desborrado

Prólogo a Notas huérfanas, serie de textos que intentan dar cuenta de una experiencia de lectura de la mítica novela de Hugo Foguet, Pretérito perfecto.

Por Gustav Urch

Durante los 90, entre mis compañeros de facultad se decía que una poeta desconocida, quizá rosarina, había escrito un libro extraño titulado Nombres. O tal vez no se titulaba así ni la poeta era poeta ni mujer ni oriunda de Rosario. A lo mejor se trataba de un dramaturgo cordobés o de una narradora mendocina. El autor o la autora había atravesado un proceso de borramiento. Y en realidad el libro también: había abandonado su forma física y hasta su forma textual, acaso la verdadera cima a la que podía aspirar un libro. Inencontrable, quedaba su evocación.

De esa manera la cuestión se abismaba, pues el volumen mismo no era más que un dispositivo evocador. La operación era simple, incluso pueril. En el centro de cada una de las páginas, aparecía el nombre propio de una persona famosa. El orden no era alfabético ni cronológico, ya que cualquiera de ellos habría despertado en el lector ciertas prevenciones y, en consecuencia, habría ocasionado la pérdida de impacto del siguiente nombre: el golpe del nombre disparaba la evocación. No había nada más, ni prólogo ni epílogo ni, claro, índice. Que quienes mencionaran la existencia de un libro semejante le atribuyeran el título de Nombres parecía ser una penosa caída en lo obvio.

foto: claudia pantoja

Pese a que no descartaba que fuera nada más que un chiste de estudiantes de Letras, incluso un chiste que yo mismo, en trance, quizá había inventado, varias veces hojeé mentalmente ese libro, que imaginaba gigantesco. Resultaba posible que el tamaño exagerado hubiera impedido una tirada de muchos ejemplares o en una de esas hasta había vuelto imposible su reproducción, si es que había llegado a existir. Como sea, lo leía. En una de las páginas del libro encontraba, por ejemplo, el nombre de un reconocido pianista; de súbito, traídas por esas dos palabras, acudían a mi imaginación sus características físicas, su nacionalidad difusa, su manera de hablar, nativa no de un lugar sino de una voluntad específica, la línea capilar que recorría su frente, la piel pálida, las pestañas arqueadas, la sonrisa ensayada, etcétera. Luego encontraba el nombre de un escritor checo, después el de una primera ministra británica, enseguida el de un astronauta ruso, más adelante el de una actriz francesa, a quienes me representaba en detalle. La sensación era similar a la de estar en un museo de la humanidad en el que las personas eran también figuras, estilos de vida, éticas, morales, conceptos estéticos, poemas –el límite lo ponía el lector.

Por años leí de ese modo Pretérito perfecto de Hugo Foguet. El libro era célebre, pero estaba agotado hacía tanto, que de hecho se podía hablar de una desaparición, de un borrado; había conseguido, así, dar el gran salto cualitativo: de famoso había ascendido a mítico. Confieso que, tal vez porque esas lecturas mentales me ayudaban a conciliar el sueño mejor que las reales, me sentía cómodo con la idea de libro borrado y mis esfuerzos por hacerme de un ejemplar de PP fueron más bien pocos. Además, algunas de las cualidades del libro que se pregonaban aquí y allá –por ejemplo, que era el Ulises tucumano– me llevaban a pensar, de nuevo, que ahí había encerrado otro chiste conceptual. Pregunté por él un par de veces. Quienes lo tenían, convencidos de poseer una gema, eran renuentes a los préstamos. Mejor. Pero se hablaba mucho de él y con los rasgos que iba juntando en las conversaciones fui armando una versión mutante, que variaba continuamente y metía miedo.

La construcción “Ulises tucumano” funcionaba bien y tendía a ampliarse. ¿Se podía hablar, entonces, de un Joyce del NOA, existían el Kafka catamarqueño y el Proust santiagueño? En Foguet, se decía, había mucho de Proust, también. Y, puesto que había sido marino, para nada resultaba exagerado afirmar que poseía características melvillianas y conradianas. Aquello era una competencia de comparaciones desopilantes. Para colmo, se decía, había escrito su novela –con justicia catalogada de novela total, dado que, además de llevar al autor, en su factura, a agotar los recursos, contenía no una sino dos y hasta tres cosmogonías– embriagado de inspiración, en encandilante estado de gracia. Desde tales alturas la caída en la desilusión prometía la muerte. Era mejor no arriesgarse a encontrarlo. Parecía más saludable dejar que PP –según la opinión de sus promotores, el centro del canon narrativo de la provincia– se mantuviera borrado, imaginario. Y fue posible mantenerlo así, como representación de lo que el título Pretérito perfecto y el nombre Hugo Foguet eran capaces de evocar, hasta 2015, año en que la editorial cordobesa Eduvim lo reeditó.

hugo foguet (foto de ricardo tegni)

Desde ese instante no hubo más remedio que leerlo. Los más intrépidos se aventuraron solos. Otros, temerosos, en busca de una red de contención, lo hicimos en grupo, como quienes nos juntamos en la sede de la Fundación de Estudios Avanzados a lo largo de 2019. A ese grupo pertenecen los textos contrariados que Las Gárgolas irá publicando de a poco en las próximas semanas y que, más que reseñas de PP, son registros heterogéneos de una incómoda experiencia de lectura. Por cierto, el proyecto al comienzo era muy otro: arrojar una edición anotada del libro, quizá por el mero gusto de escribirle en los márgenes –o directamente encima, con el propósito de borrarlo otra vez. No obstante, con el correr de los capítulos, la idea se fue apagando hasta darle lugar, ya en las cenizas, a una simple serie de notas huérfanas.

(Publicado originariamente el 3 de febrero de 2020 en: https://medium.com/@lasgargolaszine/desborrado-17567735cbaa).

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