vidrieras: dos escenas

Por Gustav Urch

Un avión se pierde en las nubes
Y tu cara en un reflejo cualquiera

Vidrieras, Rosario Bléfari.

1.

Lorenzo García Vega pronto se rinde a la tentación de desviar sus memorias hacia las vidrieras de las farmacias. Está obsesionado con ellas, dice. Sobre todo por el hecho de que los objetos que se exhiben en las vidrieras de las farmacias no dicen nada. Son espectáculos, dice, como para que nadie los vea. Y ese es su encanto. Confiesa que pocas cosas le han apasionado tanto como asistir, en la Habana, en una Habana que ya no existe, a esos espectáculos para nadie. Los objetos, esos objetos de las vidrieras… ¿qué eran? Repertorios fantasmales, dice. Un aparato para tomarse la presión, una caja con sobrecitos de antiácido… Cosas extremadamente mudas. Y no había ahí, en el acto de contemplar esas vidrieras, cabida para ninguna música. Al contrario. Si un director de cine, por ejemplo, quisiera filmar algo acerca de un personaje que mirara vidrieras de farmacias, tendría que hacer escenas totalmente silentes, dice. O tal vez podría haber un sonido: el ruido de una motocicleta lejana. Nada más.

2.

En La hora de la estrella, de Clarice Lispector, Olímpico invita a pasear a Macabea. Ella responde que sí precipitadamente, antes de que él cambie de parecer. Los dos, entre muchas otras cosas, ignoran el arte del paseo. Nada saben tampoco de la costumbre de buscar refugio en situación de tormenta. De modo que andan bajo la espesa lluvia. Más adelante hay una vidriera iluminada. Se detienen frente a ella. Se trata de una ferretería, en la que, detrás del vidrio, están expuestos caños, latas, grandes tornillos y clavos. Miran y callan. Entonces Macabea, con miedo de que el silencio signifique ya una ruptura, le dice a su reciente conquista:

—A mí me gustan los tornillos y los clavos, ¿y a vos?

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Todas las imágenes, cuyo crédito fotográfico corresponde a Carolina Grillo, pertenecen a Problemas Irresueltos, muestra de Soledad Dahbar que se realizó en el Museo de Arte Contemporáneo de Salta en agosto del 2019.

las voces

Una semblanza de la escritora Elvira Orphée.

Por Uzumaki*

Elvira Orphée nació en San Miguel de Tucumán el 29 de mayo de 1922. «El día que me fui de Tucumán fue el más feliz de mi vida», dijo en una entrevista con Leopoldo Brizuela en 2005. En efecto, detestaba la provincia, de la que pudo irse a fines de la década del 40, tras una infancia signada por la enfermedad y una adolescencia henchida de rebeldía.

Había tenido, decía, todas las enfermedades del calor: malaria, paludismo, etcétera. Recordaba que, en una de esas fiebres, veía pasar ángeles por encima de su cama, inventaba dinosaurios y conversaba con las plantas. Contaba que una tarde había levantado apenas la cabeza y, mirando por la puerta del patio, había dicho: «de esas azucenas van a salir las hadas». «No digas tonterías, de las plantas no salen más que flores» fue la respuesta de su padre, al que en ese momento no le dijo nada, pero a quien desde aquel instante odió para siempre.

Da la impresión de haber un mínimo paralelismo entre la pequeña Elvira y Félix Gauna, personaje de Aire tan dulce; en las primeras páginas de la novela, Félix decide que, ya que no puede ser el mejor, será el peor. «Cómo me habré vuelto de mala», dijo Orphée en la entrevista ya citada, «que mi madre, aunque era la mujer más atormentada por miedo del infierno, se atrevió a alterar la partida de nacimiento para que pudiera entrar en un colegio en el que me tuvieran quieta». Así ingresó a los 11 años al colegio Nuestra Señora del Huerto. Sus compañeras tenían 14. El primer día de clases conoció a Leda Valladares, quien, al verla de menor tamaño que las demás, le dijo: «¿y qué sos vos?, ¿ah?, ¿sietemesina?». Elvira creyó que le estaba preguntando si tenía siete hermanos mellizos.

El dúo con Leda Valladares fue inseparable. «Dos espíritus totalmente endemoniados», en palabras de Orphée. El tiempo se les iba en imaginaciones malignas, en planear las perradas que le harían al mundo. De manera que del Huerto salió tan poco religiosa como había entrado.   

Con buen tino Brizuela comenta que «Aire tan dulce es la novela de la rebeldía adolescente». Pero luego agrega que, «en el fondo, es la novela del desarraigo y la nostalgia que Orphée nunca admitiría». Un tanto caprichosamente, Brizuela le adjudica a la escritora tucumana cierta debilidad por la provincia en la que había nacido. Quizá lo que haya querido ver en ella y que, como quien exprime una piedra, se ha esforzado por sacarle, sea lo mismo que varios de los personajes masculinos de Pretérito perfecto, la novela de Hugo Foguet, le reclaman a la Negra Fortabat, famosamente inspirada en Orphée: piedad. Ninguno de los dos la entiende del todo: Brizuela parece creer que detrás de sus palabras amargas se esconde una nostalgia, que su odio es en realidad el fruto de una especie de amor no correspondido, un resentimiento parido por el desengaño; y Foguet parecía considerar que la brutalidad de sus personajes y la sordidez de sus escenarios eran un miserabilísmo de Orphée como escritora, que así aprovechaba los lugares comunes de lo provinciano para hacer carrera literaria. Ninguno de los dos ve en ella el odio que la movilizaba, o en todo caso desconfían de su autenticidad. En Orphée había una sola deferencia hacia Tucumán. «No es el paraíso terrenal», dijo en una entrevista con Karina Wroblewski para la Audiovideoteca de Escritores. «Quizá en septiembre sea su máximo esplendor; porque en las calles hay naranjos, y entonces están los azahares: es para artistas del perfume». Y decía: «yo a Tucumán creía habérmelo sacado de encima salvo por dos cosas: los odios y los olores».

Su madre enfermó sorpresivamente cuando ella tenía 15 años. Tan inexplicable le resultó, que llegó a pensar en un mal de ojo. Cuando, a los pocos días, su padre enviudó, le dijo: «bueno, m’hija, ahora va a tener que pensar en ir buscando un hogar». «Tenía esa pasión por desprenderse de mí», decía Orphée sobre aquel hombre con el que jamás tuvo afinidad alguna. Primero se fue a vivir con su abuela y pronto, por fin, dejó Tucumán para ir al departamento de una pariente lejana en Buenos Aires. Estudió Letras.** En la facultad conoció al pintor Mihánovich, quien le pidió que posara para él. Así conoció a otro pintor: Miguel Ocampo, primo hermano de Silvina y Victoria. «¡Qué suerte, un novio rico!», le decían todos. Sin embargo ella, decía, a los hombres no les pedía nada; solo que la desconcertaran. Se casó con Ocampo.

Gracias a un puesto de diplomático que le fue otorgado al pintor, vivió en Roma, donde trabó amistad con Elsa Morante, Alberto Moravia e Ítalo Calvino, quien, según dichos de Orphée, se enamoró de ella. Como favorita de Morante, ocupó un lugar central en su círculo intelectual y llegó a trabajar, bajo la supervisión de Dionys Mascolo, en aquella época amante de Marguerite Duras, como lectora en la editorial Gallimard, donde recomendó a Juan Rulfo, Clarice Lispector y Felisberto Hernández. Decía que lo que más le importaba a la hora de leer desde su lugar de escritora era que un libro alcanzara la poesía. «No me interesan las tramas ingeniosas, ni los frisos sociales, ni los pensamientos profundos», decía. «Yo lo que les pido es poesía». ¿Qué habrá pensado de Pretérito perfecto, dejando de lado el trato que recibe en la novela su doble fantasmal, donde se lo enjuicia severamente? ¿La habría recomendado en Gallimard? La pregunta es inútil y no hay respuesta posible, solo un chisme: no le tembló el pulso a la hora de restarle méritos a Rayuela, con la que PP guarda alguna familiaridad, en su informe de lectura, de lo cual se enteró el propio Cortázar, para siempre ofendido desde entonces.

Era austera y aristocrática, dueña de una belleza que a los italianos y a los franceses les resultaba exótica. Nunca perdió el acento tucumano, acaso porque de la manera de hablar tucumana y de todo lo que va atado a ella hizo su principal material de trabajo. «Cómo me volvían esas voces», decía.

Sobre sus hábitos de escritura decía que nunca había sido metódica. «Escribía cuando me venía en gana. Pero me venía en gana todo el tiempo. En papelitos, en cuadernos, en boletas, en lo que fuera y donde fuera». Luego corregía con paciencia, pero no las ideas sino cómo estaban expresadas. «Porque hay mucha diferencia», decía, «entre decir: “ay, yo quisiera creer en algo” y escribir, como escribió Renan en uno de sus libros: “empecé arrodillándome ante nada para ver si me arrodillaba ante algo”. Eso es la literatura: decir las cosas en una forma que le hable más al espíritu». En su escritura se percibe que disfrutaba sin empecinamientos de la artesanía de la frase.

Con Ocampo tuvo tres hijas: Laura, Paula y Flaminia. Publicó las novelas Dos veranos (1956), Uno (1961), Aire tan dulce (1966), En el fondo (1969), Su demonio preferido (1973), La penúltima conquista del Ángel (1977), La muerte y los desencuentros (1989) y Basura y luna (1996), y las colecciones de cuentos Las viejas fantasiosas (1981) y Ciego del cielo (1991). «Si me hubiese quedado en Tucumán, no habría escrito ni una palabra», decía. Murió el 26 de abril de 2018 en Buenos Aires.

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*Nació en San Miguel de Tucumán. Es testigo de hechos artísticos y sucesos en general.

**Primero en la UBA, luego en la Universidad de Roma y por último en La Sorbona.

***Los dibujos pertenecen a la serie «Partir del reposo» (anilina, lavandina y pastel sobre papel, 20 x 30 cm), de Carla Grunauer, 2018.

7 poemas de tao lin

Por Florencia Méttola*

Empecé a leer Tao Lin hace como diez años. Probablemente por un amigx que siempre me recomienda libros o cosas para leer. Compartimos la “pasión” ya no por la literatura, aunque comenzó siendo por la literatura, sino más bien por la escritura, simplemente. Y en cierto modo creo que la escritura de Tao Lin también tiene que ver un poco con esta idea, con darle más importancia a la escritura que a la literatura. Ha escrito sobre todo y ha intentado todos los géneros, desde cuentos hasta ensayos, pasando por varias novelas o novelitas; pero lo que siempre me llamó la atención de él fue su poesía, tal vez por el tono, por la forma de decir las cosas. Solía ​​sentir esto también con otrxs escritores estadounidenses que realmente me gustaban. Estoy hablando quizá de un estilo, que me atraía como lectora y como escritora: podría llamarse “minimalismo” o “realismo sucio”. Pero la idea que sobrevive cuando leo Tao Lin, si disfruto un texto escrito por él o no, es un efecto o lo que recibo como un efecto, y ese efecto para mí está relacionado con la poesía, con la capacidad de transmitir poesía como si fuera una droga o por qué no sangre, algo vital; un impulso materializado, tal vez. Debería ampliar este concepto. Lo haré después. O no, tal vez podría explicarse por sí mismo.

Cuando leí estos poemas, estaba pasando por momentos difíciles, como todxs los demás, supongo. Tiendo a pensar egocéntricamente que en mi caso las cosas son peores, porque algo siempre está sucediendo a mi alrededor, algo (digamos) incorrecto, inestable, indeseable. Pero, cuando leí estos poemas, sentí algo que hacía un tiempo no sentía con lo que leía o veía. Tal vez sea algo comparable a la felicidad del amor, cuando todo es hermoso con alguien y estás muy enamoradx; me refiero a la experiencia de la belleza, a ese breve momento en el que sentís que algo vale la pena.

Hoy es un día gris y miro por una ventana y hace mucho frío y siento como si estuviera en el medio de la nada, totalmente sola, pero como si hubiera deseado este aislamiento; sin embargo, estoy así porque no hay otra manera. Me recuerda a unas de las ideas acerca de escribir que tiene Tao Lin, que expresa de forma similar en un video que vi en YouTube, pero con la diferencia de que puede estar solo y concentrarse, y si está deprimido o triste, puede manejarlo. Cosa que yo nunca he podido lograr, o no sin mucho padecimiento. Me parece envidiable. Y hay algo de eso en estos poemas y en estas traducciones, algo de querer ser a veces Tao Lin. (Nota de color: es de cáncer, como yo). 

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Olas

Papá dijo que le gustaba Trump porque Trump

fue el único que no le tenía miedo a China.

Había comido helado orgánico cuando lo encontramos

y mi mamá estaba en el parque sacándole fotos a cosas.

Todavía discutíamos sobre Trump.

Estaba llorando invisiblemente por razones nebulosas.

Casi atrapaste un pez globo. Fue conmovedor.

Jugué bádminton con mi papá en la sala de estar.

Montando olas de felicidad y desesperación.

Mamá se rió de sí misma y me sentí encariñadx

La cara amable y tímida de papá me emocionó.

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Átomos chinos

Las galaxias pueden chocar contra una mamá tortuga.

No todo es una herramienta de adivinación.

Antimateria y metagalaxia.

Viejos pájaros y viejos átomos.

Cuanto menos pensamos, más felices

Las tortugas de mamá parecen convertirse.

Dos tortugas parecen inconscientes.

Tres tortugas pueden chocar en las ciudades.

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 Olas autoconscientes

Olas de helado orgánico

encontraron a mis padres en China

porque no tenían miedo.

Montar olas de pez globo vivo.

Llorando porque fue conmovedor

jugar en la sala de estar

y porque me gustaron cosas.

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Amigx emocional

Los gobiernos soñados promueven zancos

Así que existía en un mundo de zancos.

Estoy frotando estratégicamente mi aire

sabiendo que está deprimido.

No sabíamos que los hikikomoris de Chicago

colapsaban en las novelas de Shanghai.

Eligiendo escuchar.

Pavor y asombro imprecisos.

140 empresas recuerdan el 2015.

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Corriendo en el patio de atrás

Mira a las personas que aprenden a intentar.

Guíalos hacia el placer.

A través de patios traseros.

A través de microbios cortos.

Acércalos hacia el sueño.

La gente que no se emociona.

El llanto sin efecto.

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Sinónimo Mágico

Dijeron que el tiempo era un sinónimo de cielo.

Dijeron que cielo era un sinónimo de estar a salvo.

Desmayo en una habitación con sinónimos,

sinónimos seguros para polifarmacónico.

La gente podría partir los sinónimos por la mitad.

Los cerebros fueron tiempo dañado.

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Los fuegos artificiales son extraños

Golpear la materia oscura con una raqueta de tenis.

Los aborígenes rara vez fingen la felicidad.

Mentir sobre fractales. Mentir sobre la guerra.

Mentir sobre todos.

Mentir a los aborígenes.

Décadas de mentiras.

Mentira mental. 

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*Florencia Méttola nació en Tucumán en 1981. Es traductora, escribe y dibuja. Enseña inglés y planea volver a la música muy pronto. 

**Las imágenes corresponden al proyecto fotográfico Pater, 2008, de Gabriel Varsanyi.