ut poesis pictura

Por Javier Soria Vázquez

Sobre Limón, de Alfredo Dufour, en Constitución Galería (La Boca, Buenos Aires).

Alfredo agarra un taco y se posiciona para golpear la blanca. Hay una lámpara de tubo fluorescente, de esas que se encuentran suspendidas sobre las mesas de pool, que le recorta el cuerpo y lo aplana y que recorta y aplana, sobre el verde, cuatro bolas rayadas contra siete lisas. 

Observo sus gestos al calcular el tiro acercando y alejando el extremo del taco, desplazando el palo entre el mayor y el índice y haciendo foco para calcular el impacto sobre un punto que arroje la amarilla lisa hacia el fondo de un abismo.

Observo desde cierta distancia lo que la lámpara secciona y todo es su poesía en loop.

Ya he visto esta imagen, y tal vez con exactitud.

Entonces pienso que eso que la luz recorta (lo cual incluye a Alfredo) es lo que Alfredo hace cuando hace arte.

Cuando miro sus obras considero que las cosas (particularmente las relaciones entre esas cosas) solo existen en su cabeza. 

Son todas las cosas que ve, las cosas que procesa y transforma en objetos brillantes e impolutos.

Es la forma en que decide que un objeto debe ocupar el lugar de otro como si de un error se tratara. Es su accionar deliberado sobre el orden del mundo lo que desconcierta. Y el desconcierto me impone siempre otro trayecto.

Un grito rebota contra las paredes en sombra mientras la amarilla rueda desquiciada para chocar contra el filo de otra esquina, detenerse y girar sobre su eje justo en un borde. 

Alfredo salta, protesta y ríe. Pide un encendedor a M y sale a la vereda.

Su silueta se recorta ahí lejos. La mano izquierda aproxima un cigarrillo a su boca, inhala y aviva una brasa, para exhalar humo denso que ondula y se fuga. Analiza el núcleo de una luz que titila, y otra vez la mano aproxima un cigarrillo a su boca, inhala y aviva una brasa, para exhalar humo denso que ondula y se fuga. 

Y otra vez creo recordar la misma imagen y pienso en sus obras como la obstinación de un deja vu. Como una canción que dice alguna cosa para insistir en estribillos. Como una poesía que repite dos versos cada ocho. Pero esos versos que repite ya no significan lo mismo porque otras cosas han sucedido.

Sus dibujos, sus esculturas, sus videos, sus pinturas, sus instalaciones son objetos y fragmentos de objetos rescatados y abducidos a un mundo 2D. Un mundo que Alfredo habita. Su forma de vida pareciera responder a una pulsión eterna que traduce un billón de pensamientos, en acciones que transcurren en un plano cartesiano entre líneas mínimas y colores fulgentes. 

Alfredo regresa, toma un sorbo de cerveza y abraza a M con la furia de un oso. 

Un oso en 2D

Las canciones de Bowie,

desbordan y se rompen

sobre el piso de parquet,

lanzando palabras

como esquirlas que lo atraviesan.

Alfredo cae y muere.

Y algunas veces 

la muerte dura minutos.

Otras, días.

.

Y cuando vuelve

se incorpora como Lázaro 

que en su tiempo de muerte

ha abierto más los ojos

para evitar perder detalles

de todo lo que existe más allá,

para relatarlos aquí.

.

Siempre es igual. 

Todas sus vidas son

un proceso de constitución

después de otro.

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