después de la revolución seca

Por Gaspar Núñez

Hace ya algunos años, cuando el macrismo todavía era un pliego de promesas y el irrefutable peso de los sucesos no había sedimentado sobre esa maravillosa arquitectura inmaterial, el presidente recién electo apresuradamente quiso nombrar a su período diciendo: “Hay una revolución de alegría en el país”.

Esa máxima, bellamente contradictoria, rápidamente se replicó en diarios y otros medios; no sin polémica.

En aquella frase de su manifiesto fundacional que le otorgaba jerarquía de -ismo, Macri halló la veta para llevar la poiesis a un ámbito que tradicionalmente se le asigna a la praxis. Y la traslación ocurrió de forma inversa a la que estamos acostumbrados quienes nos encontramos en este campo: no fue el arte quien desdibujó sus límites para abrazar el quehacer político, sino que este segundo echó mano de la poesía.

Creo que en ese pregnante y cautivante cortocircuito oral hay una inescrutable cuota de realidad que se hace manifiesta. Parecía inimaginable pensar una revolución encabezada por el macrismo, ya que éste es antipopular de base y para hacer una revolución se necesita, cuanto menos, un pueblo. Sabíamos que el Macrismo era una fracción sin un cuerpo concreto de militantes, por lo que la ecuación, que no cerraba, desplegaba ahí su potencia poética.  

Si tuviéramos que pensar en otras revoluciones o, más bien, en otros ejemplos de este uso del término “revolución” para referirse a una revolución despoblada, podríamos traer a cuenta las también autodenominadas Revolución Libertadora del 55 o la Revolución Argentina del 66. Pero la poética de Macri se diferencia de éstas al introducir la alegría en tanto emoción. Byung Chul-Han dijo en entrevista:

Un sentimiento es distinto a una emoción. Un sentimiento es también distinto a un afecto. (…) Podemos hablar así del sentimiento de la belleza. En cambio, no podemos hablar de «la emoción o del afecto de la belleza». Se vuelve muy clara la diferencia entre emoción y afecto, por ejemplo, a través de ciertas expresiones. (…) Un sentimiento es una condición o una capacidad, es algo estático. Y la emoción, en cambio, es siempre un conmover. También una emoción puede provocar una historia, un acto. Podemos, entonces, decir: nos encontramos dentro de una crisis de los sentimientos debido a una coyuntura de los afectos. ¿Me pregunta usted por qué grita la gente así en los escenarios [y teatros]? Porque actúan con afectos, y ya no con sentimientos. Los sentimientos son intersubjetivos. Los sentimientos fundan una colectividad, la constituyen. Lo que significa que son algo social. Los afectos pueden, por su parte, ser algo asocial, algo alienador, excluyente. (…) El capitalismo se ahorra los sentimientos. (…) Se necesita movilizar emociones para crear más necesidades. La emoción es un movimiento que me propulsa a ocuparme de él. Las emociones son inestables, la razón es estable. Puedo mantener mis convicciones, pero las emociones me agitan, y para generar ventas y necesidades el capitalismo necesita más que lo racional. (…) …porque sólo lo emocional puede llegar más lejos, más adentro.

Entonces ¿qué es la revolución, segunda mitad de aquel oxímoron? Groys, dice que “No es el proceso de construir una nueva sociedad —este es el objetivo del período post-revolucionario—, sino la destrucción radical de la sociedad existente”.

En 2015, Tucumán contaba con aproximadamente dieciséis proyectos expositivos, dos revistas, tres foros, jornadas o simposios y tres festivales. Todos ellos —los que pude contabilizar rápidamente y sin un estudio confiable— con especificidad u orientación a las artes visuales y de gestión autónoma. Hoy, ¿Qué queda del daño? Hacia fines de 2019, solo podemos encontrar al menos tres o cuatro proyectos de exhibición que se mantuvieron, con una merma significativa en sus actividades. Habiendo cerrado festivales, simposios, revistas y demás.

Aquella destrucción programada que implican las políticas neoliberales y que Macri anunció bajo la veladura tranquilizante de su carisma blanco se llevó a cabo por vías diplomáticas (o cuasi diplomáticas) y consistió en propiciar que toda organización que nucleaba agentes para un trabajo social o cultural conjunto se enfrentara al azar de las situaciones específicas. El macrismo buscó que esas organizaciones se pongan en contingencia y queden expuestas a la incertidumbre producida al hacer que ciertas prácticas, labores, conocimientos pierdan sus valores y fundamentos sustanciales. Situación inmediatamente sucedida por la crisis coyuntural mundial que impactó en todos los ámbitos de la vida, poniendo a prueba los sectores de economías menos sólidas, siendo como una especie de prolongación forzosa de la deriva proyectada.

Desde este punto, el mapeo de las artes visuales impulsado por el Ente de Cultura de la Provincia pareciera ser un operativo de rastrillaje en busca de supervivientes en un campo minado luego de un exterminio voraz: la llamada revolución de la alegría. Esos rastrillajes siempre guardan en común que se posterga la fecha de entrega de datos concretos y dan un mensaje esperanzador, porque siempre se intenta apaciguar en los ánimos lo que fatalmente se sabía desde un principio. 

En este caso, el Ente parece querer hacer tabula rasa y alegremente empezar de cero una relación con la comunidad artística local. Sin embargo, que la institución haga tal llamado da cuenta del profundo desconocimiento del sector para el cual —en teoría— viene trabajando desde su fundación, ya que abocarse a ese sector sería su objetivo primordial; por otro lado, el bajísimo número de agentes y colectivos inscritos a la convocatoria (140, según el último informe), evidencia un descreimiento ya histórico para con esa institución. 

Martín Guiot escribió en 2002 para una revista porteña sobre la escena tucumana de aquel entonces:

La situación de crisis actual, en donde se advierte una creciente y notable desazón, la sensación y la evidencia del descreimiento, o el triunfo del fracaso (como diría el poema), son solo algunos de los sentimientos populares generalizados hacia el poder político… (…) No contamos con los recursos necesarios ni el apoyo de instituciones, es más, prácticamente no tenemos ni siquiera la presencia de dichas instituciones, y es por eso probablemente que surgen lugares alternativos (a veces descartables), espacios destinados con fines artísticos manejados por nosotros mismos. 

Si bien en Tucumán es característica la conformación de proyectos colectivos que intentan albergar la superpoblación de artistas que arroja la Facultad de Artes a la vez que son negados por el Estado, en estos últimos meses, se viene gestando una forma de organización diferente: una asociación de trabajadores del arte, ya no con fines artísticos, formales ni estéticos, sino abocada a la organización como fin en sí mismo.

La incapacidad impune del Ente, su falta de articulación con la Facultad de Artes y las macropolíticas culturales siempre insuficientes empujan a que los proyectos de gestión autónoma que Tucumán ha dado durante todos estos años surjan asediados por la incertidumbre. Se fundan en la euforia de la emoción para luego —algunos— afirmarse y sostenerse en la colectividad por pocos años hasta su cierre definitivo. Surgen motorizados por la alegría de sentir que se tapa un hueco, desde una afección que busca dar respuesta a una necesidad, situación que se cree particular y circunstancial, propia, pero que se sostiene desde hace décadas, empujando a los artistas a una labor cíclica, “descartable”, en palabras de Guiot. 

TAViT —Trabajadorxs de las Artes Visuales Tucumán— aparece en una situación determinada, el actual contexto de pandemia, pero no para dar respuesta específicamente a ésta, sino que emerge de una condición contextual, transformando condición en capacidad. Surge de un sentimiento colectivo, internalizado por cada actor del campo por la apatía reincidente del Estado. Una especie de angelus novus que se pasma al voltear su rostro al pasado. Que, donde el Ente se esfuerza por leer una cadena de datos, él ve que se amontona ruina sobre ruina.

Las obras que acompañan el texto son de Juan Ojeda: “house of affection”, “the napping house (s/t)” I y II, “s/t (forgotten years)” y “espantapájaro en noche de gala”.

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