monstruo

Segundo texto de Notas huérfanas, serie en la que diversos lectores de Pretérito perfecto, la novela de Hugo Foguet, dan testimonio de su lectura.

Por Uzumaki*

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Pertenezco a un grupo de seis personas que durante 2019 se reunió en torno a un libro. Puesto que el texto incluía tantas referencias a referentes ya perdidos, juntarse a buscar respuestas no parecía mala idea. Incluso, pensamos, ya que nos tomábamos el trabajo de seguir esos rastros, podíamos aventurar una edición anotada de la novela en cuestión. Fue demasiado para nuestras voluntades más bien enclenques; además, con cada encuentro, con cada capítulo del libro, nuestras fuerzas menguaban, como vampirizadas por el autor, así espectralmente redivivo. En las últimas reuniones quedamos en que achicaríamos la tarea al mínimo: cada uno escribiría una única nota, testimonio de su experiencia. Hace algunas semanas, el coordinador del grupo nos mandó a todos el link al prólogo de la serie, una manera de meternos presión; la semana pasada, insistente, nos envió el de la nota de Claudia Pantoja. Confieso que yo no había terminado de leer el libro aún. Lo hice recién ayer. A veces sucede que, al salir de una muestra de arte o de ver una película o al concluir un libro, lo que nos convoca es el silencio, en ocasiones a causa del aturdimiento sufrido durante la exposición a la obra. Este es el caso: querría callar. Pero, a la vez, no quisiera incumplir. Tal vez mi experiencia quede bien resumida en lo siguiente.

Aburridos de juntarnos en la sede de la institución que nos nucleaba, con los integrantes del grupo de lectura de cierta novela emblemática de la literatura tucumana comenzamos a reunirnos en un bar tradicional, donde, en medio del bullicio, bebíamos y comíamos y hablábamos a los gritos. Ese día éramos tres: H, O y yo. O necesitaba que le señaláramos virtudes de la novela, pues ya estaba casi decidida a dejarla y, después de tanto esfuerzo, lamentaba hacerlo. H apuntó que, cada 20 o 30 páginas aproximadamente, aparecía un párrafo que era un alivio. Se trataba de los pocos momentos en que el autor —para el que quizá narrar simplemente era una servidumbre en la que, como aristócrata del arte de la época, se negaba a caer— narraba, en efecto, de la manera más simple. La mayor parte del tiempo las historias, una detrás de otra, todas cargadas de posibilidades, sólo eran mencionadas al pasar: nada le interesaba a la voz narradora más que oírse a sí misma antologar autores e ideas en un nebuloso viaje por su propia erudición. No era que aquella danza del Narciso careciera de atractivo; era que en los fragmentos meramente narrativos el lector se volvía consciente de lo que se le había negado: sentía alivio, pero también cierto ardor. Los tres estábamos de acuerdo. Y todo el asunto me recordó un chiste infantil al que desde entonces quedó ligada la novela que leíamos.

(La novela, el chiste, ese día en el bar tradicional y Frankenstein forman ahora, en mi mente, un clúster, por decir así: cuando, por el motivo que sea, pienso en alguno de ellos, los demás acuden de inmediato).

En la infancia, escuché el chiste decenas de veces y siempre reí de buena gana, aunque la risa no estuviera motivada por su gracia, por otro lado dudosa. Creo que soltar la carcajada formaba parte de un ritual de pertenencia, algo que me marcaba como un iniciado, no sólo en las claves del humor sino también en la relación de éste con el sexo, el gran misterio. Pero yo ni siquiera sabía quién era Frankenstein la primera vez que lo oí ni conocía, ay, la masturbación.

“La masturbación de Frankenstein”, tal el potencial título del chiste. Nadie usaba la palabra masturbación, a decir verdad. Y esa era una de las claves humorísticas: la palabra empleada, causa de reprimendas tanto en el ámbito familiar como en el escolar, detonaba las risotadas al instante. Frankenstein, sabía, era alguna clase de monstruo; quedaba claro por lo que hacía, pero también por el hecho de que vivía en una casa denominada “la casa de los monstruos”, con cuyo surgimiento en el negro de la imaginación del oyente comenzaba el chiste.   

Debo decir que nunca hasta esa noche en el bar tradicional yo había contado el chiste. No confiaba en mi capacidad, pues muy pocas veces a lo largo de mi vida incurrí en el género, pero igual me aventuré, ya que había mencionado esa súbita relación en mi interior. Caía el ocaso —dije, repitiendo la fórmula utilizada por el narrador oral de mi infancia, que era otro niño, quizá un poco más grande que yo, sin rasgos definidos, anónimo, pero que hablaba, al menos al principio, con la cadencia de Vincent Price en Thriller—, caía el ocaso y en la casa de los monstruos se escuchaba un ruido atronador y repetitivo que no dejaba descansar a nadie.

Los monstruos, se sabe, tienen el horario cambiado. Salen de noche, pero no por capricho: es que la oscuridad favorece sus propósitos. No obstante, los domingos descansan, como cualquiera, y ese día era domingo. Así, todos se hallaban desparramados en distintos espacios del salón principal, tratando de relajarse, unos leyendo en cómodos sillones, otros escuchando música tirados en la alfombra. Todos menos Drácula, para quien la noche era naturalmente su momento de mayor actividad. Como acababa de anochecer, Drácula se encontraba desayunando, aún presa de esa sensación de entumecimiento, de llevar en cada articulación una telaraña, que se tiene cuando uno está recién salido del ataúd. Ya que, de cualquier modo, para cumplir con sus tareas de siempre, debía ponerse en movimiento, decidió hacer él el esfuerzo de ir a ver qué pasaba y se lo comunicó al resto con un movimiento de la mano.

De pantuflas y bata de terciopelo rojo, café en mano, encaró la abertura que conducía al sótano, de donde provenía el ruido, en realidad una combinación de varios estallidos, con una ligera variación cada tanto: dos pesados objetos de metal, tras chocar, la mayoría de las veces, contra una suerte de tendón de dinosaurio, golpeaban entre sí, luego de lo cual, lo que parecía ser la garganta del diablo se tragaba un grito de suplicio o, muy salteado, dejaba escapar un grave gemido de alivio. Bajó las escaleras y contempló la puerta casi a punto de sentir lástima por la criatura laboriosamente atormentada del otro lado. No juzgó necesario golpear antes de entrar; de modo que debió albergar en su pecho un sentimiento similar al que ataca a la madre de un adolescente cuando encuentra a su hijo en quehaceres privados.

El sobresalto de Frankenstein fue simultáneo. No esperaba visitas. Pero apenas interrumpió la actividad. Tenía el pudor asordinado. Drácula se apiadó de la bestia desparejada: era, en el fondo, un niño, y permanecería solitario por siempre, ¿qué más podía hacer? Se acercó a su compañero y, fingiendo no ver la porción de sí que éste dejaba a la vista, sobre el yunque, le preguntó qué hacía.

Es evidente, respondió Frankenstein. Drácula aceptó que eso era relativamente cierto, pero objetó la técnica, que le resultaba desconcertante. Frankenstein, a modo de respuesta, amagó dar un ejemplo. No, no, dijo Drácula, que se apresuró a detenerlo: sí entendía cómo lo hacía, dijo, no era necesario que lo repitiera en su presencia; el motivo de su indagación era otro. ¿Tanto gozo le daba el dolor, su propio dolor?, preguntó. La respuesta de Frankenstein no se hizo esperar: no, en absoluto; el placer surgía cuando fallaba el golpe.

Al terminar el chiste, esa noche en el bar tradicional, ni O ni H rieron. O forzó una sonrisa y asintió. H dijo: claro, claro. Y pedimos otra cerveza. 

*Nació en San Miguel de Tucumán, ciudad en la que todavía vive. Es testigo de hechos artísticos y sucesos en general.

**El dibujo que acompaña la nota fue hecho por Luciano Mónaco (birome negra sobre hoja de cuaderno) a pedido del autor.

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