piromanía

Por Gustav Urch

Si el fauvismo se caracteriza por su intento de superación a través del uso inesperado del color –que, en busca de la aparición de algo interior, le dobla las muñecas a la forma y la pone de rodillas– no sería del todo caprichoso decir que Piel gruesa está dominada por un fauvismo oscuro, si se quiere gótico, en el que los colores principales, saturados hasta el estallido, son el negro y el rojo. En efecto, las formas, los hechos, las imágenes se tuercen, sumisas, para servir mejor a la expresividad sórdida que plantea Soria Vázquez en esta nouvelle publicada en agosto de 2019 por Gato Gordo Ediciones.

El protagonista narra, con una impasibilidad escueta que un poco recuerda la voz de algunos relatos en primera persona de Mario Bellatin, la secuencia de su vida lanzada vertiginosamente hacia adelante, a la vez que, cada tanto, se detiene de súbito y recuerda hechos de la infancia, casi todos traumáticos.

La nouvelle tiene, a modo de prólogo, un poema; sirve sobre todo como introducción al alma del narrador. Luego, comienzan los fragmentos breves y numerados: el primero, narrado en presente, poco y nada tiene que ver con lo que vendrá a continuación (de hecho, pese a los saltos cronológicos, todo el resto se encuentra en pasado); pero el segundo, verdadero punto de partida, entra en materia: “A los cuatro años, antes de iniciar el jardín de infantes, doña berta, mi madre, tramitó mi dni por primera vez, llamándome adolfo, por hitler”.

No tenemos más que dar vuelta la página para seguir entreteniéndonos: “Mi comportamiento errante nunca cesó”, dice el narrador y, a la vez que anticipa su futura errancia, pues será vagabundo por siempre, da un ejemplo de su conducta errática contando que, tal vez en la infancia, quizá en la adolescencia, solía atrapar pequeñas aves a las que filmaba con una cámara VHS robada. “Sufría el contacto con el bicho”, dice. “Recuerdo la desagradable sensación de un corazón pequeño golpeando veloz contra la palma de mi mano, hasta que lograba tomarlo por las alas y arrancárselas en un solo movimiento”. En ese mismo fragmento nos enteramos del abandono de la madre, a lo mejor el fuego que ha encendido la mecha y puso a volar al hombre bala por su propio circo alucinado.

Así, la textura moral del caso queda pronto en evidencia. El resto se organiza como una novela de aventuras con peripecias cerradas sobre sí mismas. Lo que hay son viñetas sumamente pictóricas en las que el posible fauvismo ya mencionado abandona toda verosimilitud y muerde los límites del surrealismo. Asistimos, lo descubrimos de entrada, a la autobiografía espiritual (o a la parodia anímica) de un artista que, en primera instancia, carece de arte, pero que luego encuentra una especie de arte primigenio: sube al escenario de “un bar de putos” y, señalando los huecos del cielorraso con un índice sangrante, improvisa poesía. Sus piezas son largas e ininterrumpidas enumeraciones, entre las que sobresale la que podría considerarse una declaración de principios, o acaso un manifiesto tanto artístico como vital: “Porque la vida se me ha puesto borrosa, cuando creo que tengo algo, el filo de una guillotina cae y me atraviesa. Y otra vez el circo. Soy el asistente enfundado en una malla y partido en tres por un mago engañero, soy asistente, mago, malabarista, equilibrista, hombre bala, payaso y domador, tragafuegos, faquir, trapecista, caniche amarrado a la cola de un elefante…”.

Performer de profesión, su vida entera parece ser también arte performático. El extrañamiento, lo que colorea cada suceso, es el vacío moral, a un tiempo abúlico y voraz –rasgo que comparte con, por ejemplo, el Molloy de Beckett, a su vez hermano del Meursault de Camus, por nombrar solo dos frutos de ese vasto árbol genealógico–, que lleva al personaje, “adolfo”, de acá para allá, y es la razón de que no se le mueva ni un pelo a la hora de prender fuego todo lo que deja atrás. Quizá su verdadero arte sea la piromanía. Cruza un puente y lo quema, del mismo modo que un artista recorre un proceso de producción hasta llegar a la muestra; solo a través de la memoria puede regresar, solo en la memoria puede armar su retrospectiva. En esa fuga constante se aleja de múltiples abandonos y abusos. Y, en definitiva, recorre un sinfín de imágenes que quizá sean lo más interesante del relato.

Soria Vázquez es, en principio, artista visual (las referencias al mundo del arte están en Piel gruesa más o menos veladas y van desde algún poco higiénico artista local hasta Joseph Beuys). Y, aunque sus obras tienden a lo conceptual, puede que esa sea la causa de que renuncie al relato construido a conciencia, con una trama equilibrada, y lo apueste todo a una colección de pinturas, de imágenes torcidas y sombrías, vibrantes de rojo y negro, entre las que se destaca la del fragmento LXXXVIII, el último, pues da la impresión de ser ella la que ha disparado, hacia atrás, con sus 223 fósforos, todo lo anterior.