performances

Por Javier Soria Vázquez

I.

La cosa es que se acerca y con el filo de la mano le atraviesa el cuello. El animal solo flexiona una pata en señal de respuesta y amaina.
El hombre se acuesta de lado, imitando postura y forma del bicho, y se duerme. 
Esperamos cinco, diez, quince minutos. Algunos se impacientan y se marchan. Yo creo, ferviente, que algo más va a suceder.
No tengo reloj, así que no sé cuánto tiempo pasa. Los dos siguen ahí, bajo una luz fluorescente de luna, en la misma posición, sobre un rectángulo blanco.
Creo que todavía quedan algunos, por el sonido de roces que escucho atrás cada tanto. 
Me siento, me acuesto de costado y me duermo. 

Una circunferencia roja pintada sobre un espejo. 
El animal camina apoyando sus patas en la línea. 
Se ve un poco ridículo. 
(Un bicho tan tosco, en posición de ballet).
Si una pata rompe línea, 
un rayo azul chispea a un lado y lo obliga a retomar la exactitud del curso.
El hombre espera parado en la punta de una aguja
con los ojos vendados,
predisponiéndose a saltar. 
El animal desvía, y otra vez azul. 
Está cansado. 
El hombre también. 
La luna custodia la marcha
y pestañea disparando esos rayos cuando las cosas no salen bien.
El bicho se detiene, y el hombre salta y cae adelante, 
sobre la línea. 
La luna vuelve a pestañear 
y el rayo horada al hombre. 
El animal solloza y se niega a avanzar. 
La luna crispa y caen centellas por todos lados. 
El animal inmuta. 
El hombre yace.
La luna se esconde tras una nube
a pensar.  
El animal soba el cuerpo 
con el hocico, buscando pulso.
La luna regresa 
y fulmina al bicho.

II.

Una chica de unos treinta se anuda la corbata como le enseñó su padre. 
Otra afirma que, entre tocarse y comer, prefiere tocarse y comer.

Seguime, dice agarrándome fuerte el índice y arrastrándome entre los concurrentes a velocidad de guepardo.

Un tipo de camisa verde con bananitas violeta derrama su copa sobre mi hombro y corre indignado a llenarla de nuevo.
La mujer del palo enjabonado me golpea la nariz con un descomunal anillo de acero quirúrgico y jade. Otra de más edad, amaga un puntapié y se arrepiente.
Este tipo que sale en la tele se lanza y me muerde el lóbulo con intenciones de arrancarlo.
Tropiezo con todos y caigo como cristo por tercera vez. 
La fulana se agacha sin doblar las rodillas y, con transigente gesto, me limpia los dos dedos de frente con un pañuelito negro que guardaba entre las tetas.
Todos atienden. 

Y así, desparramado y roto como un trapo, recito en tono anunciador:

Voy a derramarme otra vez.
A pedir misericordia
por habitar el mundo y lamer
de la palma de los otros.

Voy a insuflarme el pecho,
 lanzarme al río con escombros
amarrados a los pies
y desprenderme en el trayecto
para nadar más rápido
hacia el fondo.

_____________

*Las obras, “La iniciación” y “El siluetador”, pertenecen a El Pelele.

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