la siesta

Una carta de Ernesto Dumit que se añade a nuestra serie de textos en primera persona Unx por unx. Cuenta Pablo Dumit que su padre le respondió estas líneas a un estudiante de arte alemán que le había escrito a través de su web personal, en busca de lo que el artista opinaba de su propia obra. Al dibujo original, dice Pablo, seguramente Dumit lo vendió, pero después hizo una réplica, del mismo tamaño y con la misma técnica. La pieza lleva el título de la muestra itinerante que reúne la última obra del artista y algunos rescates de los 70: “La siesta”.

Mujer caja.

Estimado amigo:

Me complace que le haya interesado mi pintura, me dedico a pintar desde que me acuerdo en ésta mi ciudad –Tucumán– caliente, nada ordenada, yo diría algo rea, con muchas contradicciones y, por todo esto, apasionante. Sus calles se perfuman de azares en la primavera, los que se convierten en naranjas agrias en el invierno. También hay lapachos, los hay rosas, blancos y amarillos, son un verdadero espectáculo. Aquí está mi vida y mi pintura. Aquí está clavado mi caballete y ha sacado raíces que son mis raíces. Éste es mi lugar en el mundo. Un mundo que como el de cualquier otro artista se nutre de las cosas próximas y propias para llegar a lo que es de todos; mi pintura es diferencialmente personal, íntima en ocasiones, pero rebasa la anécdota local y sentimental para ser simplemente universal. Siempre he evitado la dispersión que puede matar al arte y que traen los viajes –el andar de un lado a otro– como buscando lo que, creo, está cerca o no está en ningún lado. En lugar de ello me he saciado con la luz que por las mañanas entra desde la calle en mi taller y se escapa por mi patio al caer el día, luz elemental del subtrópico.

Máscaras.

Si me pregunta cómo ubico lo que hago en el contexto del arte, le puedo decir que no estoy lejano al expresionismo, tengo un impulso indomable hacia el surrealismo, aunque híbrido, puesto que se arma con cierto automatismo pero con enormes dosis de magia latinoamericana, extrañamente embebida en la música de Beethoven. Esto me ha dado cierta libertad de vuelo donde mis ancestros árabes e italianos han expresado un dramatismo de medio tono, de semipenumbra. El amor y la muerte, la vida y el tiempo, los encuentros y los desencuentros carentes de tragedia pero no de dramatismo se pueden descubrir en mi obra. 

Entre mis férreas convicciones cuento con una que me ha permitido pintar desde siempre: la de que antes de hacer una pincelada, por mínima que sea, es preciso pensar en la vida. 

Le adjunto un dibujo hecho a mano alzada. Es una siesta, una siesta del pintor. Este dibujo es para ser leído, no solo porque he escrito palabras en él sino porque cuenta cosas. Léalo y comprenderá más de mí que lo que yo pueda decirle. Reciba mis saludos afectuosos.

Ernesto Dumit
Octubre 2002

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La siesta.

vidrieras: dos escenas

Por Gustav Urch

Un avión se pierde en las nubes
Y tu cara en un reflejo cualquiera

Vidrieras, Rosario Bléfari.

1.

Lorenzo García Vega pronto se rinde a la tentación de desviar sus memorias hacia las vidrieras de las farmacias. Está obsesionado con ellas, dice. Sobre todo por el hecho de que los objetos que se exhiben en las vidrieras de las farmacias no dicen nada. Son espectáculos, dice, como para que nadie los vea. Y ese es su encanto. Confiesa que pocas cosas le han apasionado tanto como asistir, en la Habana, en una Habana que ya no existe, a esos espectáculos para nadie. Los objetos, esos objetos de las vidrieras… ¿qué eran? Repertorios fantasmales, dice. Un aparato para tomarse la presión, una caja con sobrecitos de antiácido… Cosas extremadamente mudas. Y no había ahí, en el acto de contemplar esas vidrieras, cabida para ninguna música. Al contrario. Si un director de cine, por ejemplo, quisiera filmar algo acerca de un personaje que mirara vidrieras de farmacias, tendría que hacer escenas totalmente silentes, dice. O tal vez podría haber un sonido: el ruido de una motocicleta lejana. Nada más.

2.

En La hora de la estrella, de Clarice Lispector, Olímpico invita a pasear a Macabea. Ella responde que sí precipitadamente, antes de que él cambie de parecer. Los dos, entre muchas otras cosas, ignoran el arte del paseo. Nada saben tampoco de la costumbre de buscar refugio en situación de tormenta. De modo que andan bajo la espesa lluvia. Más adelante hay una vidriera iluminada. Se detienen frente a ella. Se trata de una ferretería, en la que, detrás del vidrio, están expuestos caños, latas, grandes tornillos y clavos. Miran y callan. Entonces Macabea, con miedo de que el silencio signifique ya una ruptura, le dice a su reciente conquista:

—A mí me gustan los tornillos y los clavos, ¿y a vos?

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Todas las imágenes, cuyo crédito fotográfico corresponde a Carolina Grillo, pertenecen a Problemas Irresueltos, muestra de Soledad Dahbar que se realizó en el Museo de Arte Contemporáneo de Salta en agosto del 2019.

inhóspita

Un texto de Myriam Holgado* que viene desde el pasado a integrar la serie Uno por uno.

Figuras aladas (1984)

Mi visión de la realidad, fragmentada, caótica, inhóspita, coincide con lo que quiero traducir en mi pintura.

El discurso actualmente no trata de ser evidente, legible; manifiesta distintas miradas y experiencias pictóricas a través de conceptos, símbolos, signos, expresiones, haciendo uso de una escueta y magra elaboración técnica. 

Ella y el mono (1978)

Trato de encontrar el sentido de la idea a expresar; cuál es la dirección y crecimiento que esa idea debe seguir, para que su concreción sea contundente, porque creo que la plástica es discurso y concepto. 

Holgado
Buenos Aires, 1994.

Ella III (1978)

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*Myriam Holgado (1936-2014). Desde 1956, participó en numerosas muestras individuales y colectivas en Argentina, Bolivia, México, Perú, Estados Unidos y Alemania. En 1976 se exilió en México, expulsada de su cargo en la Universidad Nacional de Tucumán por el gobierno de facto. Con la vuelta de la democracia, recuperó su labor docente y abrió Taller C. Luego se trasladó a Buenos Aires hasta su muerte.