día de elecciones

Carta pesada (2018), Jimena Croceri.

Por Gaspar Núñez

Son las 21.30 de un domingo; estoy encerrado en un departamento en CABA.

Hace varios días, me llegaban por whatsapp dos invitaciones muy diferentes: un spam familiar a “protestar para que los políticos se bajen el sueldo”; la otra, inesperada, a comentar brevemente la obra Día de elecciones en el Norte (1940), de Alfredo Gramajo Gutiérrez.

Con el sueño cambiado y acostándome a cualquier hora, demoro en contestar.

Desde el día de las invitaciones hasta hoy cambiaron algunas cosas. Ya no se escuchan cacerolas ni aplausos ni gritos ni quejidos de ningún tipo. Tengo un vago recuerdo: hace pocas semanas, mis vecinos golpeaban sus ollas y sartenes empujando desde adentro la red plástica que cierra sus departamentos al paso de las palomas.

Si hoy no está permitido ocupar la calle y menos aún se permiten las concentraciones, ¿en qué consistía esa manifestación? ¿Es este trasladarse de la cama al living un “cacerolazo”, como los medios lo llamaban? Por otro lado, ¿es comparable este cambio social a una modificación biológica del cuerpo humano?

En sí, se podría pensar que esta manifestación, a vistas de que recurre estratégicamente a demandar un menor grado de compromiso físico y temporal de los implicados, sería un punto democratizador, pues, al permitir que los individuos en desigualdad de condiciones expongan su voz con mayor facilidad, se sostendría la protesta deseada por el tiempo necesario hasta que se satisfagan las exigencias.

Pero el cacerolazo de sofá no alcanzó la semana de duración. Y es que es el cuerpo quien habla de un modo silente e incesante, mientras la palabra esconde. 

Como ejercida por almas en pena o fantasmagorías quejumbrosas sin un cuerpo del que disponer para manifestar su aflicción, en esos balcones la democracia pasa por reenviar cadenas por las redes o insertar un sobre impersonal cada 48 meses. El actual silencio mortuorio de las 21.30, vaciado por la ausencia de cacerolas, se llena de una contra-afirmación. Porque esas cacerolas estaban ahí, en esos balcones, no movidas por el real deseo, sino por la obstinación en defender un lugar, sus lugares parciales y particulares, la misma clase de empecinamiento histérico que los lleva a colocar una red que mantenga afuera las palomas. Ese grupo reducido de manifestantes de entrecasa alzan su voz con el control remoto en mano, sin miras al resto del cuerpo social.

En Tucumán la situación es bien diferente: los transeúntes detenidos en la calle por incumplimiento de la cuarentena en las últimas semanas superan los cinco mil, el mayor número en el país por lejos. Ahí, la queja sí tiene cuerpo y algo de esto hay en la pieza de Gramajo Gutiérrez.

La manifestación festiva que ocupa las calles en el Tucumán del 2020 está emparentada con la que retrata las elecciones de 1940, donde las damajuanas se descorchan a pie de urna y la guitarra y las empanadas se despliegan como en cualquier peña. El cuadro está abarrotado de personajes que parecen ocupar un espacio marcado por el principio o fin de una galería sugerida por dos postes. El conjunto de cuerpos se ubica hacia el bajo techo o hacia fuera de esa galería, pero –de cualquier forma– estableciendo distancia del punto de vista de quien mira la escena: el pintor. 

Gramajo Gutiérrez decía sobre sí: “yo no pinto, documento”. Y, como los viejos fotógrafos documentalistas, construye una imagen en la que, en el recorte de personajes, ninguno mira directamente a quien lo retrata (a pesar de él tener un punto de vista privilegiado e ineludible), dejando subyacente la idea de un ojo tácito: quien mira no ocupa un espacio –puesto que no tiene un cuerpo–, al menos ante la mirada de los presentes. 

La ley Sáenz Peña, que a principios del siglo XX implementa en Argentina el voto universal (masculino), obligatorio, secreto e individual, habilita a que el cuarto oscuro –ese no-lugar de puesta en práctica de la voz sin miradas–, devenga en el “cacerolazo de balcón”, que proyecta voces sin cuerpos concretos o –más bien– de cuerpos tácitos ante el otro. 

Pero la pintura en cuestión corresponde justamente a la Década Infame, periodo de paréntesis del voto secreto en que se da un retorno al voto cantado. Las fotografías que vemos de aquella época son antagónicas al retrato de Gramajo Gutiérrez: fiscales y notarios esperan al votante tras una mesa, un oficial supervisa la situación fusil en mano. En “Día de elecciones…”, la ausencia de fusil, la curvatura, cadencia y proximidad entre los cuerpos, la presencia de damajuanas, guitarras y demás transforman a los fiscales y notarios en jugadores de una partida de póker a la que varios espectadores se asoman, y lavan la severidad y el dramatismo de una votación a punta de pistola.

Gramajo Gutiérrez nos viene a decir que la proximidad de los cuerpos, en Tucumán, es histórica. Pero la escritura de la historia se debe hacer mientras a la par se realiza una lectura del cuerpo, porque ésta es producto de la relación del cuerpo con la palabra. Si no, se escribe como se generan de forma automática los correos de spam o se expide como nos llegan mensualmente las boletas del cable.

Negar el cuerpo resulta una imposición ideológica; sobre todo, es la pretensión de instalar un discurso en un no-lugar (sin fundamento y sin cuerpos), en un lugar imaginario o simplemente donde no es pertinente, a la vez que pretende prohibir el habla del cuerpo, que inevitablemente somatiza al rebalsar en las calles. 

Día de elecciones en el Norte (1940), Alfredo Gramajo Gutiérrez. Obra perteneciente a la colección del Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires.

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