lecturas

Nueva entrada a nuestra Breve antología de poesía tucumana; en esta ocasión, con poemas de Hugo Foguet.

Serie Caballos. Tinta y acrílico sobre papel. Joaquín E. Linares.

Por Uzumaki

Lecturas (1973) es el título del primer libro de poesía de Hugo Foguet (San Miguel de Tucumán, 1923-1985); tal como dice Guillermo Siles en su prólogo a Obra poética —libro publicado conjuntamente por Ediciones del Dock y la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT en el que aparece reunida la totalidad de los textos poéticos de Foguet—, no es un título azaroso. En efecto, en el proyecto literario del autor de Pretérito perfecto, dentro del cual la poesía, comparada con la estatura de su producción narrativa, ocupa un lugar menor, la preocupación por exhibir lecturas es de suma relevancia. Foguet lee y reflexiona, cita, parafrasea y glosa lo que lee, desde obras historiográficas y filosóficas hasta piezas pictóricas; pasa por todo lo legible, pero no sin dejar constancia de ello, de usarlo como blasón: se rodea de nombres, de fantasmas con los que dialogar, a los que reverenciar, a los que parodiar; se arma un lugar de resguardo, un árbol genealógico-intelectual en el que se instala orgulloso. La presente selección de poemas, todos tomados del libro de Ediciones del Dock (Buenos Aires, 2010), quiere dar cuenta de esa práctica.

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Leyendo a Axelos

Memoria
inmemoria frecuente
laberinto de espejos.
Ciegos marchamos
recordando sin recordar
otros nacimientos del mundo
—horizontes en llamas—
De muchas maneras te nombramos
Pensamiento Total
nostalgia engañosa
sed más vieja que el agua.

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A un caballo para una estatua ecuestre
Óleo de Joaquín E. Linares

Caballo sin jinete que aguardas
los muslos fatigados de subir las gradas de los capitolios
y trajinar los pasillos de los ministerios;
el sexo oprimido por el raso del pantalón
en innumerables paradas y te deums;
las nalgas curtidas por la prolongada permanencia
en los duros sillones de las gerencias y los directorios;
la mano encallecida de empuñar la estilográfica
firmar despachos, decretos leyes y actas protocolares;
las pupilas quemadas por el resplandor de las arañas
en las vastas mesas de los acuerdos económicos,
los espejos de las embajadas y el fogonazo de los flashes.

Pero un día, noble corcel de guerra sin jinete,
sentirás el dulce peso de la gloria
—el olor del cuero y del metal,
de la pólvora de los 21 cañonazos de la salva—
y bajo tus cascos, no solamente crecerá la hierba
sino que florecerá el trébol
y la codorniz pondrá sus huevos azules y translúcidos.

Los ojos de los muertos te estarán mirando.

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A una joven reclusa
Bicêtre, 1775
Lectura de M. Foucault

En los mejores tiempos se veían llegar
por lo menos
dos mil personas diarias
a Bicêtre
Por unos centavos
los guardianes mostraban al cura irlandés,
que dormía sobre la paja,
al capitán de navío,
loco furioso que se cubría de espuma,
a la mujer
desnuda y altiva encerrada en una jaula,
a la dulce
Annette Tavernier inmóvil frente al muro del patio.

Los médicos enseñan
que su locura es fría y húmeda como el crepúsculo en
Southend-on-sea,
que las gotitas heladas que penetran las fibras de
los órganos
hacen el humor melancólico.

Con los ojos pegados al muro
Annette deja que la lluvia,
las sombras de la tarde,
el vuelo de los pájaros,
rocen sus clavículas filosas,
sus vértebras,
sus nudos de objeto vegetal cubierto de líquenes.

Los burgueses dicen:
otro cielo,
un desorden funesto para la razón ¡oh Dios misericordioso!
que consientes que tu criatura se extravíe.

Qué hacer con sus manos inútiles, frágiles, solamente
amables,
con las puntas mojadas de su pelo,
con los ojos verdes como el agua sobre las piedras
del fondo,
si no sabe leer ni una letra de cambio,
descifrar la Virtud en el Código,
reconocer
que el Amor levantó las prisiones,
las estacas,
las anillas del tormento.

Caballo negro (1970). Serie del Circo. Acrílico sobre tela. Joaquín E. Linares.

Meditación de Martín Lutero en el W.C.
Lectura de N. O. Brown

Martín Lutero
sentado en la letrina de la torre del monasterio de Wittemberg
tiene a su costado la noche helada
el aullido del viento
el torvo dolor de sus tripas.
Termina de aplastar una cucaracha en el tabique de madera
donde una mano escribió:
el teléfono de Dios
da siempre ocupado.
Amanece con estrellas.
La escarcha
crujirá bajo las suelas de una compañía de marines
y las orugas de los tanques.
Martín contempla absorto las larvas gordas que se mueven en sus sandalias.
Es tan sólo un momento de distracción.
Dobla The New York Times y continúa la lectura.
La Dow Chemical Company produce lavandina para blanquear la ropa
y napalm para rociar el alma de los niños
mientras sus tecnólogos asisten de pie
sobre el césped recién cortado de Massachusetts
al oficio del domingo confiando en el éxito de la próxima surprise-party.
Los chicos están vacunados contra la polio aclara el comentarista
habrá cheese-hamburguer, smooth orange,
Schrapnell balls, silent button bomblets,
smaart bombs, spider mine y dragon tooth mine
.
Los dragones alados son arrastrados por el viento como si fueran semillas
y los Schrapnells estallan a un metro y medio de la tierra
arrojando ciento cuatro bolitas de acero
detalles que relajan el esfínter de Lutero.
Desocupa su vientre mientras recita una jaculatoria.
La rana que entra y sale del cubo de agua
tiene un trasero gordo como una idea de economista.
Te conozco por el trasero
dice Martín
el ano de Satán es el lugar del mundo
donde la materia se trasmuta
la olla a presión
el ojo de la tormenta que hace subir la tasa de interés
y donde el becerro de oro
se transforma en becerro de oro.
Los banqueros
dice Martín
manipulan el oro
con la misma alegría de los chicos cuando juegan con sus
excrementos.
Te adoramos
Te bendecimos
Te damos gracias Abbadón
que colmas de alegría las ciudades
de automóviles las carreteras
de mercaderes las naves de los templos.
¿Quién guardó el oro en sus entrañas para hacernos felices?
Es absurdo oponerle el pobre hombre coronado de espinas
sacamuelas que agita el tónico que hace crecer el pelo de la buena
vida cristiana.
(Por supuesto querido Jesús
yo creo en ese otro mundo de la gente sin cuerpo
de las almas sin sexo
de las alegrías eternas y los eternos días felices
pero sucede que mi casa está debajo del elevado
en un callejón donde los borrachos blasfeman y vomitan en la
madrugada)
Martín se asoma a la ventanita.
Hay un bosque de pinos que desciende hasta la playa
donde los gatos lucen muertos lustrosos y bellos
con los ojos abiertos y las finas lenguas asomando entre los dientes.
La arena está sucia de petróleo.
El bosque ha sido talado
pero el afiche de Pan-Am tiene luna llena
las agujas de los pinos calientan los hornos de fundición
y Musidora es una berlina que corre a trescientos kilómetros por
hora
mientras los galápagos de los atolones nadan ciegos en la arena.
The New York Times confirma la noticia de la paz inminente.
Martín comienza a sospechar que la felicidad es un estado
del que el hombre no tiene culpa
—por el camino
avanza un desertor de la Guerra de Treinta Años
que sueña con una lata de sopa de tortuga
pero que debe conformarse con el muslo de un ajusticiado.
Te has comido a Dios
le grita Martín
pero no escarbes demasiado;
es mejor sentir hambre que deseos de inmortalidad—
Martín cierra el diario con la convicción de preferir
el scotch al bourbon
el Caribe a Hawai
la margarina a la manteca
el diablo a Dios.
La rana ha elegido la rodilla de Lutero.
Tiene los ojos como duros y fragorosos cristales
y el trasero como un anillo de hierro colado.
El ano de Satán es el ojo del mundo
un círculo de fuego
inviolable como la aureola de un santo
secreto como un jardín árabe
y donde la razón de estado convive con la ciencia y la tecnología.
I love you
dice la muchacha parada debajo del manzano.
I love you
dice el hombre parado debajo del manzano.
En la pantalla del televisor
un automóvil se desliza por la carretera
con un tarro de mostaza sobre el capó.

CRECED Y MULTIPLICAOS
Para abril
la producción de mostaza habrá alcanzado
el millón de frascos.
Martín vuelca el agua del cubo y piensa que el agua es perfecta
como el padre que está en los cielos.
El día de pronto ha estallado dentro de la torre con un aroma a café nuevo
con un brillo de monedas recién acuñadas
con un ruido de trépanos trafiladoras y gusanos electrónicos.
Afuera el cielo es todavía un campo de batalla poblado con los
restos de viejos aviones de combate
carros asirios y melancólicas armaduras que guardan el olor de los
cuerpos.
Ha llegado para Lutero el instante de ofrecer la jornada
junta sus duras manos de campesino
Señor
dice
acepta esta nueva derrota de tu Arcángel
humildemente te lo pedimos
no consientas que sea tentado
líbralo de todo mal
y restitúyele su corcel de guerra
Amén

la compartidora de aguas

Una nueva entrada a nuestra Breve antología de poesía tucumana; esta vez con poemas de Inés Aráoz.*

Por Sofía de la Vega**

¿Qué puedo decir de Inés que no haya dicho hasta ahora? Muchas cosas en realidad: los domingos —al menos antes de la pandemia— se juntaba con todos sus hermanos, tuvo una perrita pekinés llamada “Ojota”, a veces viaja a lugares que quedan muy lejos pero lo hace sólo por diez días porque dice que si no viajar no es un sueño, y, entre tantas cosas que sigo descubriendo de Inés, me di cuenta de que es una poeta de la comunidad.

Cuando uno piensa en un escritor, sobre todo un poeta, el yo, esa máquina artificial parece golpearnos en los textos una y otra vez, y por supuesto, no tiene nada de malo, ¿cómo no amar a Alejandra Pizarnik? Pero Inés apuesta por otra cosa, distinta, ella no está debajo como Alejandra, ni anuncia su propia muerte como Olga Orozco. Inés es habitada, en ella viven comunidades de hombres, mujeres, plantas, animales, piedras. Es muy difícil encontrar un poema donde la sola presencia de Inés gobierne el poema porque ella se comparte, es generosa y quiere estar con otros. Ya sabemos que para Inés el poeta “es el compartidor de aguas”. Imagen que hace un tiempo me remitía a Moisés abriendo el Mar Rojo para que el pueblo judío continuase su camino. Después eso cambió, ya que pensé que dividía lo animal de lo humano e Inés nunca separa esas esferas. Cuando el poeta comparte aguas, lo comparte con todo lo que eso conlleva.

En sus poemas de amor, donde quizás esperemos ver las características odiosas o egoístas del romance, celos y traiciones que Safo tempranamente nos hizo conocer, Inés se disuelve. El amor para ella es la pura entrega, es estar dentro del otro: Lo que quise saber de ti/No estaba ya en ti /Estaba en mí”. Echazón (2008) es uno de los libros más importantes de Inés Aráoz, quizás el que más se refiere al amor romántico. A su vez, contiene un poema homónimo que habla de una relación sentimental y sexual, que en su momento antes de su publicación en forma de libro fue censurado por el diario La Gaceta. Pero volviendo al poema propiamente dicho, ¿qué es echazón? Es arrojar al agua la carga de un buque, para aligerar el peso y salir del peligro. Esta acción no sólo está presente en la mirada de Inés frente al amor de pareja sino que es la construcción de su sujeto imaginario. Inés todo el tiempo aligera su yo, le quita grandilocuencia, no está agazapado esperando demostrar su lugar en el mundo. La voz de Inés corre y es pequeña, es una niña que quiere “echar un galope tendido, a campo traviesa/Saltar cercos, una y otra vez /Cruzar los ríos”.

Tucumán, el centro de esta comunidad poética, muy pocas veces es nombrado pero sabemos que Inés habla desde ahí. La construcción del paisaje “amontonado”, los murciélagos que custodian los poemas, la ceniza negra que nos invade y cierta celebración de vida que todo el tiempo está presente en Inés. No reniega de su lugar de origen, quizás lo distorsiona y reconstruye la comunidad en la que siempre quiso vivir.

Inés fue criada con muchos hermanos y pasó largas temporadas en el campo, acaso eso dio lugar a la mirada comunitaria que no sólo aplica a su poesía sino también a su vida. Ya en otras ocasiones describí su casa, un largo pasillo lleno de plantas selváticas donde galgos “custodian” grácilmente la entrada, mientras atrás una jaula magnífica, enorme, es habitada por papagayos. Todo conforma un ecosistema perfecto. La casa de Inés es chiquita y modesta, llena de recuerdos y objetos. La última vez que la visité me dijo que las casas para ella siempre tienen que ser pequeñas y el jardín debe ocupar más espacio como si la casa fuera un elemento más del paisaje. De la misma manera Inés escribe, no se impone sobre el paisaje, sobre el otro, sino que se funde en él.

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Poemas

I
Ha caído el telón. Todo está preparado para la quietud. Voces de pájaros, dondequiera; olor a murciélagos.
La travesía ha comenzado en el seno del universo. Porque esto, seguramente, es anterior a nuestra infancia. Y cuando el huevo reviente, cerraremos los ojos.
Quién avisará, llegado el momento?

(De Ciudades)

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El paso del Familiar

Hacía rato que caían, zarandeadas por el viento, las escamas negras del azúcar. Los que barrían llevaban puestas sus miradas torvas y cada tanto, al mirar el cielo, hacían ademán de vendarse los ojos. Abejas celestes que atacaban y enceguecían a quien las miraba era para ellos entonces el cielo.
Balanceando el peso de las enormes chimeneas sobre sus cuatro patas, el gigante Tucumán se desplazaba con cautela por la ciudad nueva, ultramoderna.

(De Las historias de Ría)

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Poema

Me gusta saber que están
Esas personas
Con quienes
Alguna vez
Necesité alternar
No más
Me basta
Oír sus voces
A la distancia
Y yo en un punto central Inamovible
Esto es así por haber renunciado
A las riquezas del padre
Y de la madre
Esto es
Al movimiento del mundo
Para escuchar mejor
Para ver
Para poder ver
Presunción en fin
Esto es un árbol
Fue mi comprensión primera
El modelo de alegría
Que he buscado
Nunca más
O tal vez sí
Un ojo interno
Rodando por el pasto
El amor
Fue la providencia
Que no esperaba
Lo terrible
Lo rasgado del cielo
La extranjería
Lo más próximo a la muerte
Era música el amor
Era un río pasmoso
Y me desvelé
Nadie más que yo lo sabe
Y lo supe
Por un instante

(De Echazón y otros poemas)

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No aminora el tren la marcha
a Isidora Aráoz

Estaban quietos los cielos
En Yacanto
Al parecer moría, no lo sé
Mi hermano, el más pequeño
Los membrillos no habían madurado aún
Y en sus verdes huevos seguía guardada la cría del tero
Un cierto tinte rojo allá
Atrás, en la montaña
No lo he visto yo morir
Más que otros días
Al señalar alguna de esas florcitas tibias
Silvestres
Que esplenden en las lomadas
Esto me da paz —decía
Me hubiera gustado esa tarde
Echar un galope tendido, a campo traviesa
Saltar cercos, una y otra vez
Cruzar los ríos
En mi yegua baya
Correr, correr hacia los oradores de la montaña

(De Pero la piedra es piedra)

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Pensando en la poesía

¡Corra, pequeña, corra!
Usted tiene que correr
Usted es el caballo que mis textos avizoran
Es la infancia
Las visiones
Son las hebras desplegadas de sus crines
Las briznas de las cañas
Volanderas
El vórtice de polvo de ceniza
Ascendiendo por los vientos cada agosto
La he visto ya correr
Como un río bautismal en la extensa Rus
Su nombre era Dnipró
La he visto en el desierto, correr en el desierto Con toda su potencia
Sin apenas tocar la arena
¡Los cascos en el aire!
Usted es el caballo construido Con partículas de luz
El de increíble brillo
El que me conducirá como espuma blanca
A la otra orilla
La monta dorada de los khanes Ancestros de la Ajmátova
Usted tiene que correr
Por una cuestión de densidad Flamígero punto del poema
Es eso pequeñita, si no corriera usted
El principio sería el fin

Usted es la frente de plata de mi padre
Usted es mi madre, la música, el canto
Usted es esta lonja extendida de camino
Los ancestros españoles en la selva
El nativo que da guerra, los altos mocovíes
De la senda Macomita
El industrioso, el artesano, los jesuitas
Las fronteras, la baguala, el birimbao

Es el caballo diseñado para rozar apenas
La montaña con su cola

Usted es el arquero ciego
El impecable guerrero
El hermano que no es hermano
El que es fiel
El que no lo es
Usted es el fulgor que separa
El encendido verbo de mi amor a Dios

No quiero deberle nada
Todo he de decir
Y será nada

No es poeta el que escribe mucho
Ni el que escribe bien
Poeta es el compartidor de aguas
Es el transido
El que recibe las descargas
Campo minado es la poesía
De máxima tensión
Corra usted, pequeña, corra usted en los poetas
¡Sea la luz en el correr!

(De Pero la piedra es piedra)

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Principio de los tiempos

Lo que quise saber de ti
No estaba ya en ti
Estaba en mí
Cuando tu arco se tensó

Y desde tus ojos te miraba
En mí, samurai
Y desde mi centro
Partimos juntos en la flecha
Al vacío infinito

(De Haré del silencio mi corona)

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José Watanabe

Hermanos somos en la piedra, José
Y tu mismo nombre Watanabe
Paréceme una piedra
De lomo redondeado y gris
Y dibujada con una curva
Línea clara de aguas de río
Te llegaste a mí de la mano
De un poeta
Y te miré largamente
Largamente
Como si hubiésemos estado solos
Entre las piedras, muy alto
Por encima de las nubes
Y ni unas florcitas violetas
Hubieran emergido a nuestros pies
Y ni un confianzudo pajarillo
A cortos saltos
Se nos hubiera acercado

(De Agüita)

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Punto de luz

Te sales de la memoria
Y hay un punto de luz
La luna cruza sus haces
Y caen palabras-partículas
Flotantes
Guerra, amor, campos dorados
Ah pero qué son esas palabras
En los pastos altos
Mecidos por la luz
Y yo lucho (¿yo?)
Es la memoria
O es la luz
Y esa palabra guerra
¿Sería acaso un canto de amor?
Ah es bella sí la luna
Decirlo así, con simplicidad
Un run-run de silencio

Llena, llena de luz la luna
Para salir de la memoria

Mi cuerpo es también luna

(De Notas, bocetos y fotogramas)

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Precioso libro de agua

Tan esperado como un amante
Y le digo amante
Al amado
Que llega, sí, y se enseñorea
De esos efímeros instantes
En que uno escribe
Con la emoción
En la mano

Libro que sostengo
Y que no he leído
Aún
El verbo, el angélico
De los comienzos
El de la madre
Que sella, por empezar
El coraje
De avanzar a cortos pasos
Sobre la hierba que imperceptiblemente
Crece

(De Notas, bocetos y fotogramas)

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DO NOT GO GENTLE INTO THAT GOOD NIGHT
DYLAN THOMAS

Versión de Inés Aráoz
a Nicolás Aráoz (para su obra de teatro: En las aguas de Nut)

No entres gentilmente en esa buena noche
Arder y delirar debería la vejez al declinar el día
Enfierécete contra la luz en su agonía

Aún cuando los sabios sepan, al final, que es un bien la oscuridad
Porque no anidó la luz en sus palabras
No entran gentilmente en esa buena noche

Hombres buenos, la última ola ya llegada, llorando
El esplendor de sus hazañas, danzaran ellas en el verdor de la bahía
Enfierécense contra la luz en su agonía

Hombres fieros que cazaron el sol al vuelo y le cantaron
Y muy tarde aprenden que su travesía agraviaron
No entran gentilmente en esa buena noche

Hombres graves que, al morir, ven deslumbrados
Que sus ojos ciegos podrían destellar alegría como meteoros
Enfierécense contra la luz en su agonía

Y tú, mi padre, allí, en lo alto
Maldice, bendíceme ahora con tus lágrimas fieras
No entres gentilmente en esa noche buena
Enfierécete contra la luz en su agonía

(De Al final del muelle)

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*Inés Aráoz nació en San Miguel de Tucumán en 1945. Estudió Música, Lengua y Literatura Inglesa, Lutheria y Lengua Rusa. Publicó los siguientes libros: La Ecuación y la Gracia (1971), Ciudades (1981), Mikrokosmos (1985), Los Intersticiales (1986), Ría (1988), Viaje de invierno (1990), Las Historias de Ría (1993), Balada para Román Schechaj (1997), La comunidad. Cuadernos de navegación (2006), Echazón y otros poemas (2008), Pero la piedra es piedra (2009), Agüita (2010), Notas, bocetos y fotogramas (2011), Barcos y catedrales (2012), Rojo torrente de fresas (2012), Haré del silencio mi corona (2013), Al final del muelle (2016); Todo estaba diseñado para que el caballo rozase apenas la montaña con su cola (2018), Otras lenguas (2019). Ciudades obtuvo Mención y Recomendación de publicación en el Premio Bienal de Poesía “Ricardo Jaimes Freyre” en 1981 con jurado integrado por Olga Orozco, Raúl Gustavo Aguirre y Roberto Juarroz. Los Intersticiales obtuvo mención especial en el Premio Nacional de Poesía 1884-1987, con jurado integrado por Elizabeth Azcona Cranwell, María Elena Walsh, Jorge Calvetti y Santiago Kovadloff.

**Sofía de la Vega nació en San Miguel de Tucumán en 1993. Es Profesora de Letras y becaria doctoral del CONICET. Organiza el Festival Internacional de Literatura Tucumán (FILT) desde 2015.

existe el amor a los animales

Segunda entrada a nuestra Breve antología de poesía tucumana. En esta ocasión, la tarea estuvo a cargo de Sofía Calvano,* quien reunió y prologó poemas de Sofía de la Vega.**

“Olga”, Benjamín Felicce, 2013.

Caminar por un pasillo largo, de hospital, límpido. La luz enceguece, blanco y plateado el resplandor antes de que el cuerpo sea abierto y despedazado por el cirujano, antes de que brote la sangre sobre la mesa helada. “Cuando tenía 5 años y mi hermana 2, me preguntaron/por qué no era rubia como ella./ En su cara de 20/las cejas siguen siendo invisibles. Es luminosísima/para esta provincia casi andina. Genera el efecto/del resplandor antes de una operación”.

La cita es de Sofía de la Vega. Los poemas antologados fueron elegidos por ella misma para Las Gárgolas; algunos pertenecen a su primer libro y otros son inéditos. Sofía es una poeta que, si bien joven, sabe lo que está escribiendo. O al menos eso es lo que muestra: decisión, ideas propias sobre la poesía. Una poeta que trabaja con la precisión de la investigación, que deja que también aflore un lado menos urbano, menos domesticado.

Leerla es entrar en un terreno que a veces resulta árido, de clima frío. Frío en el sentido ruso y también en el sentido japonés, como lo dice en “Animales que se arrastran”. Un japonés incómodo en el transporte público, que seguramente sufre, pero no deja que se vislumbre ni un poquito de sufrimiento. En ese sentido, los poemas son como ese japonés: no muestran todo.

Por momentos la escritura luce así, impoluta, como ese resplandor antes de una operación. Los poemas esconden algo, quizás esa sangre animal que también aparece por momentos, un costado más salvaje, el macho agazapado que espera el momento oportuno para cazar a su presa.

En “Filium”, publicado en Blancas y plateadas, se hace visible este juego. Es un poema narrativo con una voz entre poética y científica sobre cazadores en Siberia. En el poema, los cazadores se transforman en bestias para atraer a la presa.

En otros poemas, la voz es una especie de Artemisa, diosa de la caza y de la luna. Arquera, sale de túnica a buscar su alimento acompañada por ninfas y perros cazadores. Asociada a varios animales muy diferentes como el ciervo, el perro, la liebre, el oso y el caballo, Artemisa es a su vez una deidad lunar, que luego de la caza vuelve a su nido portando la luz del astro más cercano a la Tierra.

Así se mueven entre estos extremos los poemas de Sofía, un juego de luz y oscuridad: de un lado el laboratorio aséptico, encandilante, el rigor quirúrgico; del otro la zorra al acecho, durante la noche, con el hilo de sangre en la boca.

Blancas y plateadas es su primer libro, publicado en 2018, cuando ella tenía 25 años. Un primer libro en el que aparece “lo cotidiano, el amor, mis obsesiones”, según palabras de Sofía. “Después se tiende hacia cierta ficción, que es lo que me interesa de la poesía”. Es interesante cómo comenzó a construir esta poesía-ficción de los animales en esa primera publicación, y cómo está mutando ahora. Los poemas inéditos serán parte de un próximo libro, que se va construyendo a la par que ella construye un nuevo hogar, en la vida y en la poesía, con animales de otra manada.

Sofía de la Vega es una poeta inteligente, sabe cuándo alejarse y cuándo rendirse al poema también. En este juego de extremos, la voz avanza y retrocede, repite ciertos tópicos, marca distancia, investiga, se entrega. El poema como una forma de conocer, pero también como una forma de amor. Esas formas de amor pueden resonar con el poema de Cecilia Pavón “¿Existe el amor a los animales?”, en el que la poeta se pregunta si su corazón está frío por no querer adoptar un gato. Una duda similar aparece en los poemas de Sofía, esa disociación repentina, esa distancia con lo que mira. Finalmente, parece elegir el lado del amor.

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Inéditos

Domingo de Ramos

Venís del desierto en un burrito:

la llegada más triunfal en un animal cansado.

En la entrada hay un arco de plantas que casi te pincha los ojos

cortadas por las manos sucias de mujeres.

Me pregunto si tocaste la cara de esas mujeres,

si les tocaste las arrugas de la frente con tu dedo pulgar

y si con ese gesto alivianaste su preocupación.

Quisiera saber si le besaste los ojos.

Quisiera saber si chupaste la sangre de sus labios.

Como lo hago yo ahora

cuando meto un lápiz en mi boca para ver si efectivamente es sangre

este sabor metálico que me ahoga.

Jesús, vos sos un león del monte.

¿Me escuchás? Esta Semana Santa también va a pasar.

En esta estepa todo galope es de fuego.

Yo soy un caballo de arena y vos, mi potrillo fiel

que gira detrás de una laguna muerto de sed.

Otras resurrecciones nos costaron más.

Volveremos campantes

coronados entre plantas y burritos

.

El futuro

Soy una planta de balcón

lista para caer

en el cemento.

Me atrevo a decir que las circunstancias

prepararon este desborde.

No soy la poeta del litoral

que mira el río y se tranquiliza.

Estoy en busca de imágenes:

hombres de ojos rojos

recogen frutas inmaduras al pie del cerro,

dos yeguas hacen el amor en un barrial,

mellizos juegan con la ropa de sus hermanos difuntos.

¿Qué quieren decir las señales de esta ciudad?

Siempre supe que era parte de otra cosa,

mi tono es anticuado y viene del futuro.

Experimento sentencias de amor casi a diario

y miro cómo todos los perros

son hermosos cerca tuyo,

¿alguna vez podré tocarlos?

¿Son ellos a quienes verdaderamente sigo?

Todavía estoy lejos

pero arriba

o abajo

nunca a una distancia horizontal.

Pelando papas sobre mi estómago,

siento piedras que caen en mis pies,

una foto de mis padres en mi cabeza

me golpea.

Por la tarde, salgo al balcón

y barro lo que queda.

.

Piedras preciosas

Desde que tuviste una piedra en el pecho

siento que todas las piedras preciosas son tuyas.

Quizás yo la necesite ahora

después de todas las veces que dije que no la quería.

Ahora le pediría un deseo

para que despiertes en tu casa de cristal,

tomés un yoghurt de cristal

y vayas al trabajo en tu bici de cristal.

Eso ayudaría a conocerte

y la gente trataría de no ser torpe.

Tus anteojos en cambio deberían ser de acero

para que nunca se quiebren al jugar futbol.

Me gusta esa fragilidad pero no se cuidarla,

me muevo como un elefante en un bazar.

No nos vamos a ver por un tiempo pero quiero acordarme 

de la última vez que saltaste conmigo de la mano,

las calles de Barrio Sur estaban inundadas por la lluvia de fin de año,

tenías una camisa lila heredada del novio de tu hermana

y el pelo peinado como si fueras a dar clases al secundario.

No veías y el agua caía en nuestras cabezas.

En tu espalda se hacía un círculo más oscuro,

metí la mano y encontré una piedra

.

De Blancas y plateadas (2018)

Nunca me fracturé

Estoy volando a 2.400 metros

de altura. Una mujer cierra los ojos

y repite una oración o algún

recuerdo con su madre. No hay turbulencias

pero es de noche y las luces son tenues.

Esa calidez de mentira no me deja

descansar. Los medios no me gustan.

Por suerte, somos dos hermanas, yo la mayor.

La gente suele decirme que parezco más chica.

Cuando tenía 5 años y mi hermana 2, me preguntaron

por qué no era rubia como ella. En su cara de 20

las cejas siguen siendo invisibles. Es luminosísima

para esta provincia casi andina. Genera el efecto

del resplandor antes de una operación.

Como el momento previo a que nos saquen

el apéndice o las amígdalas. Sabemos que su falta

es lo mejor que le puede pasar

a nuestro cuerpo. Casi a todo el mundo

en algún momento de su vida algo les sacaron,

aunque sea un diente podrido. En cambio, no todo

se quiebra. Sólo quiero usar yeso para escribir

los poemas que aprendí de memoria

cuando mi hermana ya no dormía conmigo.

.

Animales que se arrastran

En una habitación del quinto piso del hotel apago todo

y los focos comienzan a hacer ruidos metálicos.

En casa siempre algún chasquido o mínimo susurro

se escucha. Una sola vez sentimos

el silencio. Fue en medio de dos montañas

de piedra roja. Era todo azul cuando cerramos los ojos.

Nosotros en medio, como una comadreja

o esos animales que se arrastran para enfriarse.

Siempre quise tomarte la mano ese día. Es igual

a cuando estás corriendo en la clase

de gimnasia del colegio y te olvidás

de que tus 30 compañeros corren con vos.

Desde chica estar rodeada por grupos

me da miedo. Cuando es de noche, en la cama

no dejamos que ningún pie esté fuera de ella

o prendemos la lamparita que tenemos más cerca. En realidad

yo rezo o pienso que las sombras extrañas son Dios.

Estamos todos tristes porque no se puede

escapar. El aturdimiento de la multitud del subte

fue captada por un fotógrafo norteamericano en Japón.

La gente salía en poses incómodas. Brazos y piernas

de contorsionistas. Lo raro era que la cara de los japoneses

no mostraba sufrimiento. La incomodidad

del amontonamiento se hace parte de su vida.

Como el día que estaba sola con vos

pero al final nunca te diste cuenta.

.

Gato

No encuentro a nuestro gato

hace tres días sus piedritas están vacías.

Vos estás sentada viéndome

revisar debajo del inodoro del baño de servicio

una vez más. Todas las veces fue así:

la boca se achica y llena de líneas verticales

como si un olor te estuviera molestando

pero no decís nada. Tampoco te movés.

Hay cosas

que no limpiamos de la heladera

y cosas que tampoco sacamos a ventilar.

Debajo de nuestra cama

no hay espacio para un animal aunque sea frágil.

Cuando me agacho

encuentro objetos baratos que nos hacían felices.

El desorden es una forma de desamor.

Todo lo que soy acompañaba

al gato. Venía de la casa de mi madre

y me miraba desde la alacena de la cocina

como lo hacés vos ahora.

.

Filium

El antropólogo danés Rane Willerslev

vivió un año y medio en Siberia

para acompañar a la tribu yukaghir

a cazar alces.

Transformándose en bestias

los cazadores atraen al animal.

Usan cuernos, pieles, se revuelcan en su excremento,

hasta perder su humanidad.

Muchas veces el bosque los atrapa.

La convivencia a largo plazo con los alces

y la falta de comunicación los animaliza.

El antropólogo habla de un caso en particular,

un yukaghir que no se reconoce hombre

después de esta experiencia.

El cuerpo se vuelve animal,

organismo vivo que actúa por impulsos.

Lo que queda de hombre y el alce

están todavía juntos en su interior, vivos y rebeldes;

miran a través de los ojos de dos mundos.

Sólo se puede ser parte del vacío provocándolo

como poetas del espacio con linternas de 1 voltio.

El animal camina despacio por un lago congelado,

se astilla las manos y la sangre tiñe el agua.

No siente dolor por el amor en su nuevo estado.

Las cosas que no son parte del afecto

 no están conectadas al cerebro.

¿A dónde te fuiste hermano?

Sus compañeros yukaghir lo encuentran.

Ya no es un bípedo, huele las botas de sus ex amigos

y un líquido viscoso le cae de la nariz.

Los perros cazadores huyen,

repelen a ese dios siberiano.

Rane Willerslev afirma que este prodigio

es un animal con ojos de hombre

que no distingue la realidad.

En una noche de tormenta de nieve

el antropólogo no puede volver al campamento.

Observa toda la noche cómo la bestia lame sus heridas,

despacio logra acercarse y le da ungüentos de su botiquín.

El yukaghir-alce recuerda cómo curarse,

se desdobla en dos mundos.

Las cosas que ya no son parte de su conciencia

son parte del cielo gris siberiano.

.

Hábitat natural

Hace días llueve y sale el sol

como un ciclo cósmico imparable.

Salgo a comprar lechuga y tomate

tengo carne y hamburguesas.

Alrededor la fauna se expande y con un sonido imperceptible

todo comienza a crecer,

la reproducción en pleno centro de la ciudad.

Piso lo que me bordea

y se mete en mi camino.

Soy una de las zorritas que estropean las uvas,

restos violetas y rojos en mi boca

blanca después de comerlas

avanzo porque la ebullición sigue.

La gente está de ojotas y su piel es verde,

animales de otro corral.

Caminan con la mirada hacia abajo

y cruzan mal la calle a pesar de que hay muchos autos.

Cada vez que llego a la verdulería miro al costado

esperando ver tus pies por debajo de la cortina de plástico.

Tus piernas son macizas y fuertes, aparentan una vida deportiva.

Soy una de las zorritas que estropean las uvas,

melosa huelo tu pelo en mi mente

y llego a casa.

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*Sofía Calvano nació en Buenos Aires en 1988; es Licenciada en Crítica de Artes (UNA) y escribe poesía.

**Sofía de la Vega nació en San Miguel de Tucumán en 1993. Es Profesora de Letras y becaria doctoral del CONICET. Organiza el Festival Internacional de Literatura Tucumán (FILT) desde 2015.