roma, donde trabó amistad con Elsa Morante, Alberto Moravia e Ítalo Calvino, quien, según dichos de Orphée, se enamoró de ella. Como favorita de Morante, ocupó un lugar central en su círculo intelectual y llegó a trabajar, bajo la supervisión de Dionys Mascolo, en aquella época amante de Marguerite Duras, como lectora en la editorial Gallimard, donde recomendó a Juan Rulfo, Clarice Lispector y Felisberto Hernández. Decía que lo que más le importaba a la hora de leer desde su lugar de escritora era que un libro alcanzara la poesía. «No me interesan las tramas ingeniosas, ni los frisos sociales, ni los pensamientos profundos», decía. «Yo lo que les pido es poesía». ¿Qué habrá pensado de Pretérito perfecto, dejando de lado el trato que recibe en la novela su doble fantasmal, donde se lo enjuicia severamente? ¿La habría recomendado en Gallimard? La pregunta es inútil y no hay respuesta posible, solo un chisme: no le tembló el pulso a la hora de restarle méritos a Rayuela, con la que PP guarda alguna familiaridad, en su informe de lectura, de lo cual se enteró el propio Cortázar, para siempre ofendido desde entonces.

Era austera y aristocrática, dueña de una belleza que a los italianos y a los franceses les resultaba exótica. Nunca perdió el acento tucumano, acaso porque de la manera de hablar tucumana y de todo lo que va atado a ella hizo su principal material de trabajo. «Cómo me volvían esas voces», decía.

Sobre sus hábitos de escritura decía que nunca había sido metódica. «Escribía cuando me venía en gana. Pero me venía en gana todo el tiempo. En papelitos, en cuadernos, en boletas, en lo que fuera y donde fuera». Luego corregía con paciencia, pero no las ideas sino cómo estaban expresadas. «Porque hay mucha diferencia», decía, «entre decir: “ay, yo quisiera creer en algo” y escribir, como escribió Renan en uno de sus libros: “empecé arrodillándome ante nada para ver si me arrodillaba ante algo”. Eso es la literatura: decir las cosas en una forma que le hable más al espíritu». En su escritura se percibe que disfrutaba sin empecinamientos de la artesanía de la frase.

Con Ocampo tuvo tres hijas: Laura, Paula y Flaminia. Publicó las novelas Dos veranos (1956), Uno (1961), Aire tan dulce (1966), En el fondo (1969), Su demonio preferido (1973), La penúltima conquista del Ángel (1977), La muerte y los desencuentros (1989) y Basura y luna (1996), y las colecciones de cuentos Las viejas fantasiosas (1981) y Ciego del cielo (1991). «Si me hubiese quedado en Tucumán, no habría escrito ni una palabra», decía. Murió el 26 de abril de 2018 en Buenos Aires.

_______

*Nació en San Miguel de Tucumán. Es testigo de hechos artísticos y sucesos en general.

**Primero en la UBA, luego en la Universidad de Roma y por último en La Sorbona.

***Los dibujos pertenecen a la serie «Partir del reposo» (anilina, lavandina y pastel sobre papel, 20 x 30 cm), de Carla Grunauer, 2018.

pretérito perfecto: ¿una novela experimental?

Incorporamos a Notas huérfanas, nuestra colección dedicada a las lecturas de la novela de Hugo Foguet Pretérito perfecto, este texto del poeta y narrador tucumano Juan José Hernández* que forma parte del libro de ensayos publicado en 2003 por Adriana Hidalgo con el título Escritos irreberentes.

Quizá el hecho de haber nacido en Tucumán, como Hugo Foguet, induzca a pensar que esa circunstancia debió facilitarme la lectura de su novela Pretérito perfecto. Todo lo contrario: ser comprovinciano de Foguet me pone en situación de desventaja frente a otro lector que, ajeno a la realidad de mi ciudad natal, se conformara con imaginarla a través de la novela. Aunque alejado de Tucumán, la patria chica donde pasé mi infancia y adolescencia sigue presente en mi memoria de manera lacerante y obsesiva. No es de extrañar entonces que la recreación minuciosa y casi fotográfica de la provincia, en la novela de Foguet, me resulte perturbadora. Entre los recuerdos del autor y mis propios recuerdos se establece una especie de contrapunto vertiginoso. Porque el corazón autobiográfico de Foguet late muy próximo al mío, la ficción acaba por pasar a un segundo plano, lo real se impone a lo imaginario.

La transposición directa y fidedigna de la realidad ¿confiere a los personajes de la novela una mayor verosimilitud? Aunque así no lo fuera, esa inmediatez sirve para atenuar las elucubraciones metafísicas y líricas que amenazan convertir la novela en un ensayo filosófico o en un tratado de poética. El riesgo se hace sentir en alguno de sus capítulos. Proust decía que una novela en la que hay demasiadas teorías es como un objeto de arte al que se le ha dejado el precio.

La crítica, en general, ha coincidido en calificar a Pretérito perfecto de novela experimental. Pero, ¿hasta qué punto es legítimo relacionar a su autor con la experimentación vanguardista en la literatura que tuvo su auge en los años sesenta? Obviamente, Foguet no debía ignorar los recursos técnicos de la novela contemporánea, desde el simultaneísmo de Dos Passos al monólogo interior joyceano y el poema en prosa. Pero ni las innovaciones formales, ni la consigna de que la novela es, sobre todo, una estructura verbal, parecerían ocupar un lugar relevante en su literatura.

Acusados, a veces injustamente, de entregarse a un formalismo vano y de escribir para novelistas, los cultores de la novela experimental recibieron pronto el espaldarazo de la moderna crítica estructuralista en centros prestigiosos de la cultura como París y Nueva York. Además de ser leídos por novelistas, lo fueron por influyentes profesores, que veían en la literatura experimental la confirmación de sus teorías sobre el lenguaje como la única realidad de la novela, o de la prioridad del sistema por encima del mensaje en el estudio de una obra literaria. “Una novela se hace con palabras, no con ideas”, sentenciaba (parafraseando a Mallarmé) el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal desde la revista Nuevo Mundo, financiada por la CIA. “El arte, reducido a diversión, por mucho que sea inteligente pirotecnia del espíritu, acaba en el hastío”, escribió Pedro Henríquez Ureña. Estas palabras bien podrían aplicarse a quienes, por conveniencia, exageraron la moda de los sesenta y se entregaron a puros malabarismos formales.

Es probable que la originalidad y el oficio de un novelista vayan unidos a una conciencia lingüística, inseparable de la toma de conciencia de la realidad. En tal sentido, a través de una modalidad local del lenguaje —el habla de los tucumanos—, Foguet, en su novela, rescata la provincia y la incorpora a la literatura nacional, artificiosamente escindida entre el interior y la capital, entre literatura urbana y regional. Proyectada hacia valores universales, Pretérito perfecto vuelve la espalda a Buenos Aires, ciudad obligatoria para los novelistas, que deben reflejarla, según creía Julio Cortázar, siguiendo las huellas de los padres fundadores de la novela urbana: Roberto Arlt y Leopoldo Marechal.

Al hacer de Tucumán el escenario de su novela, Foguet no se limita a reproducir un microcosmos pueblerino, a la manera de algunos escritores rusos del siglo pasado; reivindica más bien, desde una perspectiva regional, ese espacio ecuménico del pensamiento del que habla Carlos Fuentes en un ensayo. Como ocurre en Paradiso, de Lezama Lima, los personajes de Foguet no temen parecer pedantes o burgueses à la page, y expresan con naturalidad sus reflexiones sobre temas filosóficos, antropológicos y científicos: el tantrismo hindú, la sociedad matriarcal, las modernas teorías sobre el origen del universo.

Si es verdad, como escribe Milan Kundera en un ensayo, que los personajes de una novela son egos experimentales del autor, portadores o voceros de sus ideas, me atreveré a atribuir a Foguet esta pregunta que pone en boca de Furcade, uno de los principales personajes de la novela. “¿Se puede escribir una novela sin anécdota rescatable, sin psicología, a lo Bullrich o Guido? Verdaderamente, después de Joyce y de Proust, es una vergüenza escribir novelas. Cada novela necesaria es un cosmos y como todo cosmos tuvo su principio en el caos”.

El caos primordial, al que alude Foguet, ha podido organizarse en su novela mediante la evolución de tres núcleos narrativos que se articulan y complementan sin formar un argumento, como ocurre en la novela tradicional. El primero es la reconstrucción histórica y subjetiva de Tucumán a través de la memoria de Clara Matilde Sorensen, una anciana de la oligarquía azucarera de la provincia. El segundo núcleo tiene connotaciones políticas y se constituye en el tiempo presente de la novela a partir de un hecho real: la revuelta estudiantil tucumana, reprimida salvajemente por la policía y el ejército en 1972.  En ese marco de violencia política se cumple el destino trágico de Solanita Jimeno, la heroína de la novela.  El tercero de estos núcleos corresponde al espacio ecuménico del pensamiento, ocupado por Furcade y Maximiliano, principales voceros de las ideas, quizá demasiadas, del autor.

Los voceros irrumpen en la novela con su repertorio de ideas sin importarles para nada la legitimidad de sus intervenciones en el contexto de la narración. A Furcade, por ejemplo, no le basta con registrar en su cuaderno de notas los recuerdos mundanos de una anciana sin mayor cultura y medio beata; necesita convertirla en una docta interlocutora, capaz de entender sus reflexiones borgeanas sobre el problema del tiempo y de la identidad: “Pero el tiempo, ¿qué es? Somos, Clara Matilde, una duración, y en esta duración cambiando permanecemos”.

No siempre los voceros transmiten las ideas del autor en un tono amable y persuasivo; lo hacen también utilizando las armas de la erudición y la ironía para aniquilara a su adversario. Así Maximiliano y el poeta Arturo, abanderados de la mítica sociedad matriarcal, dejan mal parado al profesor Santillán en el transcurso de una discusión cuando éste comete la imprudencia de atribuir al Logos Masculino el fundamento de la civilización. Las palabras de Maximiliano para refutar al profesor son un alegato en contra de nuestra cultura masculinizante, o, dicho de otro modo, en contra de la sociedad del Padre en que vivimos. En el principio estuvo la mujer, lo femenino, la gran Diosa Madre, lunar, amorosa, que nos contenía a todos en su matriz protegiéndonos de la vida y la muerte, la libreta de enrolamiento, el hospital de alienados y la ley de la oferta y la demanda… Era el instinto, el principio femenino el que regulaba las cosas.

La crítica de Maximiliano al orden patriarcal, a su signo despótico presente en las religiones monoteístas y en las antiguas teocracias orientales, tiene un carácter anacrónico y fatalista: se limita a constatar que en un pasado remoto de la humanidad el Verbo masculino y racional triunfó sobre la palabra mágica y maternal, creadora del mundo.

A Solanita Jimeno la actitud de Maximiliano le parece escapista e inoperante, porque con la nostalgia de edades de oro y paraísos uterinos no se arregla el mundo. Para ella, hay otro tipo de cuestionamiento crítico de la realidad que admite la violencia como factor de cambio. Nieta de Clara Matilde Sorensen, la anciana casi centenaria que postrada en su cama desmadeja la petite histoire de Tucumán y de su clase dirigente, acabará por sumarse a la lucha política para sucumbir en el marco de la revuelta estudiantil de 1972 que constituye, como lo he señalado antes, el tiempo presente de la novela.

La revuelta de los estudiantes tucumanos merece la aprobación teórica de Furcade, pero desde la perspectiva del Mayo francés del 68. La revuelta es la luz, o como dice Breton, creadora de luz… Es el movimiento, la rebeldía de lo vivo, el camino de la poesía, la libertad y el amor. Es el ahora. El poeta Arturo juzga la revuelta desde otro ángulo. A la pregunta sobre qué quieren los estudiantes, contesta: “Los muchachos quieren hacer la revolución de la mano de un viejo general populista… No pretenden destruir el orden, sino reforzarlo. Es la pasión por el caudillo, por el supermacho”.

Creo que estos ejemplos bastan para demostrar que en la novela de Foguet las ideas, en su faz especulativa, y las referencias históricas y políticas prevalecen sobre las preocupaciones formales que caracterizan a la literatura experimental.

¿Una novela se hace sólo con palabras, como quería el crítico uruguayo mencionado anteriormente, o admite también la expresión de las ideas del autor? La pregunta no es de ahora. Ya en el siglo pasado George Sand le escribía a Flaubert: “Si tenemos en nuestras cabezas una filosofía, es necesario que la expresemos en nuestras obras”.

Entre las muchas voces que se hacen oír en Pretérito perfecto, la de Furcade parecería dramáticamente consubstanciada con la del autor en esta frase que resume y a la vez aclara mi visión general y personal de la novela: “Si pudiera —dice Furcade— me enroscaría como un bicho de la humedad, me haría una bolita, enterraría todas mis neuronas, segregaría mi propio líquido, el medio intrauterino, y viviría allí, en la sombra y el silencio, para que la abrumadora realidad no me tocara”.

Las palabras de Furcade nos remiten a Jung, para quien la madre representa lo inconsciente, el anhelo de regresión. Pero un novelista no puede permanecer al margen de la realidad, por abrumadora que ésta sea. Foguet se servirá de ella para hacer de Pretérito perfecto un patético testimonio de su desacuerdo con el mundo.   

__ 

*Nació en San Miguel de Tucumán en 1931. Fue poeta y narrador. Publicó los libros de poesía Negada permanencia, La siesta y la naranja, Claridad vencida, Otro verano y Cantar y contar. Poemas y retratos; los libros de cuentos El inocente y La favorita, y la novela La ciudad de los sueños. En 1996 apareció un volumen con sus cuentos completos titulado Así es mamá. Tradujo a Paul Verlaine (Poemas eróticos y Las amigas) y a Tennessee Williams (En el invierno de las ciudades), fue becario del Fondo Nacional de las Artes, de la Fundación Guggengheim y de la Casa de los Escritores y Traductores de Saint Nazaire. Obtuvo los premios nacional y municipal de narrativa, el de la Fundación Dupuytren y el premio de poesía del Centenario de La Capital de Rosario. Fue colaborador en los diarios La Nación, Clarín y La Gaceta de Tucumán, y en las revistas Diario de Poesía, Fénix y Proa. Adriana Hidalgo editora publicó Desiderátum, su poesía reunida, el libro de ensayos Escritos irreberentes y, con el título La ciudad de los sueños, su narrativa completa. Murió en Buenos Aires en 2007.

**La pinturas que acompañan al texto son de Ana Won.