pantano

Primer texto de Notas huérfanas, serie en la que diferentes lectores de Pretérito perfecto, la mítica novela de Hugo Foguet, dan cuenta de su experiencia. Las imágenes que acompañan la nota (“Pacto”, “Teoría física del arcoíris” y “Ascensión”) pertenecen a Arcoíris nocturno (acrílico y acuarela sobre tela, 2012), de Sandro Pereira.

Por Claudia Pantoja*

“La Negra responde que ahora se explica por qué la historia le pareció siempre una charca, un vaciadero de basura, un pantano de mierda revuelta donde lo único sensato que se puede hacer es quedarse quieto y pedir que no hagan olas. (…) el pantano en movimiento es ilusorio y nada cambia, salvo las ranas que son extrañamente parecidas”.

En las visitas veraniegas gusto de merodear por la biblioteca de mis padres y agarrar algún libro que probablemente nunca termine por falta de tiempo o real interés. Me doy esa desprolija y poco neurótica licencia que me permite salir de la comodidad de mi propia biblioteca y explorar cosas nuevas. Algunos libros de mi biblioteca alguna vez fueron de esa otra biblioteca; creo que esa es su magia, que son ellas mismas un palimpsesto de nuestras vidas y las personas que pasaron por ellas. El hallazgo de la primera edición de Pretérito perfecto y el patio con aljibe de Clara Matilde prometía ser el hito de las vacaciones en los valles. Cuando une emigra se vuelve más melancólique, comienza a añorar cosas que antes detestaba o a apreciar cosas a las que antes no les prestaba atención. Es así como un sánguche de milanesa con Mirinda Manzana es ahora más sabroso en mi mente que cualquier comida de restaurante gourmet de Buenos Aires. Confieso que un poco ese fue el impulso emocional con el que agarré Pretérito perfecto: “vamos a leer el mítico libro de eso que llaman literatura tucumana del siglo XX y que no conocen más que tres trasnochados y dos folkloristas”.

No estudié Letras, ni estoy cerca del mundillo literario, pero he percibido algo de la mística que rodea a PP a través de amigues y familiares. Es definitivamente un libro que tiene mucha tela para cortar, tanto es así que pensé con malsana envidia cuán fácil era escribir un artículo académico literario sobre PP, así sin contrastar con muchas fuentes, porque ya con el título y su vínculo con la lengua hablada en Tucumán tenemos un par de páginas y con la “idea de la historia” escribimos unas cuantas más, sólo por nombrar lo más evidente. Foguet nos hace pisar el palito (o comer los gaznates) con los guiños a Proust y a Joyce, con el discurrir filosófico constante (las cosmogonías de las que habla Gustav) y las comparaciones con obras de arte canónicas, como La balsa de la Medusa de Gericault, que nos despiertan preguntas constantemente. Un vivo bárbaro, Hugo, sabía perfectamente que íbamos a escribir sobre él y su libro, con más o menos reverencia. Creo que fue una estrategia para producir una visión particular de la tucumanidad y con ella meterse él mismo en la historia con mayúsculas. Tan autoconsciente es Foguet de lo que quiere hacer con esta obra que deja constancia de sus pedantes intenciones: “una novela total, grotescamente pretenciosa, un mundo reflejado en una bola de cristal” (p. 131).

Pero ¿qué es la tucumanidad? ¿Son las recetas de guascha locro, de gaznate, los antepasados con cargos políticos, las casas chorizo, los cañaverales y sus trabajadores, los naranjos, los ingenios y sus señores, su abundante flora, las villas miseria al lado del río Salí, sus artistas e intelectuales? Creo que no hay respuesta posible por fuera de la historia, que cada generación toma distintos elementos y hace con ellos la humita que más le gusta. PP es la historia de la generación de Foguet/Fourcade conociendo, reinterpretando y, por momentos, resistiendo una tucumanidad elaborada por sus antepasados de importantes apellidos. La Negra Fortabat, citando a alguien más, sostiene que se puede “fabricar una historia a la fuerza, plantando en cada esquina monumentos innumerables de héroes nacionales, celebrando cada semana otro aniversario, pronunciando discursos (…) y convenciéndose a sí mismo de su gran pasado” (p. 177). Estas palabras describen sin duda el trabajo de les intelectuales de principios del siglo XX. Ese Tucumán del centenario es el de Clara Matilde, ella es la depositaria de la memoria encendida a fuerza de gaznates y objetos que la rodean. En sus relatos aparecen hechos y personas reales, como Vera y las leyes de 1923, la visita del caprichoso músico Camilo Saint-Säens, el Congreso Americano de Ciencias Sociales de 1916 y otros más incomprobables pero no por ello menos probables. Muchas de las ideas sobre Tucumán, canonizadas por la generación del centenario, entre ellas la de Tucumán como el “jardín de la república” y como “cuna de la independencia”, fueron deconstruidas y resignificadas a lo largo del siglo XX por diferentes actores y con distintos objetivos. Mientras que el ingenio popular y las artes se cargaron al edén de Joseph Andrews rebautizando a la provincia como el “basural de la república”, el operativo independencia y su jefe militar, Antonio Domingo Bussi, buscaron cerrar el círculo de la vida con la muerte añadiéndole a la cuna de la independencia la cruel fantasía de ser también el “sepulcro de la subversión”.

Creo que uno de los puntos más interesantes del libro es el haberle dado voz a un grupo de jóvenes intelectuales de clase alta que son la bisagra entre el Tucumán del centenario y el Tucumán del Tucumanazo. Si bien son hijos del Colegio Sagrado Corazón, libran sus batallas en el seno de esa genealogía patricia que es alimento pero que también es asfixia. Ellos se preguntan genuinamente si el patriarca Carlos Sorensen fue un valiente pionero europeo o un simple negrero que vino de Haití a hacer dinero. Y es justamente en este cuestionamiento donde, creo, reside la riqueza de PP. Les amigues de Foguet/Fourcade son espectadores más o menos críticos de la realidad e inclusive son protagonistas de los hechos que la subvierten. Hay una mirada indulgente sobre el nuevo sujeto de la historia que es colectivo, como son les estudiantes y les trabajadores, en abierta oposición al sujeto con nombre y (doble) apellido, protagonista de las historias de Clara Matilde.

En un principio pensé en llevarme PP a mi casa de Buenos Aires, pero abandoné la idea a lo largo de las tortuosas últimas cien páginas del libro. El tedio también me hizo desistir de la escritura de un “diario de lectura”, estaba enojada con Foguet por haber sido tan pedante como exitoso en su empresa. Varios meses después y con la distancia necesaria retomé mis notas para este texto. No hay conclusión, pues las voces en la novela y en mi cabeza no parecen nunca estar de acuerdo, pero quizás hay algo más en Tucumán que un pantano de mierda. La entiendo mucho a la Negra Fortabat, esa exacta sensación es la que me hizo irme, huir, pero también es la misma mierda que me atrae sin remedio y me hace pensar una y otra vez de dónde vengo y quién soy. Quizás a les de la capital no les sucede tan a menudo como a nosotres, que somos capital, pero de otras cosas.

*Claudia Pantoja nació en Tucumán en 1985, estudió Historia e Historia del Arte, es archivista y escribe sobre cultura visual.

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