Penumbra

Penumbra, de Rosalba Mirabella,* forma parte de Uno por uno, nuestra colección de textos en primera persona curada por Javier Soria Vázquez en la que diversos artistas del medio dejan entrever un fragmento de su experiencia.

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Sueño

Suelo dormirme rápido como fulminada por un rayo y nada me acuerdo después. Una noche a fines de junio, sin embargo, sueño que estoy en una residencia para artistas en los alrededores del Castillo de Balmoral. El parque se extiende interminable, brillante y difuso; a lo lejos se alza una mansión de varios pisos, un poco insípida. No veo a nadie pero sé que hay otras personas, con quienes ocupamos una casa más pequeña. Adentro hay desorden y estoy atareada haciendo cosas, pero salgo a dar una vuelta y encuentro al Príncipe Carlos y Camilla Parker Bowles sentados en un banco como los de la Plaza Urquiza. Son amables y conversan conmigo. De repente estoy de vuelta en Tucumán hablando con otra gente; siento alivio mientras cuento que fueron piolas y algo sobre el corte de pelo de Camilla.  

En los días sucesivos recuerdo la época en que hacía videos sobre algunos desplazamientos míos, el primero fue la despedida de Gasworks con Mujer Rata, el Regreso; no sé por qué pero me volvía corriendo. La gente era alegre y veíamos películas hermosas, aunque hubo obras que no me dejaron mostrar, como Gente leyendo, que eran fotos de los libros que leían las personas en el subterráneo, tomadas sin permiso.

Con esta intención de documentar recorridos proyecté Caperucita va a la Feria, donde llegaba a las Sierras de Córdoba y me quedaba juntando flores; momento de pausa y descubrimiento que continuaba hasta el final de la historia. Varios años después seguí registrando el paso del tiempo en otros formatos, como El Diario del sol rojo, para el cual me fijé la consigna de dibujar durante tres meses esas situaciones en las que el mundo parece detenerse, cuando una suerte de elevación nos atraviesa en medio de la rutina. Un atardecer desde el trencito del parque, el paso de un colectivo en la noche cuyas luces me hacen ver una alucinación; una reunión improvisada tocando instrumentos en la casa de mi hermana, encuentros de objetos de belleza inesperada. Como pocas veces, tenía la ilusión de conseguir algo en particular, de entender más y pasar de nivel como en un juego. Pero después la vida siguió su curso y redobló sus retos como un látigo. El sentido siempre se escapa, pero cuando sueñe de nuevo y me acuerde, claro está, voy a anotarlo todo.  

Cenizas

Camino por la calle 25 de Mayo una tarde cuando siento que algo leve se desliza por mi cabeza y cae hacia adelante. Es la ceniza de la caña de azúcar. Como todos los años, la misma lluvia negra que se derrama sobre patios, plazas y veredas. Apenas empieza julio, lo que me sorprende porque asocio este fenómeno a la época de primavera o de fines de agosto. Más tarde salgo al balcón a barrer el piso y ahí están las cenizas, empiezo a armar unas formas; en eso pienso en carbonillas y cenizas, en Lola Mora y las cenizas.  Me veo de repente con mis compañeras de la escuela haciendo cola en el teatro Orestes Caviglia para ver una obra infantil. En un rincón sobre unos canteros de la entrada encontramos una placa que dice Aquí yacen las cenizas de Lola Mora (que después trasladaron, pero estuvieron un tiempo ahí). Al alcance de mi mano están los restos bajo tierra, esa proximidad es como el borde de un precipicio y me causa una fuerte impresión.

Creo haber prestado atención a sus obras muchos años después, cuando encontré la serie completa de retratos de gobernadores en el Museo Navarro. En 2011 elaboré una versión con recortes de papel; anónimos para siempre, pequeños, relucientes, como si pudiera quitarle a ella la escoria de los años. Como aquella vez, casi siempre discurro entre grupos de retratos, autorretratos, bustos, cabezas; como la Niña roja salida de una foto en el zoológico. Los nombres también son retratos, como Rosario, varias veces repetido en mi familia, para el que busqué sesenta y un sinónimos que fueron escritos en orden de aparición sobre cuentas de cerámica. Entre fantasmas y repeticiones, retratar significa dar un paso en la oscuridad y hacer revivir algo, pero también convertirlo en otra cosa.

Ahora entiendo que las imágenes o palabras en realidad no cuentan nada, lo importante es generar una sensación particular, ese tiempo en suspenso que trataba de capturar en el Diario rojo. Hay otros dibujos en mis cuadernos, pero lo que sigue se va a imponer casi contra mi voluntad, seguramente. Hasta tanto, cuando esté más cálido uno de estos días voy a salir a caminar, solo un rato, porque tanta luz enceguece y los detalles se pierden bajo el sol.

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*Nacida en San Miguel de Tucumán en 1975, es artista visual.

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