monstruo

Segundo texto de Notas huérfanas, serie en la que diversos lectores de Pretérito perfecto, la novela de Hugo Foguet, dan testimonio de su lectura.

Por Gustav Urch*

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Pertenezco a un grupo de seis personas que durante 2019 se reunió en torno a un libro. Puesto que el texto incluía tantas referencias a referentes ya perdidos, juntarse a buscar respuestas no parecía mala idea. Incluso, pensamos, ya que nos tomábamos el trabajo de seguir esos rastros, podíamos aventurar una edición anotada de la novela en cuestión. Fue demasiado para nuestras voluntades más bien enclenques; además, con cada encuentro, con cada capítulo del libro, nuestras fuerzas menguaban, como vampirizadas por el autor, así espectralmente redivivo. En las últimas reuniones quedamos en que achicaríamos la tarea al mínimo: cada uno escribiría una única nota, testimonio de su experiencia. Hace algunas semanas, el coordinador del grupo nos mandó a todos el link al prólogo de la serie, una manera de meternos presión; la semana pasada, insistente, nos envió el de la nota de Claudia Pantoja. Confieso que yo no había terminado de leer el libro aún. Lo hice recién ayer. A veces sucede que, al salir de una muestra de arte o de ver una película o al concluir un libro, lo que nos convoca es el silencio, en ocasiones a causa del aturdimiento sufrido durante la exposición a la obra. Este es el caso: querría callar. Pero, a la vez, no quisiera incumplir. Tal vez mi experiencia quede bien resumida en lo siguiente.

Aburridos de juntarnos en la sede de la institución que nos nucleaba, con los integrantes del grupo de lectura de cierta novela emblemática de la literatura tucumana comenzamos a reunirnos en un bar tradicional, donde, en medio del bullicio, bebíamos y comíamos y hablábamos a los gritos. Ese día éramos tres: H, O y yo. O necesitaba que le señaláramos virtudes de la novela, pues ya estaba casi decidida a dejarla y, después de tanto esfuerzo, lamentaba hacerlo. H apuntó que, cada 20 o 30 páginas aproximadamente, aparecía un párrafo que era un alivio. Se trataba de los pocos momentos en que el autor —para el que quizá narrar simplemente era una servidumbre en la que, como aristócrata del arte de la época, se negaba a caer— narraba, en efecto, de la manera más simple. La mayor parte del tiempo las historias, una detrás de otra, todas cargadas de posibilidades, sólo eran mencionadas al pasar: nada le interesaba a la voz narradora más que oírse a sí misma antologar autores e ideas en un nebuloso viaje por su propia erudición. No era que aquella danza del Narciso careciera de atractivo; era que en los fragmentos meramente narrativos el lector se volvía consciente de lo que se le había negado: sentía alivio, pero también cierto ardor. Los tres estábamos de acuerdo. Y todo el asunto me recordó un chiste infantil al que desde entonces quedó ligada la novela que leíamos.

(La novela, el chiste, ese día en el bar tradicional y Frankenstein forman ahora, en mi mente, un clúster, por decir así: cuando, por el motivo que sea, pienso en alguno de ellos, los demás acuden de inmediato).

En la infancia, escuché el chiste decenas de veces y siempre reí de buena gana, aunque la risa no estuviera motivada por su gracia, por otro lado dudosa. Creo que soltar la carcajada formaba parte de un ritual de pertenencia, algo que me marcaba como un iniciado, no sólo en las claves del humor sino también en la relación de éste con el sexo, el gran misterio. Pero yo ni siquiera sabía quién era Frankenstein la primera vez que lo oí ni conocía, ay, la masturbación.

“La masturbación de Frankenstein”, tal el potencial título del chiste. Nadie usaba la palabra masturbación, a decir verdad. Y esa era una de las claves humorísticas: la palabra empleada, causa de reprimendas tanto en el ámbito familiar como en el escolar, detonaba las risotadas al instante. Frankenstein, sabía, era alguna clase de monstruo; quedaba claro por lo que hacía, pero también por el hecho de que vivía en una casa denominada “la casa de los monstruos”, con cuyo surgimiento en el negro de la imaginación del oyente comenzaba el chiste.   

Debo decir que nunca hasta esa noche en el bar tradicional yo había contado el chiste. No confiaba en mi capacidad, pues muy pocas veces a lo largo de mi vida incurrí en el género, pero igual me aventuré, ya que había mencionado esa súbita relación en mi interior. Caía el ocaso —dije, repitiendo la fórmula utilizada por el narrador oral de mi infancia, que era otro niño, quizá un poco más grande que yo, sin rasgos definidos, anónimo, pero que hablaba, al menos al principio, con la cadencia de Vincent Price en Thriller—, caía el ocaso y en la casa de los monstruos se escuchaba un ruido atronador y repetitivo que no dejaba descansar a nadie.

Los monstruos, se sabe, tienen el horario cambiado. Salen de noche, pero no por capricho: es que la oscuridad favorece sus propósitos. No obstante, los domingos descansan, como cualquiera, y ese día era domingo. Así, todos se hallaban desparramados en distintos espacios del salón principal, tratando de relajarse, unos leyendo en cómodos sillones, otros escuchando música tirados en la alfombra. Todos menos Drácula, para quien la noche era naturalmente su momento de mayor actividad. Como acababa de anochecer, Drácula se encontraba desayunando, aún presa de esa sensación de entumecimiento, de llevar en cada articulación una telaraña, que se tiene cuando uno está recién salido del ataúd. Ya que, de cualquier modo, para cumplir con sus tareas de siempre, debía ponerse en movimiento, decidió hacer él el esfuerzo de ir a ver qué pasaba y se lo comunicó al resto con un movimiento de la mano.

De pantuflas y bata de terciopelo rojo, café en mano, encaró la abertura que conducía al sótano, de donde provenía el ruido, en realidad una combinación de varios estallidos, con una ligera variación cada tanto: dos pesados objetos de metal, tras chocar, la mayoría de las veces, contra una suerte de tendón de dinosaurio, golpeaban entre sí, luego de lo cual, lo que parecía ser la garganta del diablo se tragaba un grito de suplicio o, muy salteado, dejaba escapar un grave gemido de alivio. Bajó las escaleras y contempló la puerta casi a punto de sentir lástima por la criatura laboriosamente atormentada del otro lado. No juzgó necesario golpear antes de entrar; de modo que debió albergar en su pecho un sentimiento similar al que ataca a la madre de un adolescente cuando encuentra a su hijo en quehaceres privados.

El sobresalto de Frankenstein fue simultáneo. No esperaba visitas. Pero apenas interrumpió la actividad. Tenía el pudor asordinado. Drácula se apiadó de la bestia desparejada: era, en el fondo, un niño, y permanecería solitario por siempre, ¿qué más podía hacer? Se acercó a su compañero y, fingiendo no ver la porción de sí que éste dejaba a la vista, sobre el yunque, le preguntó qué hacía.

Es evidente, respondió Frankenstein. Drácula aceptó que eso era relativamente cierto, pero objetó la técnica, que le resultaba desconcertante. Frankenstein, a modo de respuesta, amagó dar un ejemplo. No, no, dijo Drácula, que se apresuró a detenerlo: sí entendía cómo lo hacía, dijo, no era necesario que lo repitiera en su presencia; el motivo de su indagación era otro. ¿Tanto gozo le daba el dolor, su propio dolor?, preguntó. La respuesta de Frankenstein no se hizo esperar: no, en absoluto; el placer surgía cuando fallaba el golpe.

Al terminar el chiste, esa noche en el bar tradicional, ni O ni H rieron. O forzó una sonrisa y asintió. H dijo: claro, claro. Y pedimos otra cerveza. 

*Nació en San Miguel de Tucumán, ciudad en la que todavía vive. Es testigo de hechos artísticos y sucesos en general.

**El dibujo que acompaña la nota fue hecho por Luciano Mónaco (birome negra sobre hoja de cuaderno) a pedido del autor.

pantano

Primer texto de Notas huérfanas, serie en la que diferentes lectores de Pretérito perfecto, la mítica novela de Hugo Foguet, dan cuenta de su experiencia. Las imágenes que acompañan la nota («Pacto», «Teoría física del arcoíris» y «Ascensión») pertenecen a Arcoíris nocturno (acrílico y acuarela sobre tela, 2012), de Sandro Pereira.

Por Claudia Pantoja*

“La Negra responde que ahora se explica por qué la historia le pareció siempre una charca, un vaciadero de basura, un pantano de mierda revuelta donde lo único sensato que se puede hacer es quedarse quieto y pedir que no hagan olas. (…) el pantano en movimiento es ilusorio y nada cambia, salvo las ranas que son extrañamente parecidas”.

En las visitas veraniegas gusto de merodear por la biblioteca de mis padres y agarrar algún libro que probablemente nunca termine por falta de tiempo o real interés. Me doy esa desprolija y poco neurótica licencia que me permite salir de la comodidad de mi propia biblioteca y explorar cosas nuevas. Algunos libros de mi biblioteca alguna vez fueron de esa otra biblioteca; creo que esa es su magia, que son ellas mismas un palimpsesto de nuestras vidas y las personas que pasaron por ellas. El hallazgo de la primera edición de Pretérito perfecto y el patio con aljibe de Clara Matilde prometía ser el hito de las vacaciones en los valles. Cuando une emigra se vuelve más melancólique, comienza a añorar cosas que antes detestaba o a apreciar cosas a las que antes no les prestaba atención. Es así como un sánguche de milanesa con Mirinda Manzana es ahora más sabroso en mi mente que cualquier comida de restaurante gourmet de Buenos Aires. Confieso que un poco ese fue el impulso emocional con el que agarré Pretérito perfecto: “vamos a leer el mítico libro de eso que llaman literatura tucumana del siglo XX y que no conocen más que tres trasnochados y dos folkloristas”.

No estudié Letras, ni estoy cerca del mundillo literario, pero he percibido algo de la mística que rodea a PP a través de amigues y familiares. Es definitivamente un libro que tiene mucha tela para cortar, tanto es así que pensé con malsana envidia cuán fácil era escribir un artículo académico literario sobre PP, así sin contrastar con muchas fuentes, porque ya con el título y su vínculo con la lengua hablada en Tucumán tenemos un par de páginas y con la “idea de la historia” escribimos unas cuantas más, sólo por nombrar lo más evidente. Foguet nos hace pisar el palito (o comer los gaznates) con los guiños a Proust y a Joyce, con el discurrir filosófico constante (las cosmogonías de las que habla Gustav) y las comparaciones con obras de arte canónicas, como La balsa de la Medusa de Gericault, que nos despiertan preguntas constantemente. Un vivo bárbaro, Hugo, sabía perfectamente que íbamos a escribir sobre él y su libro, con más o menos reverencia. Creo que fue una estrategia para producir una visión particular de la tucumanidad y con ella meterse él mismo en la historia con mayúsculas. Tan autoconsciente es Foguet de lo que quiere hacer con esta obra que deja constancia de sus pedantes intenciones: “una novela total, grotescamente pretenciosa, un mundo reflejado en una bola de cristal” (p. 131).

Pero ¿qué es la tucumanidad? ¿Son las recetas de guascha locro, de gaznate, los antepasados con cargos políticos, las casas chorizo, los cañaverales y sus trabajadores, los naranjos, los ingenios y sus señores, su abundante flora, las villas miseria al lado del río Salí, sus artistas e intelectuales? Creo que no hay respuesta posible por fuera de la historia, que cada generación toma distintos elementos y hace con ellos la humita que más le gusta. PP es la historia de la generación de Foguet/Fourcade conociendo, reinterpretando y, por momentos, resistiendo una tucumanidad elaborada por sus antepasados de importantes apellidos. La Negra Fortabat, citando a alguien más, sostiene que se puede “fabricar una historia a la fuerza, plantando en cada esquina monumentos innumerables de héroes nacionales, celebrando cada semana otro aniversario, pronunciando discursos (…) y convenciéndose a sí mismo de su gran pasado” (p. 177). Estas palabras describen sin duda el trabajo de les intelectuales de principios del siglo XX. Ese Tucumán del centenario es el de Clara Matilde, ella es la depositaria de la memoria encendida a fuerza de gaznates y objetos que la rodean. En sus relatos aparecen hechos y personas reales, como Vera y las leyes de 1923, la visita del caprichoso músico Camilo Saint-Säens, el Congreso Americano de Ciencias Sociales de 1916 y otros más incomprobables pero no por ello menos probables. Muchas de las ideas sobre Tucumán, canonizadas por la generación del centenario, entre ellas la de Tucumán como el “jardín de la república” y como “cuna de la independencia”, fueron deconstruidas y resignificadas a lo largo del siglo XX por diferentes actores y con distintos objetivos. Mientras que el ingenio popular y las artes se cargaron al edén de Joseph Andrews rebautizando a la provincia como el “basural de la república”, el operativo independencia y su jefe militar, Antonio Domingo Bussi, buscaron cerrar el círculo de la vida con la muerte añadiéndole a la cuna de la independencia la cruel fantasía de ser también el “sepulcro de la subversión”.

Creo que uno de los puntos más interesantes del libro es el haberle dado voz a un grupo de jóvenes intelectuales de clase alta que son la bisagra entre el Tucumán del centenario y el Tucumán del Tucumanazo. Si bien son hijos del Colegio Sagrado Corazón, libran sus batallas en el seno de esa genealogía patricia que es alimento pero que también es asfixia. Ellos se preguntan genuinamente si el patriarca Carlos Sorensen fue un valiente pionero europeo o un simple negrero que vino de Haití a hacer dinero. Y es justamente en este cuestionamiento donde, creo, reside la riqueza de PP. Les amigues de Foguet/Fourcade son espectadores más o menos críticos de la realidad e inclusive son protagonistas de los hechos que la subvierten. Hay una mirada indulgente sobre el nuevo sujeto de la historia que es colectivo, como son les estudiantes y les trabajadores, en abierta oposición al sujeto con nombre y (doble) apellido, protagonista de las historias de Clara Matilde.

En un principio pensé en llevarme PP a mi casa de Buenos Aires, pero abandoné la idea a lo largo de las tortuosas últimas cien páginas del libro. El tedio también me hizo desistir de la escritura de un “diario de lectura”, estaba enojada con Foguet por haber sido tan pedante como exitoso en su empresa. Varios meses después y con la distancia necesaria retomé mis notas para este texto. No hay conclusión, pues las voces en la novela y en mi cabeza no parecen nunca estar de acuerdo, pero quizás hay algo más en Tucumán que un pantano de mierda. La entiendo mucho a la Negra Fortabat, esa exacta sensación es la que me hizo irme, huir, pero también es la misma mierda que me atrae sin remedio y me hace pensar una y otra vez de dónde vengo y quién soy. Quizás a les de la capital no les sucede tan a menudo como a nosotres, que somos capital, pero de otras cosas.

*Claudia Pantoja nació en Tucumán en 1985, estudió Historia e Historia del Arte, es archivista y escribe sobre cultura visual.