fanzinero

Por Gustav Urch

En una fiesta realizada bajo el aura de la Marcha del Orgullo LGBTIQ de 2018, el artista tucumano MT vendía a un precio no tan módico tres o cuatro variantes de lo mismo: un conjunto de imágenes aparentemente elegidas al azar, acomodadas con descuido y fotocopiadas sin prolijidad alguna en hojas A4 plegadas al medio. Además de los fanzines, llevaba en la mano un dispositivo de audio pequeño pero potente con el que reproducía su propia música. Andaba unos pasos, se detenía, alzaba el dispositivo y bailaba. Se lo veía contento de un modo inquietante. Daba la impresión de que en cualquier momento se derramaría sobre alguien o algo, quizá sobre sí mismo. Así, MT abordaba a sus potenciales clientes, casi todos conocidos, casi todas personas del mismo ambiente que él, gente que se lo sacaba de encima con toda la amabilidad de la que era capaz, tal como se elude en las fiestas de fin de año al pariente alcohólico y provocador.

Vendió solo un ejemplar. Luego se perdió en la fiesta. Lo siguiente que se supo de él fue que, como consecuencia de cierto entredicho, un grupo de personas lo llevaba a los empujones a la puerta. Su único comprador se acercó a preguntar qué pasaba, pero no pudo interceder. La sentencia era inapelable y el destierro, inevitable. De todos modos, aquella mancha se acomodaba a la perfección en la fama de edgy que tenía MT, quien pudo disfrutarla a pleno en las redes sociales, con un jugoso intercambio de denuncias.

Consultado por quien redacta estas líneas, que también fue testigo de todo lo anterior, el comprador, BK, declaró que el conflicto no le interesaba en lo más mínimo: separaba al artista de la obra. Y el fanzine que había adquirido, si bien no tenía las cualidades habituales de las piezas de MT, uno de sus dibujantes favoritos, poseía, a su juicio, una virtud esencial. BK, coleccionista discontinuo, consideraba que aquella pieza constituía el grado cero del fanzine, y que por lo tanto resultaba ejemplar: irreverente, hecho a pura necesidad, con una impresora casera y la fotocopiadora del barrio, se trataba de un mero concepto que prescindía incluso de la abrochadora. Según su opinión, MT había hecho una intervención artística –performática, incluso– sobre el formato fanzine, jugando con uno de los elementos primordiales del género: su capacidad de causar desconcierto. ¿Qué otra cosa, se preguntaba BK, estaba llamado a provocar un fanzine, en tanto obra anárquica, atenta únicamente a los caprichos, las posibilidades y las carencias de su creador?

La conversación con BK se extendió. Pasó del fanzine de MT –o de la intervención de MT sobre el fanzine– a otras obras locales y menos pretenciosas. Un fanzine, dijo, puede ser lo que se le antoje ser. Y cuanto más amateur y desprolijo, mejor. La literatura, la poesía, los textos corregidos y publicados con celo de editor corren por la vía de la plaqueta. Un fanzine es otra cosa, dijo: no una revista de fans sino una antirrevista, el fruto de una necesidad expresiva arbitraria, que no se fija en la eficacia ni en la prolijidad ni en ningún otro protocolo social o comercial. Del mismo modo, dijo, que, en un blog, una nota puede comenzar siendo el relato de una anécdota para mutar en reseña, sin que a nadie le importe lo heterodoxo del asunto. La libertad es total y, si el fanzinero tiene algún “deber”, tiene el deber de hacer notar esa libertad, el deber de darle al lector la posibilidad de percibirla.
En su condición de modesto coleccionista, BK recordaba con cariño el Fanzine de Oficios –una hoja plegable que, le parecía, había alcanzado su punto más alto en el número titulado “Gomeros y mecánicos de motos”– y más especialmente Los cazamos en Otoño. De este tenía casi todos los números. Lo seguía con fanatismo adolescente.
Los cazamos en Otoño, dijo, salió por primera vez en 2012. Y actualmente lleva más de 20 números (24, de hecho). Desde el primero al último solo han cambiado las tapas, que solían ser fotocopias en blanco y negro y ahora están impresas en papel ilustración.

La idea, dijo BK, es sencilla y, tal vez por eso mismo, genial. Luciana Lescano y Exequiel Argañaraz, sus creadores, trabajan sobre un ping-pong de preguntas y respuestas, reducido al mínimo, que practican con bandas o solistas. (Ellos mismos son una banda, aunque como tal llevan otro nombre: Los Veranos). De esa entrevista, también una especie de grado cero, emana a menudo todo lo demás: los dibujos, las recetas de cocina, el concepto general del número. El resto es puro dibujo y collage hecho enteramente a mano y por el simple placer de hacerlo.

Muy habitualmente se puede encontrar a BK dondequiera que haya mesas de fanzines y stickers. Y es harto seguro que hoy irá al Otro día del fanzine, evento que comenzará en pocos minutos, a las 19, y se extenderá hasta las 23, en El semillero (Catamarca 1196, San Miguel de Tucumán). Allí se podrá encontrar los últimos números de Los cazamos en Otoño, así como también será posible, cerveza en mano, escuchar un acústico de Los veranos, entre otras delicias.