vástago

Por Javier Soria Vázquez

Sobre A cuenta gotas, de Sofía Casadey.

Resulta que, cuando descubrís la obra ubicada en un espacio corrido del centro, en lo primero que pensás es en Sofía Noble.

Pero resulta también que, a medida que te acercás, la referencia a Noble se disipa, porque la mirada que apuntaba al bloque prismático de tierra prensada se concentra en una superficie. Y en eso descubrís la inmensidad de un llano. Y en la inmensidad, un brote ínfimo.

Y cuando creés que es todo, irrumpen centellas que terminan siendo restos expulsados por el impacto de una gota que cae sobre un punto en otro extremo.

Y cae otra gota.

Y otra.

Y esa precipitación lineal asume un ritmo.

Y el brote sigue allá, en el otro extremo, y te preguntás si esas incesantes gotas que se desploman llegarán un día a alimentar el brote o, por tanta insistencia, terminarán por horadar sobre el bloque provocando el derrumbe.

Un gesto tan pequeño es para tanto.

Pensás en el lugar sobre el que estás parado. En ese metro cuadrado que es un universo porque el universo sos vos y, por eso mismo, no podés correrte del centro. Y si lo hacés, el centro se mueve para situarse bajo tus pies.

Y escuchás que gotea y no sabés dónde.

Y tenés esta sed que necesitás aplacar. Entonces aguzás el oído para ubicar el impacto y estirás los brazos, sin éxito. Y ahí te das cuenta de que nunca vas a templar la sed porque aquello que cae no es agua: es el sonido del segundero de un reloj.

(Publicado originariamente el 2 de diciembre de 2019 en: https://medium.com/@lasgargolaszine/v%C3%A1stago-c3a98a3cc0e).

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