*

Por Javier Soria Vázquez**

Sábado séptimo

No encuentro 

una puta razón 

para escribir 

un poema.

Hago un lapso como el de Bayly cuando pensaba y ordenaba frases en televisión entrecruzando sus dedos y mirando fijo al entrevistado, y no sé por qué me viene a la mente ese capítulo de los Simpsons en que Marge es policía. No es que me viene el episodio entero. Ni siquiera en parte. Solo se me enciende un still de una escena de ese capítulo en que Marge es policía. 

http://www.tu-pc.com/fondos/fondo/3049P.JPG

Tengo la dispersión de Jesús en el monte de los olivos. 

Dicen que el tipo no comió, ni bebió ni pensó. 

Dicen que el día cuarenta, el tipo se encontró (yo digo que alucinó) con Lucifer sentado a su lado, hablándole, tentándolo a comer aceitunas e incitándolo a lanzarse desde la cúspide de un templo para no caer y así demostrar al mundo que era El Hijo. 

¿Quién no deseó volar alguna vez? 

El tipo desconfió (¿de Lucifer?, ¿de sí mismo?, ¿de su padre?), se negó a saltar y prefirió entregarse un par de días después, para morir luego de sangrar y eyectar agua por un costado.

Lucifer perdió una apuesta.

—El menú del día —ordena la chica de la otra mesa. 

Pienso en Marge, en la policía, en Jesús, en el monte, en los padres y en Lucifer. Miro a la chica del menú del día. Tiene un vestido muy ancho y largo, de color verde yuyo con varios bolsillos rojos. De uno asoma un celular dorado que la chica saca y enciende. 

Pienso 

en lo que piensa.

¿Sabrá que la miro

cuando, sumisa, 

se ausenta?

¿Estarán buenas

las bombas de papa?

Me pido una swcheppes (que nunca sé cómo se pronuncia y siempre me hacen repetir) y pregunto qué tal las bombas de papa. El chico dice que son buenas y suculentas. Descubro el ojal de un botón ausente en su camisa, el chico se da cuenta y se pellizca el agujero con el índice y el pulgar. Le digo que me traiga eso con zanahoria y huevo y el chico se va sin sacar los dedos de ahí.

La chica del vestido ancho se desinfla, golpea la mesa, la panera se le engancha a la pulsera y tira a la mierda las tostadas de un pan que vaya uno a saber de cuándo será. Pienso en Marge, en nuestra policía, en Jesús, en las aceitunas, en el padre, en Lucifer y en el chico que se pellizca el agujero mientras tacha en un anotador que posa en la barra, el pedido que acaba de salir.

La chica habla con alguien a través de estos auriculares con micrófono de las secretarias. Putea entre dientes, pide que le resuelvan las cosas y pisa una tostada que no levantó. Corre el mantel para mirar, desplaza las migas con el pie generando un dibujo que serpentea y se espiga, y vuelve a putear.

Mi mesa tiene un mantel con dos heriditas del tamaño del ojal de la camisa del chico. Es de color azul con un bordado gris muy débil y deshilachado en las orillas. Hay sobre la mesa un triángulo de aluminio que sostiene tres servilletas marchitas, un frasquito de sal cubierto de viscoso aceite y una semilla de limón pegada a un borde. 

Una semilla de limón

que se sujeta, aguerrida,

al azul de un mantel

por no ceder al abismo.

El abismo es solo una idea que construimos para desesperar con razón, para describir un sentimiento de incertidumbre. Es un espacio infinito y oscuro que invade, doblega y asusta. 

Aunque, ahora que recuerdo, leí alguna vez sobre el abismo como un no espacio donde la caída no sería caída porque los puntos de referencia no existen. Caer sería lo mismo que permanecer suspendido. Por lo tanto, el abismo sería un no espacio infinito extremadamente aburrido en el que el temor al golpe final, en algún momento, desaparecería. 

Viene otro chico con mis bombas y una mixta que no pedí. Resto importancia a la confusión, salo el tomate y mezclo con lo demás. Mi vecina se lleva a la boca el ñoqui más grande y humeante del mundo, embadurnado en salsa. ¿Tendría que haber pedido el menú del día? Los dilemas me persiguen y deberían predisponerme para escribir poemas. 

Últimamente tengo la idea de hacer todo mal. Estimular, estimar y considerar el error como filosofía de vida. Aplicarlo para negarlo. 

Basándome en la idea de que la mala pintura sigue siendo pintura, voy a pintar con dedicación sabiendo que el resultado se alejará considerablemente de lo que se piensa bueno.  Voy a hacer lo mejor que pueda sabiendo que está mal, que dios no aprobará la técnica ni los materiales, ni el concepto ni el contexto. Voy a trabajar en eso para darle a dios un argumento fácil para destruirme y pisotear.

La chica del dibujo de migas en el piso me habla cuando, con el filo de un lápiz, amenazo con provocar marcas sobre una de las tres servilletas.

Me hago el boludo.

Ignoro.

Y cuando intento articular algo sobre esto de aliarme al error, la chica estira y mueve una mano para captar mi atención.

—¿Tenés un cargador? —dice señalando su celular.

—No —respondo y espero otra pregunta.

La chica gira y llama al chico del botón que falta.

Pretendo volver y escribir en la servilleta y solo me sale un óvalo que marco y remarco con insistencia. La servilleta cede y se rasga y signo en el mantel una curva de grafito delgada y negra.

Otra vez se escapó lo que hubiese querido porque estoy tan disperso como el vencedor de Lucifer. Pero sé que cuando llegue a casa voy a ponerme a pintar.

¡Un salvavidas 

para éste tipo que salta 

desde una cúspide!

.

*Dibujo del autor realizado a partir de una obra de Lucrecia Lionti.

**Nacido en Cafayate, Salta. Es artista visual y escritor.

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