necrofilia

Apuntes tardíos y un poco inoportunos sobre Despedida, muestra de Sol Rodríguez Díaz en Espacio Espora Arte Contemporáneo, Tucumán, Argentina. Noviembre de 2012.

Por Gaspar Núñez

En el principio de los tiempos el ser humano era esférico, tenía dos cabezas, cuatro piernas y cuatro brazos. Pero era tal su independencia, autosuficiencia y soberbia, que los dioses se asustaron de tanto Poder y partieron aquel cuerpo en dos partes; desde entonces se levantan sobre dos piernas buscando la completitud, su otra mitad. Muchísimo tiempo atrás, en cierto debate, se dijo que esto era el amor.

*

Hace algunos días estaba jugando con amigos. Se me había asignado una palabra: hueso, a la que debía poner en relación con alguna otra. Pensé en profanar pero mi boca pronunció necrofilia. Todavía sigo recapacitando aquel acto fallido, y a cada intento reincide el recuerdo de una performance que Sol Rodríguez Díaz hizo en 2012: manteniéndose abrazada a un pilar de hielo durante un tiempo sostenido, hasta quemarse la piel. Se tituló Despedida.

Raudamente voy concatenando ideas a partir de mi acto fallido. Pienso que revisitar esa performance de 2012 es, en sí mismo, un gesto de profanación, un revolver las piltrafas de su obra; una exhumación de los restos inevitablemente incompletos. Y, a la vez, tengo la impresión de que esta pieza de hielo y abrazo de Sol RD habla de la necrofilia, o bien que la necrofilia habla de ella.

Y es que creo que el bloque de hielo al que se aferra es ella misma o, al menos, una fracción de ella. Como un cuerpo divergente que se parte en dos por su propia fuerza y conservan, ambas partes, la vida. Es un ser que está en dos lugares, por lo que se convierte en otros seres, como sinécdoques desiguales de un mismo referente. Ahora son mitades recíprocamente ajenas una de otra, divorciadas, auto-exiliadas de sí. Es El beso de Brancusi que se parte al medio. El doppelgänger se desdobla. La ajenidad y la extrañeza implican la no pertenencia; el abandono de aquello como familiar y propio. Ese ente que se vuelve forastero de sí comienza a percibirse como una posible amenaza, como la muerte en potencia que le acecha a uno y esa muerte lleva algo de uno mismo, pues cada uno de esos dos nuevos seres conservan un grado de alteridad. Lo que en biología y medicina se conoce como enfermedad autoinmune, cuando el sistema inmunitario ataca las células sanas de su mismo cuerpo.

Jean-Luc Nancy dice sobre el trasplante: “Si mi propio corazón me abandonaba, ¿hasta dónde era ‘el mío’, y ‘mi propio’ órgano? ¿Era siquiera un órgano? Desde hacía algunos años experimentaba cierto palpitar, quiebres en el ritmo (…). Se me volvía ajeno, hacía intrusión por defección: casi por rechazo, si no por deyección. Tenía ese corazón en la boca, como un alimento inconveniente. Algo así como una náusea, pero disimulada. (…) Mi corazón se convertía en mi extranjero: justamente extranjero porque estaba adentro. Si la ajenidad venía de afuera, era porque antes había aparecido adentro. (…) Un corazón que sólo late a medias es sólo a medias mi corazón. Yo no estaba más en mí. (…) ‘Yo’ soy porque estoy enfermo (…). Pero el que está jodido es ese otro: mi corazón. A ese corazón, ahora intruso, es preciso extruirlo”.

Entiendo que la performance de Sol es de algún modo comparable a esos perros que se inclinan para ingerir su propio vómito; un intento por reunir aquellas dos mitades que se han segregado mutuamente y ya no se pertenecen. Es un roce, un coqueteo con la muerte. Es dar un beso a labios pútridos. Es la urticaria del erotismo malsano. Es una demostración trunca de amor.

San Francisco de Asís besa la mano de un leproso y lo baña; con esa acción lo cura, y lo inorgánico se hace orgánico. Pienso aquel acto como análogo a la acción de Sol, en que parece querer “curar” al monolito, aunque no logra aplacar la ruina, pues ella misma se contagia. Se neutralizan, ambos se desbastan la piel. De un lado, se ve la dádiva y, enfrente, el bloque blindado de hielo: la reticencia.

Aceptamos ser los espectadores crueles de un comercio ennegrecido, corrupto, lesivo. Fascinados por la belleza que hay en la serenidad e indiferencia con que actúa la destrucción.

Ese abrazo es el anhelo desmesurado de fundirse con un otro inaccesible. Un placer-doloroso que conduce hacia la muerte. Creo que Despedida es un duelo, en alusión al amor y la muerte: la necrofilia. Son Eros y Tánatos discutiendo, como el revoltijo de líquidos insolubles de Andrés Serrano en Semen y sangre (1990). Son incompatibles, inconvenientes.

El télos según Aristóteles es el fin, no como punto cúlmine de la existencia del ser, sino de su propósito u objetivo. La culminación de su desarrollo, el momento último de maduración, cuando se consuma la mayor cantidad posible de capacidades, justo antes de la decadencia. En la gente, esa completitud sería el alcance de la felicidad. Por lo que el amor, la reunión de las dos mitades, la conformación de un ser acabado a partir de dos disminuidos sería un apogeo o cima, el punto de mayor intensidad del ser. Y a esa completitud le sucede –inevitable y nuevamente– la vivisección.

Rebasar la muerte es una negociación, es iniciar la sobrevida que –desde un punto de vista riguroso– no sería una necesidad. Más bien una situación contingente. Entonces, ¿para qué o por qué sobrevivir? ¿Por qué a la perduración en el tiempo la consideramos un bien? ¿Por qué la vida representa una virtud? ¿Para qué aceptar ser testigos, o mejor, protagonistas de la decadencia y degeneración? Y, si entendemos que en esa negociación hay una división de bienes –la propia vida–, y que al sobrevivir elegimos estar minusválidos desde entonces, ¿por qué nos aferramos al bloque de hielo? ¿Por qué aceptamos contagiarnos de la ausencia?

Pienso que el suicidio siempre oscila entre ser un acto o muy admirable por lo atrevido y desvergonzado o muy patético, por lo atrevido y desvergonzado. Y si es ineficaz es doblemente patético, por lo que el valor del suicidio está en la eficacia del acto desvergonzado. A modo de comentario a esta pieza de Sol, traigo un fragmento de un texto de Gabriel Chaile: “el desnudo se define en la vergüenza. Porque en definitiva, la desnudez es un estado en que lo íntimo queda expuesto de modo bestial, sin defensas, y desde el cual la vulnerabilidad se hace presente”.

(Publicado originariamente el 22 de febrero de 2020 en: https://medium.com/@lasgargolaszine/necrofilia-7f973ef0bc60).

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