hieroscopia

Sobre El futuro en cajas, novela corta de Hernán Lucero publicada en 2019 por Gato Gordo Ediciones.

Por Gustav Urch

En el verano de 2012, en medio del vacío preocupante, incluso temible, que obra sobre Tucumán durante enero, la pequeña editorial brillovox reunió, en torno a una mesa con vermut y cerezas, a un grupo de escritores locales para proponerles cierto proyecto. La idea merodeaba una intuición o sospecha, más bien una pregunta, que cada tanto se instala en la mente de los habitantes de la provincia. ¿Puede ser que el clima o el paisaje, en una de esas la proximidad del cerro, que se erige sobre la ciudad como una amenaza, como una gigantesca ola de barro detenida en el instante previo al rompimiento, o a lo mejor el encajonamiento general o el achatamiento de la experiencia vital, que en Tucumán se daría de un modo especial, haya engendrado un particular estilo de cometer crímenes? Como fuera, proponían los editores, tal vez resultara posible cuanto menos perseguir una respuesta a través de la exhibición de casos policiales tucumanos, de asesinatos ejemplares cometidos en el corazón del NOA.

Todos conocían los casos, machacados en los medios una y otra vez. Los asistentes a la reunión coincidían en que parecía haber en ellos una brutalidad original, un estilo. Algo. No una manera de proceder. Otra cosa. Algo interior, alojado en los pliegues más sombríos. Los crímenes fueron repartidos entre los convocados para que hicieran con ellos lo que se les antojara. Luego el resultado, crónica, cuento o poema, sería antologado en un libro que llevaría por título Crímenes subtropicales. Pero, al igual que tantas ideas en el medio local, al proyecto, como a una planta sembrada en el páramo, le creció solo un par de frutos y, carente de los recursos necesarios, se marchitó. Uno de los frutos sobrevivientes es El futuro en cajas, de Hernán Lucero.

La novela corta en tanto género narrativo es, tal como señala Deleuze en Tres novelas cortas o “¿Qué ha pasado?”, una última noticia; los hechos son pretéritos y la narración se organiza alrededor de la pregunta por lo sucedido, pero fundamentalmente en torno a un secreto, que permanece inaccesible. El centro de la nouvelle es la existencia del secreto en sí, el hecho mismo de que exista un espacio vacío, algo que no se conoce en el interior de la narración. En ese sentido, El futuro en cajas es por completo ortodoxa.

Su primera ausencia es la del narrador: Lucero utiliza diferentes estrategias –bien conocidas en, por ejemplo, Puig y Foster Wallace– para contar la historia, en realidad para acecharla, sin emplear una voz constante que haga avanzar el relato, maneras alternativas de poner en juego el diálogo y la transcripción, bajo la apariencia de lo documental. Solo en la primera página las frases han sido acomodadas por un ente desconocido; las palabras dan la impresión de brotar de la propia página para evocar una foto de la prensa acompañada de su epígrafe, que reza: “En cajas. Los policías sacan el cuerpo en varias partes de la contadora”. También el relato se presenta en fragmentos.

Cabe mencionar en un aparte que, a la pregunta sobre si existe un estilo tucumano de cometer crímenes, Lucero parece responder, mediante la inserción, aparentemente caprichosa, de dos fragmentos relacionados con un femicidio cometido en Paraguay (el segundo de los cuales lleva la transcripción de la oralidad al límite): no, pero…

La nouvelle está inspirada en el llamado “crimen de la farmacéutica”. Notablemente, se lo recuerda así, no por la identidad de la víctima sino por la de la autora, pues lo que de entrada llama la atención, lejos de ser la muerte, es el estilo de la obra: el descuartizamiento de una amiga, los trozos embalados en bolsas y en cajas y guardados prolijamente en un ropero. “El primer pensamiento fue medio absurdo”, dice R, hijo de la asesina, “fue algo así como mamá está haciendo un guiso con un chancho entero en la olla de la abuela y se está quemando”. La declaración de R se presenta como la desgrabación de una entrevista realizada, en 2009, es decir dos años después de cometido el asesinato, por H, quien lleva adelante la investigación con el propósito de escribir sobre el caso un trabajo práctico para el curso de Análisis del discurso que está haciendo.

Así, parte de la frescura de la nouvelle radica en que H no es un investigador convencional, que no tiene nada de detectivesco. Además, el caso ya ha sido resuelto y la asesina está presa. Si hay una verdad sobre la cual a H le interesa indagar es la de la experiencia de la cercanía con el horror. Toda la información nos llega a través de lo que los personajes se dicen entre ellos en las conversaciones que mantienen por teléfono, en entrevistas cara a cara y en chats. A algunos de los diálogos, “por un error en la configuración de la aplicación de grabación de llamadas”, les falta una de las partes, en casi todos los telefónicos la parte del entrevistador, en el último la del entrevistado. Eso le permite a Lucero trabajar a la perfección con el vacío. Puede parecer, al comienzo de la lectura, un recurso que llama demasiado la atención sobre sí mismo, el gesto de quien, a falta de misterio, sobreactúa el rol del misterioso. Pero de a poco las conversaciones, lo que dicen los entrevistados, el modo en el que exploran sus sensaciones y pensamientos, la sombra del malentendido, que lo sobrevuela todo, y la sutil y paciente construcción de la verosimilitud absorben al lector.

Dice R: “tenés la sensación de que ya sabías lo que iba a pasar. Pero es mentira, uno siempre está así, siempre está prediciendo. (…) Me acuerdo de que abro la puerta y siento el picaporte más suave, más blando, aunque eso no tiene sentido porque al picaporte no le había pasado nada”. La aproximación al horror es paulatina. El morbo nos jalona. R, más adelante: “Carne, huesos, articulaciones, como la carnicería. Ves los pelos, la piel, pero no parecen de una persona. La piel se pone diferente, como dura. Pero lo que me hizo caer, darme cuenta de que era una persona, es que de pronto quería juntarlos. (…) Si vas a la carnicería te los querés comer, a los pedazos, o nada, no hacer nada. Acá los quería juntar, armar la cosa de vuelta”.

Hay algo más en la contemplación de las vísceras. Y tanto R como su hermano S lo experimentan. Del mismo modo en que los antiguos griegos, con la práctica de la hieroscopia, el arte de leer en las entrañas de un animal muerto, incurrían en adivinaciones, los hijos de la asesina encuentran en el cuerpo descuartizado de la víctima, en el peso de las partes, una enseñanza y, sobre todo, un portal al futuro. En palabras de S: “una cosa que se abría y podía ver todo lo que yo quería saber, pero no quise mirar mucho”.

H tampoco quiere mirar mucho. Su curiosidad tiene un límite. Lo expresa en una charla con S a la que le falta la parte del entrevistado: “te creo todo, porque me da miedo y no sos vos lo que me da miedo. (…) No, eso no me cuentes. (…) No, hey, en serio. (…) No, no”. El secreto queda configurado por la línea de su contorno. Y el lector, temeroso de que se le revele demasiado, se aproxima al hueco como si se asomara a una tumba, con la mente invadida por un pensamiento neblinoso: probablemente todos terminemos en cajas; restaría averiguar, nada más, si enteros o en partes.

(Publicado originariamente en 16 de febrero de 2020 en: https://medium.com/@lasgargolaszine/hieroscopia-5a9d9e974e1).

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