luminosos

Por Ana Saade*

Sobre Todo lo que no encontré es un espacio vacío, exposición de Renata Figueroa que se lleva a cabo en el espacio Usurpa (Tucumán).

Pareciera que una llave abrirá la cerradura por la cual entrarás a tu casa en madrugada. El silencio es tan oscuro como el ambiente, y vos no querés despertar a nadie. Mejor no prender luces. En la madrugada los únicos objetos que iluminan son los eléctricos que, hasta sin usar, emiten una pequeña luz, un titilar o un ruido constante; no sabés cuánto te perturba hasta que el sonido cesa por unos segundos para descansar (tomar impulso) y retomar.

Una lámina plegada detalla o hace del detalle el lugar del todo. El espacio de por sí se encuentra erosionado. Dentro de este mismo ambiente, imágenes sobre lo ajado: son capturas de un ambiente que chorrea dentro de otro mayor. Parecen quietas mientras a la vez se transforman: el ejercicio pareciera ser poner una lupa en un paisaje inmenso y encontrar ese revoque roto, telas blancas que tomaron un nuevo color, algo quebrado en el sentido del espacio y en el sentido del propio cuerpo.

El lenguaje y la materia de la cual se constituye la obra cobran complejidad a medida que vas recorriendo las habitaciones de la casa. La oscuridad es protagonista y se comprende por rastros luminosos que emanan desde ciertos puntos de ese vacío. Como si fuera un entrenamiento, la visión nocturna se agiliza. Las diferentes capturas funcionan similares a una linterna mágica que emite una imagen de un espacio estando en otro, unificándolos: el proyectado y el tangible realizan una simbiosis perfecta. Así es como una habitación a oscuras propaga una pequeña luz como un recurso de la fantasmagoría; me recuerda a un pasaje de Proust: “A mi familia se le había ocurrido, para distraerme aquellas noches que me veían con aspecto más tristón, regalarme una linterna mágica; y mientras llegaba la hora de cenar la instalábamos en la lámpara de mi cuarto; y la linterna, al modo de los primitivos arquitectos y maestros vidrieros de la época gótica, sustituía la opacidad de las paredes por irisaciones impalpables, por sobrenaturales apariciones multicolores, donde se dibujaban las leyendas como en un vitral fugaz y tembloroso”.

Sin embargo, estos reflejos no son, en la obra de Renata, irisaciones de lo sobrenatural. Más bien, lo narrado es un estado de reflexión, o lo que sucede posteriormente a una reflexión extenuante, lo que les sucede a los objetos en ese habitar y la transformación resultante de aquellos momentos. Por lo tanto, el espacio queda alterado mediante proyecciones y objetos, que hablan de una interioridad, como una especie de reminiscencia: son objetos sobrevivientes pero ajados.

Junto con la herida de los objetos, está la herida del cuerpo. Arriba, en un rincón de la habitación, se puede ver un par de manos que exponen sus llagas, como si fueran estigmas, insinúan un gesto de bendición profana. Luego la cartografía se hace minuciosa, comprendida dentro de un todo. La especial atención al fragmento permite entrar y observar una intimidad nimia, una especie de microhistoria de las heridas que pueden estar tanto en las manos como en la pared o en una pileta vacía –y todo lo que significa una pileta vacía– expuesta al sol y a la lluvia, destiñéndose lentamente.

Me obsesiona esta idea

Pienso entonces en ideas sobre habitar y abandonar. No es una casa abandonada, es una casa habitada por el abandono, por las partículas que por algún lado se filtran. Poco a poco algo se erosionó y se transformó en una nueva materia, ¿acaso no dejamos todo intacto? No son heridas, es el proceso por el cual un cuerpo sano se lastima o un objeto se estropea. Se asemeja a una casa abandonada, sus habitantes se fueron, o quizás murieron. La casa quedó cerrada, pero los objetos se transformaron por el simple pasar del tiempo.

Me obsesiona esta idea

El espacio que habitás es vulnerable. Lo cubrís con una tela blanca para que no se lastime. ¿La tela se pondrá amarillenta con el tiempo? Está extendida como un telón y sus pliegues son marcas. Lo cubrís de plásticos para que no se ensucie pero el espacio es vulnerable, es una metáfora sobre unx mismx, y está allí en la oscuridad iluminando el fragmento de esa vulnerabilidad como una soga deshilachada pero amarrada.

Renata presenta su obra como una forma que enaltece el quiebre. Habitar como abandonar deja rastros, la forma de los mismos no puede pasar desapercibida. Como observador espiás desde el canto de una puerta una porción de pasillo, una luz que entra entendiendo la herida de un vértice. No son ruinas, dice Renata, son formas de nombrar el vacío.

*Ana Saade nació en Tucumán el 28 de marzo de 1990. Es profesora de Letras y también dibuja.

(Publicado originariamente el 3 de abril de 2020 en: https://medium.com/@lasgargolaszine/luminosos-a504d27df598).

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